El Impacto Ambiental del Hilo Dental y la Contaminación en las Playas: Alternativas Sostenibles

La preocupación por el medio ambiente ha impulsado un cambio hacia un consumo más sano y responsable. Primero fue la alimentación saludable, luego la preocupación por los pesticidas, el bienestar animal, el cambio climático y la contaminación plástica.

La lucha contra la basuraleza se ha convertido en una batalla global que de momento estamos perdiendo. Miremos por donde miremos, aparecen restos de plásticos, bolsas y envases por todas partes. Estamos muy preocupados por la contaminación de los plásticos.

Según la última encuesta de Ipsos, elaborada junto a Plastic Free July, el 85% de los españoles aboga por la eliminación de los de un solo uso. La paradoja es que luego los usamos para todo. No nos engañemos con cantos de sirena que huelen a ecoblanqueo. Es verdad que España tiene una de las tasas de reciclaje de plásticos más altas de Europa.

Pero en el mundo apenas reciclamos una mínima parte de todo el que producimos, apenas el 9%. Según Greenpeace, el ser humano ha generado la friolera de 8.300 millones de toneladas de plástico desde que su producción industrial empezase hacia 1950. Y la mitad ha sido en los últimos 15 años.

Año tras año, millones de toneladas siguen contaminando el mundo convertidas en trozos minúsculos imposibles de recoger. Son esos microplásticos que vemos mezclados con la arena de la playa. Pero también hay cantidades ingentes de nanoplásticos, aún más pequeños e invisibles al ojo humano, con tamaños inferiores a un milímetro. Esos están por todas partes. El desastre es de tal calibre, que algunos científicos ya hablan de que en el futuro nuestra era será conocida como la del Plasticeno.

Hay muchos estudios que evidencian cómo los plásticos afectan a nuestra salud. Los investigadores han encontrado muestras diminutas de plásticos en nuestras propias heces e incluso en las placentas y hasta en la sangre humana. Porque los respiramos y comemos todos los días. Un estudio de la Universidad de Newcastle sugiere que sin darnos cuenta ingerimos un promedio de 5 gramos de plástico cada semana.

Por supuesto, el plástico también afecta, y mucho, a los animales. Tanto que se acaba de descubrir una nueva enfermedad provocada por nuestros microplásticos. Se llama plasticosis. Se ha podido comprobar que esas pequeñas piezas de plástico inflaman el tracto digestivo, dejando el órgano cicatrizado y deformado. La amenaza es global y por tanto requiere una respuesta global.

Según el informe Impacts of plastic pollution de World Wrestling Council (WWC), la contaminación plástica podría cuatriplicarse en 2050 si no se toman medidas.

Desde 2021, están prohibidos en Europa productos de plástico de un solo uso como cubiertos, bastoncillos de algodón, platos o pajitas. Por otro lado, la V Asamblea de la ONU para el Medio Ambiente ha iniciado un proceso que conduzca al primer tratado mundial vinculante contra la contaminación por plástico. El desafío es gigantesco, pero el problema es todavía mayor, por lo que hay muchas esperanzas puestas en que poco a poco esta terrible contaminación vaya a menos.

Alternativas Ecológicas para la Higiene Personal Sin Plástico

Llevas ni se sabe diciendo que te gustaría contribuir a la protección del medio ambiente. Pero luego viene las dudas (piensas que los políticos hacen poco o nada para aportar soluciones, ves el precio de ciertos productos con etiquetas BIO y crees que consumir saludable y conscientemente sale caro…) y siempre terminas arrepintiéndote.

Aunque todo eso se podría haber evitado con el uso de alternativas ecológicas y libres de plástico, nunca es tarde para hacer el cambio. Antes de comprar productos de higiene ecológicos, aprende a identificarlos de otros que no lo son. El Zero Waste, un paso más.

Una alternativa del todo saludable es utilizar un hilo dental natural. Por último y muy importante para nuestra salud bucal está el hilo o seda dental, que debe usarse idealmente todos los días o mínimo 2 veces por semana. Y por si no fuera poco, viene en un cómodo y bonito frasco de cristal reutilizable que puede llevarse a todas partes y rellenarse las veces que se quiera, gracias a las recargas que ofrece la marca. Ahora que sabes que por menos de 20€ puedes apostar no solo por tu salud, sino por la protección del medio ambiente, no dudes en dar el salto al Zero Waste.

