Carta de Despedida del Ratoncito Pérez para Niños: Un Adiós Mágico

La caída del primer diente de leche es un momento mágico en la vida de todo niño. La ilusión de recibir la visita del Ratoncito Pérez convierte esta experiencia en un recuerdo inolvidable que perdurará para siempre.

Ya sé que son muchas las versiones protagonizadas por el ágil, valiente, instruido y pícaro Pérez. Y ya sé que me dirás, pequeño lector, que conoces muy bien a este roedor, que sabes que hurga bajo las almohadas en busca de dientes y que lo hace cuando duermes. Y sé que me dirás que no es rapazuelo, pues por cada pieza que se lleva deja buen obsequio.

Pero, llega un día en el que los niños deben decirle adiós, porque ya han perdido todos sus dientes de leche. No obstante,

Carta para el ratón Pérez

recientemente una joven compartió la carta que le envió al Ratoncito Pérez cuando era niña y desató la locura en redes sociales.

"Cuando era pequeña el "Ratoncito Pérez" me hizo una carta despidiéndose de mí y al parecer no me pareció bien y le contesté con otra carta. Adjunto las cartas", escribe la joven. Las fotografías de ambas cartas desataron la locura, las risas y la ternura en la red social.

El mensaje se hizo rápidamente viral y acumula decenas de comentarios, más de mil usuarios lo han compartido y más de 12.000 han dado 'me gusta'.

En la primera fotografía, la joven comparte la carta que le había dejado el Ratoncito Pérez de despedida. "Inma, ya eres grande, por eso te digo adiós con todo mi corazón, me llevo el último diente y siempre lo tendré colgado en mi cuello", escribió en su día el Ratoncito Pérez, quien además le envió "un beso y un adiós" a modo de despedida.

Una carta con que la pequeña Inma de entonces, de tan solo siete años, parecía no estar de acuerdo en absoluto y quiso responderle en una nueva carta. Aquí es donde se desataron las risas de todos los usuarios a los que llegó esta carta.

"Gracias por todos los regalos pero, ¿por qué me has tenido que dejar?", preguntó. "Bueno, yo te quiero mucho. Muchos besitos y adiós. ¿De qué equipo eres?", agregó. A continuación, un dibujo de la niña, con la frase "te quiero mucho" pintada de distintos colores. "Yo soy del Betis", agregó entonces la pequeña al final.

Fue, como decimos, esta última pregunta la que hizo que decenas de usuarios quisieran comentar este mensaje. "De qué equipo eres JAJSJAJJSJA importancia a lo importante", escribió una joven como respuesta.

"Si no era del Betis, igual me dolía menos su ida", contestó la joven que publicó esta carta.

En cualquier caso, no es, ni de lejos, el único comentario que ha tenido este post. "¿De qué equipo eres? Me parece pedazo de pregunta para una despedida", escribió una usuaria. Otra joven escribió: "Ay, por favor, esto es lo más tierno que he leído en mucho tiempo. Quiero darle un abrazo a la Inma de 2005", dijo.

"Menudo icono", "Yo soy del Betis, qué monada por favor" o "Ahora vivo con la duda de saber de qué equipo es", son otras respuestas que recibió esta joven a su post.

La carta para el Ratoncito Pérez es una tradición entrañable donde los niños escriben un mensaje especial para este personaje mágico cuando se les cae un diente. La puerta del Ratoncito Pérez es un complemento perfecto para hacer aún más especial la visita de este personaje.

Paso 3: Ayuda a tu hijo a rellenar la carta con sus propias palabras. Si imprimes las puertas en papel fotográfico, el resultado será aún más espectacular y duradero.

La mejor carta para el Ratoncito Pérez y la puerta del Ratoncito Pérez son mucho más que simples elementos decorativos. Con nuestras plantillas gratuitas, podrás crear una experiencia completa y mágica que convertirá la pérdida de cada diente en una aventura emocionante.

