Los dichos populares no surgen por casualidad; cada uno tiene su génesis, su historia y una razón que explica su permanencia a lo largo del tiempo. Este artículo tiene como propósito revelar el posible origen, a veces controvertido, de estas expresiones comunes en nuestra lengua.
¡A BUENAS HORAS, MANGAS VERDES!
Esta expresión se aplica a todo aquello que llega a destiempo, cuando la oportunidad ha pasado y la ayuda resulta inútil. La Santa Hermandad, instituida en la Edad Media y reformada por los Reyes Católicos, era un cuerpo de policía rural encargado de perseguir y juzgar a los delincuentes. Sus miembros, los cuadrilleros, vestían un uniforme caracterizado por el color verde de las mangas.
En sus inicios, este cuerpo armado prestó valiosos servicios en la represión de la delincuencia, pero posteriormente su disciplina se relajó, perdiendo el prestigio público que gozaba. Tanto es así que, entre la suma de descréditos acumulados, se hizo famoso que los cuadrilleros, o mangas verdes, jamás comparecían a tiempo donde eran requeridos, extremo que hizo proverbial la frase «¡A buenas horas, mangas verdes!»

Uniforme de la Santa Hermandad.
ESTAR EN BABIA
Significa estar distraído y embobado, con el pensamiento muy distante de lo que se está tratando. Sbarbi, en su Florilegio de refranes, afirma: «Entiéndese comúnmente por Babia el país de los tontos. Por eso se dice que está en Babia el que se halla completamente distraído o alelado.» Según otra versión, la frase estar en Babia deriva de la palabra baba, así opina Sbarbi en su Gran Diccionario de Refranes.
La versión más moderna que conoce Iribarren es la siguiente: «¿Que por qué se dice estar en Babia cuando se está como ausente o ajeno a lo que sucede en torno? Verás, lector. Parece que los reyes de León gustaban, como gente fina que eran, de pasar largas temporadas de verano en Babia […]. A veces los fieles súbditos leoneses echaban de menos a su monarca ausente, mientras las intrigas repetían: El rey está en Babia.» y con esto daban a entender que Su Alteza no quería saber nada de nada. Desde entonces, «estar en Babia» se dice de un estado psicológico que está entre el «dolce far niente» y el «no quiero saber nada».

Ubicación de la comarca de Babia en España.
ESTAR ENTRE PINTO Y VALDEMORO
El dicho se aplica al que está medio borracho y al que vacila entre dos cosas u opiniones. Pinto y Valdemoro son dos pueblos vecinos, próximos a Madrid, cuyos términos están separados por un arroyo. Cuentan que hubo en Pinto un borracho medio tonto, que solía ir por las tardes con algunos amigos a las afueras del pueblo, y en cuanto llegaba al regato o arroyo que divide ambos términos, se divertía al saltarlo, diciendo a cada salto: «Ahora estoy en Pinto. Ahora estoy en Valdemoro.» En una de estas cayó al fondo del riachuelo y exclamó: «Ahora estoy entre Pinto y Valdemoro.»