Los de la marca BioBambú vienen en unas cajas de cartón con pegamento biodegradable, pintadas con tintas de soja. Sus filamentos BioBasados, avalados por USDA, están elaborados con aceite de ricino y su mango de bambú, de alta calidad, procede de cultivos sostenibles FSC. Con esta opción podrás lavarte los dientes sabiendo que en cuestión de pocos meses cada cepillo dental que utilices desaparecerá del medio ambiente como lo hizo de tu vista una vez cumplió su vida útil habitual, sin dañar los ecosistemas durante varias vidas.

Se acabó el usar y tirar. Rechaza embalajes de un solo uso. Lleva al supermercado tus propias bolsas y táperes. En su defecto, elige bolsas de papel o compostables. Reduce, reutiliza y recicla. Por ese orden. Lo último es el contenedor amarillo. Lo primero, haber dado a esas bolsas varias vidas anteriores antes de tirarlas.

Evita ropa hecha con fibras plásticas. Esos polvillos que flotan en la habitación al sacudir la ropa son en su mayor parte microplásticos que pierden los tejidos, especialmente los hechos con poliéster o nailon. Por eso elige siempre fibras naturales como algodón, lana o lino.

Llena siempre la lavadora. Las prendas de tejidos sintéticos desprenden microplásticos por culpa de la fricción del lavado. Llenando la lavadora al tope de su capacidad se reduce el roce y la generación de partículas.

Elige cosmética natural. Agüita clara. Sustituye las botellas plásticas de refrescos y agua mineral por cantimploras. Si el agua del grifo no es de mucha calidad, usa filtros para mejorar su sabor. Como último recurso, compra garrafas de agua mineral con las que ir rellenando tu cantimplora.

Limpia sin contaminar. Usa detergentes ecológicos. Y sustituye el tradicional estropajo de toda la vida (hecho de plástico) por esponjas de fibras vegetales como la luffa, una preciosa enredadera.

Sonrisas muy blancas. Cambia los cepillos de dientes tradicionales por los hechos con bambú y cerdas naturales. Rechaza dentífricos blanqueadores que incorporan en su fórmula microfibras abrasivas de plástico.

Antipegoteos plásticos. Evita el uso de cazuelas y sartenes antiadherentes recubiertas de teflón, pues sus arañazos liberan al agua miles de microplásticos.

El váter no es el cubo de la basura. Allí solo se tiran las tres P: pis, pos y papel. Pásate a los jabones de mano y ducha en pastilla. Evita las esponjas hechas con plásticos.

Los bastoncillos. Un elemento a eliminar en nuestra higiene, son nefastos para nuestros oídos y para los ecosistemas. Los otorrinos no dejan de advertirnos de los numerosos problemas que están causando al empujar el cerumen hacia dentro provocando tapones e incluso provocando perforaciones del tímpano. Si no puedes vivir sin ellos elige las opciones de algodón de bambú o papel.

La colonia mucho mejor a granel. Desodorantes sin plásticos. Las toallitas húmedas pueden ser elaboradas con fibras plásticas o pueden ser 100% celulosa. Aunque esta segunda opción es mejor en ningún caso deben de tirarse al inodoro, en mayor o menor medida todas tarda en degradarse produciendo atascos en los conductos y problemas en las depuradoras. Evita los productos de higiene y cosméticos que tengan microesferas de plástico y los envases de plástico.

Para la depilación busca ceras 100 % naturales y gasas. Utiliza cepillos de dientes de madera, bambú o con cabezales reemplazables. Evita los dentífricos en tubo de plástico, puedes recurrir a pasta de dientes sólida que se encuentra en cajitas incluso recargables o en barra, muchas de ellas sin químicos.

Las lentillas siempre a la basura.

El Problema de las Toallitas Húmedas y Otros Residuos en el Inodoro

Durante el año pasado, el Canal de Isabel II retiró de las aguas residuales de Madrid más de 24.000 toneladas de residuos sólidos que no deberían haber pasado nunca por el inodoro. Las pesadillas de las depuradoras tienen una protagonista inorgánica casi indestructible: la toallita húmeda. Solo en Madrid, estos paños cuestan a las depuradoras unos 2,2 millones de euros anuales, además de aumentar los riesgos para las personas que trabajan en el Canal, quienes deben realizar con mayor frecuencia operaciones delicadas como el desmontaje de bombas de propulsión.