Orígenes del Ratoncito Pérez

Los orígenes del roedor, apellidado Pérez, hay que buscarlos en el Palacio Real de Madrid. La reina María Cristina, madre del pequeño rey, estaba muy preocupada porque a su hijo le asustaba que se le cayeran los dientes de leche. «¿Qué puedo hacer para ayudarlo a perder su miedo?», puede que pensara la reina, quien, luego de darle muchas vueltas a la cabeza, se acordó de su amigo el Padre Coloma. Y lo llamó. Y le pidió un cuento para su hijo.

Así nació la primera versión escrita en español de Ratón Pérez, quien fue descrito en el cuento como «un ratón muy pequeño, con sombrero de paja, lentes de oro, zapatos de lienzo crudo y una cartera roja, terciada a la espalda».

Así fue cómo el roedor Pérez pasó a ser el protagonista de su propio libro, así se inició la zaga que ha dado lugar a todas las versiones que circulan por las estanterías de las librerías. Ratón Pérez fue escrito por el sacerdote jesuita Luis Coloma (1851-1915), quien convirtió en oro toda palabra que tocó; pues así de bien redactados y mejor contados son sus relatos.

Ratón Pérez es un cuento escrito para un niño de ocho años que ya era rey. Ratón Pérez fue escrito para Alfonso XIII. Esta información debes tenerla en cuenta, pues este cuento personalizado está ambientado en la época del niño rey.

Alfonso XIII

La Coqueta Casa del Ratón Pérez

¡Qué casa tan coqueta la de Ratón Pérez! No le faltaba detalle; además, ¡qué bien situada!, pues se encontraba en el sótano que servía de almacén a una de las confiterías más atractivas de entonces: la ubicada en la calle Arenal, nº8, la del aragonés Don Carlos Prast, la que servía a la Casa Real y era conocida como «delirio gastronómico».

Museo del Ratoncito Pérez en Madrid

El Niño Gilito: Un Personaje Importante

Hay otro personaje en la historia de Coloma, uno que representa la injusticia, la pobreza y la desigualdad. Ese personaje es el niño Gilito, al que Ratón Pérez va a visitar porque se le ha caído un diente.

Ratón Pérez es un cuento que nos habla de responsabilidad, valor y generosidad. Y lo hace mezclando ficción, ironía y realidad, diluyendo entretenimiento y pedagogía. Acompaño la historia de Luis Coloma con los entrañables dibujos que ilustradores españoles han hecho inspirados en nuestro querido Ratoncito Pérez.

Y para terminar te cuento que en el mismo edificio donde se encontraba el hogar de Ratón Pérez hay un museo dedicado a él.

Un Cuento Universal

Ahora los dejo con el texto íntegro de Ratón Pérez, un cuento universal. Un relato de aventuras donde un niño rey descubrirá que todos los hombres somos hermanos. Ilustración de Irene Álvarez Arenal.

Entre la muerte del rey que rabió y el advenimiento al trono de la reina Mari-Castaña existe un largo y oscuro período en las crónicas, de que quedan pocas memorias. Fundó una fábrica de muñecos y caballos de cartón para los primeros, y se sabe de cierto, que de esta fábrica procedían los tres caballitos cuatralbos, que regaló el rey D.

Consta también que el rey Buby prohibió severamente el uso de ratoneras y dictó muy discretas leyes para encerrar en los límites de la defensa propia los instintos cazadores de los gatos: lo cual resulta probado, por los graves disturbios que hubo entre la reina doña Goto o Gotona, viuda de D. Sancho Ordóñez, rey de Galicia, y la Merindad de Ribas de Sil, a causa de haberse querido aplicar en esta las leyes del rey Buby al gato del Monasterio de Pombeyro, donde aquella Reina vivía retirada.