Localización de Valdemoro en la Comunidad de Madrid.
LA CARABINA DE AMBROSIO
Ser un objeto la carabina de Ambrosio significa no servir para nada. En la revista Por Estos Mundos (Madrid, 1900) apareció esta versión sobre el personaje del dicho proverbial: «Ambrosio fue un labriego que existió en Sevilla a principios de siglo (del siglo XIX). Como las cuestiones agrícolas no marchaban bien a su antojo, decidió abandonar los aperos de labranza y dedicarse a salteador de caminos, acompañado solamente por una carabina. Pero como su candidez era proverbial en el contorno, cuantos caminantes detenía lo tomaban a broma, obligándole así a retirarse de nuevo a su lugar, maldiciendo de su carabina, a quien achacaba la culpa de imponer poco respeto a los que él asustaba».
LA CASA DE TÓCAME, ROQUE
Se denomina Casa de Tócame Roque a aquella en que reina la confusión y hay con frecuencia alborotos y riñas. La Casa de Tócame Roque estaba en la calle del Barquillo, de Madrid, y fue demolida en 1850. Era una casa de vecindad fea e insalubre, famosa por haberla inmortalizado don Ramón de la Cruz en La Petra y la Juana o el buen casero (conocido generalmente con el nombre de La Casa de Tócame Roque) por los mil zipizapes que en ella se armaron; el último, contra corchetes y ministriles, para oponerse al desalojo del inmueble, dispuesto ya el derribo del mismo.
LO DIJO BLAS, PUNTO REDONDO
Según el Diccionario de la Real Academia, díjolo Blas, punto redondo, es «expresión con que se replica al que presume de llevar siempre la razón». Iribarren alude a la cita de Manuel de Villaverde para intentar explicar esta frase: «No se emplea esta frase precisamente para afirmar o negar una cosa en absoluto. Se usa más bien en las discusiones, y cuando uno trata de imponer su voluntad, suele decirle al otro: «Lo dijo Blas, punto redondo.»
A ciencia cierta no se sabe ni quién fue Blas ni qué origen tiene la frase; pero la creencia más generalizada es la siguiente: En los tiempos del feudalismo existía un señor de los de horca y cuchillo, llamado Blas, y que se distinguía por su carácter avasallador y por la particularidad que había tenido siempre, queriendo imponer su voluntad. Cuando dos de sus vasallos tenían una cuestión, iban a resolverla ante su señor, y éste, como era natural, fallaba a favor de una de las partes. La parte desairada protestaba casi siempre, y el señor, indignado, ordenaba retirar al que protestaba, quien lo hacía, diciendo entre dientes: «Lo dijo Blas, punto redondo.» Desde entonces se popularizó la frase.
PONER PIES EN POLVOROSA
El Diccionario de Autoridades afirma que equivale a huir con precipitación y ligereza. Julio Casares, en su obra Introducción a la lexicografía moderna, dice que poner pies en Polvorosa significa «echar carretera adelante, porque en el vocabulario de germanía polvorosa significaba el camino lleno de polvo». Según Sbarbi, en El Averiguador Universal, existen tres opiniones sobre el origen de esta frase proverbial. Unos creen que proviene del sonsonete, porque el que huye precipitadamente levanta más o menos polvo o polvareda. Otros la fundan en el lenguaje de germanía, o modo de hablar de los gitanos, ladrones o rufianes, para entenderse entre sí, en cuya jerga «polvorosa» significa calle.
La tercera, la más probable para Sbarbi, se apoya en el siguiente hecho histórico: «Viendo Alfonso III, el Magno, los progresos que en las fronteras de sus reinos hacían los moros, acudió con sus tropas a contener los adelantos del sarraceno […]. Desde entonces se hizo proverbial Polvorosa, encerrando primitivamente dicha frase una amarga ironía por todo ejército fugitivo, y aplicándose después a la persona que se ausenta apresuradamente de algún lugar.»
¡QUE SI QUIERES ARROZ, CATALINA!
Ni Covarrubias en su Tesoro de la Lengua, ni Ramón Caballero en su Diccionario de Modismos, ni Sbarbi en su Gran Diccionario de Refranes, recogen esta expresión popular. La Real Academia incluye: «¡Que si quieres!», definiéndola como «locución familiar que se emplea para rechazar una pretensión o para ponderar la dificultad o imposibilidad de hacer o lograr una cosa».
Para Iribarren, la explicación es la siguiente: parece ser que en tiempos de Juan II de Castilla (1406-1454), residía en Sahagún (León) cierto judío converso, casado con una mujer llamada Catalina, a la que le gustaba tanto el arroz, que no sólo hacía de él un gran consumo, sino que lo recomendaba a todos como remedio para cualquier indisposición. En su concepto, el arroz era una especie de panacea universal, como la que buscaban los alquimistas de aquella época. Cayó enferma, para morirse, y como rechazara todas las medicinas que intentaban darle, preguntáronle si quería tomar un poco de arroz, al recordar la debilidad que sentía por esta gramínea. Nada contestaba, o si lo hacía era con monosílabos ininteligibles. Repitieron varias veces la pregunta cuantos rodeaban su cama, reiteración que hacían en voz alta, diciendo: «¡Que si quieres arroz, Catalina!»... y Catalina falleció sin responder.
SABER MAS QUE LEPE
La comparación hace alusión a don Pedro de Lepe y Dirantes, que nació en Sanlúcar de Barrameda el año 1641, y falleció en Arnedillo (Rioja), el 5 de septiembre je 1700. Lepe fue obispo de Calahorra y La Calzada, hombre de gran cultura y de privilegiada inteligencia. Su nombre figura en el Catálogo de Autoridades de la Lengua, publicado por la Real Academia Española. En Valladolid y provincia se oye con frecuencia: «Sabe más que Lepe, Lepijo y su hijo.» Sbarbi cree que con este último dicho se alude a un personaje legendario.
SER MAS FEO QUE PICIO
Para ponderar la fealdad de alguien suele decirse que es «más feo que Picio», a quien de feo que era le dieron la unción con una caña, por lo asustado que estaba el cura, añaden los andaluces. Sbarbi, en su Gran Diccionario de Refranes, afirma que Picio era un zapatero natural de Alhendín, y que vivía en Granada en la primera mitad del siglo pasado. Fue condenado a la pena de muerte. Hallándose en capilla recibió la noticia del indulto, y le causó tal impresión que se quedó sin pelo y con la cara tan deformada que pasó a ser citado como modelo de la fealdad más horrorosa.
De Andalucía procede también la comparación: «Más feo que el sargento de Utrera.»
TENER BUENAS ALDABAS
Tener personas de valimiento que puedan protegerle a uno. Aldaba es la pieza de metal que se pone en las puertas para llamar golpeando con ella. Hoy ha caído en desuso y se utiliza apenas como motivo suntuario y decorativo, pero en el pasado era un objeto indispensable en la puerta principal de toda vivienda, bajo formas tanto más caprichosas y artísticas cuanto más distinguida fuese la mansión. El refrán que dice: «A tal casa, tal aldaba» expresa acertadamente ese grado de preeminencia.

