Se dice a la ligera eso de “X es la mejor persona que conozco”. “Y, la más generosa”. “Z, la más graciosa”. Seguramente sean hipérboles originadas por querer subrayar algo; intuyo que se utilizan para situar a alguien en una posición de visibilidad.
Si quieres crear una expectativa y una atención hacia tu discurso, sería alambicado, y seguramente contraproducente -a no ser que seas Lewis Carroll- comenzar el relato con “W es la quinta persona más buena que conozco, la séptima más decente y la décima más divertida”, y por eso tendemos a economizar el lenguaje. Si no empiezas diciendo “Mengano, que es mi mejor amigo…”, la magia decae.
Si resulta que Mengano hizo algo muy llamativo la semana pasada y se convierte en el protagonista de nuestro relato, hay que darle unas credenciales, aunque sea un poco hinchadas. Epic always wins.
Acordadas ya todas las acotaciones preventivas, si no la que más en todo, en el ranking que manejo yo, mi primo Carlos es la persona que más primeras posiciones ocupa de entre todos los atributos referidos. Es ingenioso, bromista y bien dispuesto. Se emociona enseguida con cualquier cosa interesante que le explicas y cogerá el primer tren para picarme el telefonillo si intuye que algo va mal.
Siempre piensa que las cosas se arreglarán, e incluso cuando salen regular les ve la parte positiva. Creo que no lo he visto enfadado en mi vida. Cuando se pone triste, lo máximo que apreciarás es una nube de agobio sobre su cabeza, pero intentará elevar el ánimo cuando te vea para no contagiarte.
Casi nunca le he oído pronunciar la palabra no y es generoso hasta el punto en que podrías considerarlo manirroto. Su risa es como un espasmo nervioso y suele reírse cada cinco minutos o menos. No compartimos todo, todo porque él es un poco intrépido.
Aunque se me cayó de los columpios cuando tenía dos años y yo 11, está conformado de una pasta mejor, está claro. Los momentos de mayor éxtasis que le he visto han sido al darle el primer bocado a una hamburguesa del Alfredo’s Barbacoa. Y cuando lo hace, indefectiblemente, me mira a los ojos y me dice: “Está buena, ¿eh, primo?”. La mayoría de ocasiones que recuerdo ha recorrido 300 kilómetros para comerse una conmigo y se ha vuelto a Zaragoza en el día.
Tiene todos los atributos del mejor confidente: es prudente con los consejos y jamás me avasalla. Lo único que hace es escuchar y asentir al otro lado del teléfono, casi puedo verlo. De vez en cuando suelta una frase positiva, lo que significa que ya se ha cargado con mis problemas, como el pensadero de Harry Potter. Es menos abierto que yo, aunque creo que podría contarme todo también.
Todos necesitaríamos tres o cuatro de estas personas en la vida para poder permanecer cuerdos pero no es tan fácil porque no suele haberlas. No se lo había dicho nunca antes pero, aunque no es la primera persona a la que llame siempre si algo se tuerce, es mi bálsamo y mi toma de tierra.
De cualquier modo, Carlos y yo cada vez hablamos menos. Ninguno de los dos lo ha verbalizado pero la cosa se ha vuelto un elefante en la habitación bastante divertido. Ya no compartimos anécdotas ni vivencias, aunque sé que volveremos a hacerlo más tarde o más temprano.
Lo único que hacemos él y yo desde que me encerré hace unos meses de baja por otoño es compartir vídeos graciosos de internet, dar acuse de recibo con una risa de asentimiento y esperar a que el otro contraataque unas horas después. Me parecían un gesto vago y cansino.
Recibir vídeos de bebés riendo asustados al escuchar un ruido o de alguien doblando a Florentino Pérez con voz andaluza solían ser mi pesadilla. Tampoco entendía a aquellos capaces de expresarse utilizando solo muchos emoticonos seguidos. Va por temporadas, pero sucede más días de los que no que mi portero me reenvía estampas de las que extraigo que la vida puede ser maravillosa. Casi todas adornadas con jarrones de flores, unicornios, arcoíris y comic sans. Al principio no lo entendía, pero a la larga el mensaje fue calando e incluso llegué a reenviar alguna especialmente bien maquetada.
Siempre que los recibo yo me espero una buena chapa o un reproche poco concreto. “¿Tienes alguno bueno que pueda reenviar este año?”, me ha preguntado muchas veces mi madre. Y con eso daba el asunto por cerrado. Ella no ha pretendido fingir nunca que los demás son especiales.
Ficha como quien dice “me acuerdo de ti, eres importante, y por eso te mando este meme moda”, que en realidad es una forma honestísima de cariño. El camino más corto entre A y B casi nunca pasa por C. Podrías decir de mi madre que no es de esa gente que va por la vida con gilipolleces.
Fue de ella que aprendí la sublimación de la mensajería instantánea. Y Carlos es mi sujeto de pruebas. Dice una amiga que yo casi nunca mando memes malos, que si mando un vídeo es porque no puedo no mandarse.
Y yo eso ya no lo tengo tan seguro, quizá es que la primavera ha entrado en mi cuerpo y me embarga una vulnerabilidad que solo somos capaces de mostrar con la edad, cuando sabes que el tipo duro y el burlón de la corte y el Troy Dyer previo a la catarsis al final morían solos en un rincón.
Me confieso aquí: los últimos emojis que envié -y que suelen confundirse con mis más utilizados-, son y significan:
- ❤️ Me gusta lo que has dicho
- 💚 Me gusta mucho lo que has dicho
- 🤍 I feel you
- 💙 Eres lo mejor que hay
- 🤚🏻I wanna hold your hand
- 💥Se me acaba de ocurrir lo mismo que a ti, chispas
- 💀 La pequeña muerte
- 😘 Besos (más cariñosos que otros besos que hay sin corazón y que solo se le mandan al contable)
- 🥭Este no tiene pérdida: es un mango
Me gusta mucho el partido de ping pong que me une a Carlos desde hace unos pocos meses. Lo último que nos hemos pasado ha sido:
- Él: “Temazo para la madre de Paula” - Donde un chico hace una versión libérrima y un poco pocha de La madre de José sin cantar ni afinar.
- Yo: Un vídeo de un señor muy bajito y con melena que avanza hacia la cámara intentando convencerte de llevarte las redes sociales si tienes un pequeño comercio en Zaragoza.
- Él: Al youtuber Daniel Fez parodiando a una chica argentina con brackets que nos enseña a reír bien.
Aquí уместно будет видео:

- Yo: Un vídeo de un chico mexicano que dice “estoy soltero, a veces no quiero vivir, a veces si quiero vivir, ando ahí sabiendo si vivo o no, como todos, ¿no?”.
- Él: Un niño que ha chupado tanto helio de un globo que se cae desmayado al tercer segundo.
- Yo: Una señora coreana que corta un pimiento rojo por la mitad e intenta poner la misma cara que la sección del mismo.
Cuenta una leyenda urbana del todo falsa que antes de descerrajarse la cabeza a los 61 años, Hemingway estuvo viviendo con un amigo íntimo con el que compartió sus últimos años de vida. La mecánica de sus días era siempre la misma: ambos escribían durante toda la jornada y por la noche salían al porche a beber bourbon, pero sin llegar a abrir la boca nunca “porque ya se habían contado todo”, casi como Carlos y yo. Hemingway fue un hombre campechano y bromista, pero también intenso; le podían los fantasmas internos y los traumas derivados de haber sobrevivido a tres guerras.