El caso fue grave y sus memorias muy duraderas, por más que unos autores digan que el gato en cuestión se llamaba Russaf Mateo, y otros le llamen simplemente Minini. De todos modos el hecho resulta probado, aunque nada diga sobre ello Vaseo, ni tampoco lo mencione el Cronicón Iriense, y el bueno de D. Lucas de Tuy haga como que se olvida del caso, quizá, quizá, por razones de conveniencia.

Consta también que el rey Buby comenzó a reinar a los seis años bajo la tutela de su madre, señora muy prudente y cristiana, que guiaba sus pasos y velaba a su lado, como hace con todos los niños buenos el ángel de su guarda.

Era entonces el rey Buby un verdadero encanto, y cuando en los días de gala le ponían su corona de oro y su real manto bordado, no era el oro de su corona más brillante que el de sus cabellos, ni más suaves los armiños de su manto que la piel de sus mejillas y sus manos. Parecía un muñequito de Sévres, que en vez de colocarlo sobre la chimenea, lo hubieran puesto sentadito en el trono.

Pues sucedió, que comiendo un día el Rey unas sopitas, se le comenzó a menear un diente. Se alarmó la corte entera, y llegaron, uno detrás de otro, los médicos de Cámara. El caso era grave, pues todo indicaba que había llegado para S. M. la hora de mudar los dientes.

Reunidos en consulta toda la Facultad; telegrafiaron a Charcot, por si venía complicación nerviosa, y decretaron al cabo sacar a S. M. el diente. Los médicos quisieron cloroformizarle, y el Presidente del Consejo sostuvo porfiadamente esta opinión, por ser él tan impresionable, que nunca dejaba de hacerlo cada vez que se cortaba el pelo.

Pero el rey Buby era animoso y valiente, y se empeñó en arrostrar el peligro cara a cara. Quiso, sin embargo, confesarse antes, porque faena hecha no ocupa lugar, y después de todo, lo mismo puede escaparse el alma por la herida de una lanza, que por la mella de un diente.

Ataron, pues, al suyo una hebra de seda encarnada, y el médico más anciano comenzó a tirar con tanto pulso y acierto, que a la mitad del empuje hizo el Rey un pucherito, y saltó el diente tan blanco, tan limpio y tan precioso como una perlita sin engaste.

En un azafate de oro el gentilhombre Grande de guardia lo recogió, y fue a presentarlo a S. M. la Reina. Querían unos engarzar en oro el dientecito y guardarlo en el tesoro de la Corona; y proponían otros colocarlo en el centro de una rica joya, y regalarlo a la imagen de la Virgen, patrona del Reino.

Pareceres ambos en que descubrían aquellos ministros cortesanos, más bien el deseo de halagar a la madre, que el de servir a la Reina. Mas esta Señora, que como mujer lista no fiaba de aduladores y era muy prudente y amiga de la tradición, resolvió que el rey Buby escribiese a Ratón Pérez una atenta carta, y pusiese aquella misma noche el diente debajo de su almohada, como ha sido y es uso común y constante de todos los niños, desde que el mundo es mundo, sin que haya memoria de que nunca dejase Ratón Pérez de venir a recoger el diente y a dejar en cambio un espléndido regalo.

Así lo hizo ya el justo Abel en su tiempo, y hasta el grandísimo pícaro de Caín puso su primer diente, amarillo y apestoso como uno de ajo, escondido entre la piel de perro negro que le servía de cabecera. De Adán y Eva no se sabe nada: lo cual a nadie extraña, porque como nacieron grandecitos, claro está que no mudaron los dientes.

Se acostó aquella noche más temprano que de costumbre, y mandó que dejasen encendidos en la alcoba todos los candelabros y arañas. Puso con mucho primor debajo de la almohada la carta con el diente dentro, y se sentó encima dispuesto a esperar a Ratón Pérez, aunque fuese necesario velar hasta el alba.