Las toallitas húmedas nacieron en 1958 y se popularizaron a partir de 1963, cuando los restaurantes de pollo frito KFC comenzaron a ofrecerlas a sus clientes para que se limpiaran los dedos, pringados con salsas y grasa después de comer. Más tarde se fueron ampliando sus usos, principalmente como toallitas de limpieza para bebés, pero hasta entonces era normal que acabaran en la basura, no en el inodoro. A mediados de los 2000 empezaron a venderse como alternativa al papel higiénico seco.

Es a partir de ese momento cuando empiezan los problemas en las alcantarillas: en 2013 Londres comunica el hallazgo de un atranco del tamaño de un autobús formado por toallitas que, al mezclarse con grasas de cocina y enfriarse en el subsuelo, habían formado una roca de 15 toneladas y olor apestoso. Este fenómeno dio a luz un nuevo término, fatberg, mole o montaña de grasa, un neologismo que el diccionario de Oxford incorporó en 2015.

Una norma local en Washington DC estableció hace un año que estas toallitas solo pudieran ser etiquetadas como ‘desechables por el inodoro’ si se desintegraban rápidamente en las condiciones habituales de un desagüe. Se trataba de la primera norma de este tipo en EE UU, donde estos problemáticos pañuelos ya cuestan unos 1.000 millones de dólares a las administraciones, según la National Association of Clean Water Agencies.

Ante un vacío legal generalizado, algunas marcas incluyen avisos o iconos para desalentar que estas toallitas se vayan por el desagüe, aunque estos mensajes suelen aparecer en lugares poco visibles del empaquetado. Sin embargo, otros fabricantes incluyen en sus envases reclamos que sí invitan explícitamente a desecharlas por el váter. Una de estas empresas, Kimberly-Clark Corp., ha recurrido a los tribunales alegando que la norma washingtoniana es inconstitucional por sobrepasar la jurisdicción de la ciudad y que podría vulnerar nada menos que la Primera Enmienda -la que blinda la libertad de expresión en EE UU- ya que las empresas que "creen" que sus toallitas pueden ir al váter se verán obligadas a recomendar lo contrario.

Otros productos de higiene que desaparecen mágicamente cuando tiramos de la cadena reaparecen en otros lugares convertidos en un problema ambiental, principalmente por sus componentes de plástico. Solo en Reino Unido, cada día se van por el retrete unas 700.000 compresas y 2,5 millones de tampones.

Escocia prohibirá la venta de bastoncillos de plástico para los oídos a partir de enero, Inglaterra podría seguir sus pasos en los meses siguientes y Francia eliminará los bastoncillos con base de plástico en 2020. Se estima que los bastoncillos suponen una de las principales fuentes de plásticos en el océano y una porción muy relevante de la basura que se acumula en las costas.

Su pequeño diámetro les permite atravesar muchos filtros y su forma cilíndrica con un frecuente orificio central hace que eliminarlos de las playas pueda suponer un daño colateral añadido. Una experiencia piloto en Italia detectó que, al retirar bastoncillos y otros residuos de la playa, el 14 por ciento de la materia extraída era arena, un bien cada vez más escaso y amenazado en las costas del planeta: ya es el recurso natural más demandado, después del agua, lo que ha provocado desastres como la desaparición de hasta 25 islas en Indonesia por el tráfico ilegal de arena para el boom planetario de la construcción.

Otro estudio reciente ha puesto los ojos en los efectos ambientales de las lentillas desechables. Según las estimaciones de un equipo de la Universidad de Arizona, en EE UU, se desechan por el aseo entre 2.600 y 2.900 millones de lentes de contacto cada año, unas 23 toneladas de plástico.

Los preservativos y el hilo dental completan un bodegón de basura plástica que perdemos de vista con un simple remolino de agua en el WC, pero que pueden acabar vertidos en el medio ambiente, a menudo triturados en porciones diminutas: los famosos y temibles microplásticos. Solo en los océanos hay ya unos 5,25 billones de estas partículas, unas 270.000 toneladas, con efectos devastadores en los ecosistemas marinos. Estas microperlas de plástico ya se han detectado en el agua potable y en la cadena alimentaria.