Aldaba antigua en Potes, Cantabria.
TENER MAS ORGULLO QUE DON RODRIGO EN LA HORCA
Don Rodrigo Calderón, marqués de SieteIglesias, fue valido del rey Felipe III, pero al acceder al trono Felipe IV y obtener la privanza el Conde-Duque de Olivares, no sólo cayó en desgracia, sino que fue objeto de un proceso ruidoso, en el que, entre otras gravísimas acusaciones, se le imputaba el envenenamiento de la reina Margarita, muerta en circunstancias extrañas. Condenado a morir decapitado, don Rodrigo acogió la noticia con impresionante entereza, y así subió al cadalso, entre el rumor y la admiración de la concurrencia. Aquella arrogante compostura dio pie al dicho «Tener más orgullo que don Rodrigo en la horca», con el que usualmente se pondera la actitud de quien, aun en las circunstancias más adversas, mantiene inquebrantable su altivez.

Don Rodrigo Calderón, Marqués de Siete Iglesias.
| Dicho | Significado |
|---|---|
| ¡A buenas horas, mangas verdes! | Llegar a destiempo. |
| Estar en Babia | Estar distraído. |
| Estar entre Pinto y Valdemoro | Estar medio borracho o indeciso. |
| La carabina de Ambrosio | Algo que no sirve para nada. |
| La casa de Tócame Roque | Lugar de confusión y alboroto. |
| Lo dijo Blas, punto redondo | Imponer la razón. |
| Poner pies en polvorosa | Huir con rapidez. |
| ¡Que si quieres arroz, Catalina! | Rechazar una pretensión. |
| Saber más que Lepe | Ser muy sabio. |
| Ser más feo que Picio | Ser muy feo. |
| Tener buenas aldabas | Tener protectores influyentes. |
| Tener más orgullo que don Rodrigo en la horca | Mantener la altivez en la adversidad. |
Escucharon Hablar - Origen de los REFRANES ARGENTINOS.
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