Ratón Pérez tardaba, y el Reyecito se entretuvo en pensar el discurso que había de pronunciarle. A poco abría Buby mucho los ojitos, luchando contra el sueño que se los cerraba: se cerraron al fin del todo, y el cuerpecillo resbaló buscando el calor de las mantas, y la cabecita quedó sobre la almohada, escondida tras un brazo, como esconden los pajaritos la suya debajo del ala.

De pronto, sintió una cosa suave que le rozaba la frente. Se incorporó de un brinco, sobresaltado, y vio delante de sí, de pie sobre la almohada, un ratón muy pequeño, con sombrero de paja, lentes de oro, zapatos de lienzo crudo y una cartera roja, terciada a la espalda.

Pero S. M. -Dios se las dé a V. M. muy buenas. Y con estas corteses razones, quedaron Buby y Ratón Pérez los mejores amigos del mundo. Su conversación era variada e instructiva y su erudición pasmosa. Había viajado por todas las cañerías y sótanos de la corte, y anidado en todos los archivos y bibliotecas: sólo en la Real Academia Española se comió en menos de una semana tres manuscritos inéditos que había depositado allí cierto autor ilustre.

Habló también de su familia, que no era muy numerosa: dos hijas, ya casaderas, Adelaida y Elvira, y un hijo adolescente, Adolfo, que seguía la carrera diplomática, en el cajón mismo en que el Ministro de Estado guardaba sus notas secretas. De su mujer habló poco y como de paso, por lo cual sospechó el Reyecito que habría allí algún tipo de alianza, o quizá disensiones matrimoniales.

Oía todo esto el rey Buby embobado, extendiendo de cuándo en cuándo maquinalmente la manita, para cogerle por el rabo. Mas Ratón Pérez, con una oscilación rápida y ceremoniosa, ponía el rabo de la otra parte, burlando así el intento del niño, sin faltar en nada al respeto debido al Monarca.

Era ya tarde, y como el rey Buby no pensaba en despedirle, Ratón Pérez insinuó hábilmente, sin faltar a la etiqueta, que le era forzoso acudir aquella misma noche a la calle de Jacometrezo, número 64, para recoger el diente de otro niño muy pobre, que se llamaba Gilito.

Era el camino áspero y hasta cierto punto peligroso, porque había en la vecindad un gato muy mal intencionado, que llamaban D. Gaiferos. Al rey Buby se le antojó acompañarle en aquella expedición, y así se lo pidió a Ratón Pérez con el mayor ahínco.

Se quedó este pensativo, atusándose el bigote: la responsabilidad era muy grande, y le era forzoso además detenerse en su propia casa para recoger el regalo que había de llevar a Gilito en cambio de su diente. A esto respondió el rey Buby que él se tendría por muy honrado con descansar un momento en casa tan respetable.

La vanidad venció a Ratón Pérez, y se apresuró a ofrecer al rey Buby una taza de té, a trueque de conquistar el derecho de poner cadenas en la puerta de su casa, como se hacía en aquellos tiempos en todas las que conseguían el honor de hospedar a un monarca.

Vivía Ratón Pérez en la calle del Arenal, núm. 8, en los sótanos de Carlos Prats, frente por frente de una gran pila de quesos de gruyère, que ofrecían a la familia de Pérez, próxima y abastada despensa.

Fuera de sí de contento, se tiró el rey Buby de la cama, y comenzó a ponerse su blusita. Mas Ratón Pérez saltó de repente sobre su hombro, y le metió por la nariz la punta del rabo: estornudó estrepitosamente el Reyecito, y por un prodigio maravilloso, que nadie hasta el día de hoy ha podido explicarse, quedó convertido, por el mismo esfuerzo del estornudo, en el ratón más lindo y primoroso que imaginaciones de hadas pudieran soñar.

Era todo él brillante como el oro, y suave como la seda, y tenía los ojitos verdes y relucientes como dos esmeraldas cabochon (pulidas y no talladas).