Entonces, ¿basta con no tirar plásticos por el retrete? Las depuradoras deberían recuperar estos residuos, y lo hacen en parte, pero incluso si solo reciben heces, también pueden acabar protagonizando algunos vertidos accidentales.

Las plantas de tratamiento de aguas utilizan bacterias para descomponer la materia orgánica. Hace tiempo descubrieron que estos microorganismos trabajan de manera más eficiente si están adheridos a una superficie sólida, en lugar de estar flotando. Así que empezaron a verter en los compartimentos de las depuradoras unas pequeñas piezas de plástico, algunas como pequeños cilindros, otras con forma de rueda, con aspas y estrías, para conformar lo que llaman un “lecho móvil” donde las bacterias estuvieran más confortables mientras se encargaban de nuestras heces.

Reciben diferentes nombres según el diseño o el fabricante: biomedia, biosoportes, carriers, Brightwater media, BAFF media o Bio-Beads. La metabolización incompleta de estas sustancias después de pasar por el cuerpo humano hace que una pequeña parte acabe excretada.

La presencia en aguas fecales de residuos de drogas recreativas o de los metabolitos producidos para su absorción está bastante estudiada e incluso hay proyectos que analizan muestras de estos efluentes para inferir tendencias en el uso de estas sustancias en diferentes barrios o ciudades. España, por cierto, es una potencia académica en esta disciplina, la epidemiología forense de aguas residuales.

Uno de los más ambiciosos lo ha llevado a cabo el Observatorio Europeo de las Drogas y las Toxicomanías, una agencia de la Unión Europea. Este estudio tomó muestras de aguas residuales de 60 ciudades europeas para identificar pautas de consumo: así detectó que las ciudades del oeste y el sur de Europa se decantan por la cocaína, las ciudades del norte optan por la anfetamina, la Europa oriental consume más metanfetamina y Amsterdam destaca por la presencia de MDMA.

Si bien estos datos pueden ser útiles para entender patrones de consumo, algunas investigaciones alertan de lo poco que se sabe sobre el impacto que estas sustancias tienen en el medio ambiente o sobre cómo tratarlas para neutralizar su acción. Entre un 1 y un 9 por ciento de la cocaína que se consume es excretada inalterada, mientras que el resto es expelida en forma de benzoilecgonina y metilecgonina. En el caso de la anfetamina, hasta el 30 por ciento puede ser orinada sin alteraciones.

Algo similar ocurre con los fármacos legales: cantidades desconocidas de antibióticos, analgésicos u hormonas son desaguados cada día sin que conozcamos bien su impacto en el ecosistema o en la salud humana, aunque los pocos estudios que hay sobre esta materia han observado daños en el riñón, los intestinos y el metabolismo de algunos peces y problemas en la capacidad de fotosíntesis de las algas.

Esta no es la única forma en la que un mal uso del WC perjudica la vida acuática. Algunas personas intentan deshacerse de peces y tortugas a través del váter. Además del sufrimiento que puedan experimentar, estos animales acarrean serios problemas a especies autóctonas. Aunque la mascota muera, puede portar enfermedades y parásitos. Pero además, si sobrevive al viaje, puede llegar a convertirse en especie invasora.

El aumento global de las temperaturas está permitiendo, por ejemplo, que las tortugas acuáticas de Florida, muy habituales como animal de compañía, estén logrando reproducirse en zonas de Reino Unido mientras las autoridades de Alberta, Canadá, se enfrentan desde hace años a una invasión de pez dorado y piden a la población que no liberen estas carpas en la naturaleza ni los arrojen por el retrete.

Por el váter, solo las tres pes: "Pipí, popó y papel".

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La llegada de millones de pellets a la costa gallega durante el último mes ha puesto sobre la mesa el problema de los microplásticos en el mar, pero también ha puesto sobre la mesa la cantidad ingente de basura que hay en las playas afectadas. Los operarios de la Xunta han recogido en menos de una semana 2.476 kilos de bolitas y otros 5.476 kilos de otros plásticos repartidos en 62 playas, según comunicó este martes la conselleira de Medio Ambiente, Ángeles Vázquez. Esta basura llega mayoritariamente de tierra arrastrada por las rías, aunque una parte podrían proceder de Portugal.

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