Era su carrera desatinada, oscuro el camino, húmedo y hasta pegajoso, y se cruzaban a cada paso con bandadas de diminutas alimañas, que a tientas los pinchaban y mordían. A veces se detenía Ratón Pérez en alguna encrucijada, y exploraba el terreno antes de seguir adelante: todo lo cual puso al rey Buby un poco nervioso y de mal humor, porque llegó a sentir desde el hociquito hasta la punta del rabo ciertos ligeros escalofríos que le parecieron señales de miedo. Y se venció y fue valiente por razón, que es en lo que el verdadero valor consiste.

Tan sólo una vez, al sentir un estrépito espantoso sobre su cabeza, que no parecía sino que pasaban por encima diez docenas de RipersOliva (autobús que circulaba por Madrid en tiempos de Pérez), preguntó muy bajito a Ratón Pérez si era allí donde vivía D. Gaiferos.

Contestó el Ratón Pérez haciendo con el rabo un ademán negativo, y siguieron adelante. A poco entraron en una suave explanada, que venía a desembocar en un sótano ancho y muy bien embaldosado, donde se respiraba una atmósfera tibia, perfumada de queso.

Doblaron una enorme pila de estos, y se encontraron frente a frente de una gran caja de galletas de Huntley. Allí era donde vivía la familia de Ratón Pérez, bajo el pabellón de Carlos Prats, tan a sus anchas y con tanta holgura, como pudo vivir la rata legendaria de la fábula, en el queso de Holanda.

Ratón Pérez presentó el rey Buby a su familia como un turista extranjero que visitaba la corte, y las ratonas le acogieron con esa elegante facilidad de las damas acostumbradas a mucho trato. Las señoritas hacían labor con su aya Miss Old-Cheese, ratona inglesa muy ilustrada, y la señora de Pérez bordaba para su marido un precioso gorro griego al calor de una chimenea en que ardía alegre fuego de rabitos de pasas.

Agradó mucho al rey Buby aquel plácido interior de familia burguesa, que revelaba en todos sus detalles esa dorada medianía de que habla el poeta como del estado más apto para hallar paz y felicidad en esta vida. Sirvieron el té Adelaida y Elvira en primorosas tazas de cáscaras de alubias, y luego se hizo un poco de música. Adelaida cantó al arpa el aria de Desdémona, assisa al pie d’un salice, con un gusto y afinación que encantaron al rey Buby.

Entró en esto Adolfo, que venía del JockeyClub, donde con harto sentimiento de sus padres perdía tiempo y dinero jugando al pocker con los ratones agregados a la Embajada alemana. El roce continuo con estos diplomáticos le había engreído y extranjerizado, y no tenía otros tópicos de conversación que el Polo y el LawnTennis.

Con gusto hubiera prolongado el rey Buby la velada, pero Ratón Pérez, que se había ausentado un momento, volvió con su cartera terciada a la espalda, y al parecer bien repleta, y le manifestó respetuosamente que ya era hora de partir.

Hizo, pues, el rey Buby, con mucha gracia, sus corteses ofrecimientos de despedida, y la Ratona Pérez, en un arranque de cordialidad un poco burguesa, le plantó en cada mejilla un sonoro beso. -¡Hasta el cielo! Elvira le dio un apretón de manos a la inglesa, y Miss Old-Cheese le hizo una ceremoniosa cortesía a lo reina Ana Stuard, y le enfiló su lorgnon (anteojos) de concha hasta que le perdió de vista.

Adolfo estuvo también muy expresivo: los acompañó hasta la entrada de la cañería, y allí reiteró a Buby su ofrecimiento de presentarlo en el PoloClub, y le recomendó por tercera vez el uso de las raquetas J. Tate del núm. 12, o a lo más del ½. Las del 13 resultaban ya, para manos ratoniles, algo pesadas.

Mucho lo agradeció el Reyecito, y se despidió pensando que Adolfo podría ser en verdad muy elegante, pero que...

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