Miguel de Cervantes y la Salud Dental: Un Vistazo a la Odontología en el Siglo de Oro

Como homenaje a Don Miguel de Cervantes Saavedra en el 400 aniversario del fin de su fecunda vida, exploramos las referencias a la salud, enfermedades, tratamientos médicos, quirúrgicos y referencias dentales en su prolífica obra.

En la prolífica obra de don Miguel de Cervantes Saavedra, sin duda alguna el escritor de mayor trascendencia en lengua castellana de todos los tiempos, hay reiteradas referencias a la salud, enfermedades, tratamientos médicos, quirúrgicos y referencias dentales.

Lo que indica que Cervantes sabía sobre medicina y dentistería mucho más de lo habitual en los ciudadanos de su época, colocándolo como un autor de gran relevancia para el conocimiento de las prácticas dentales del siglo XVI y principios del XVII, época en la que la odontología aún no se consolidaba como una profesión científica, estructurada e independiente.

Los tratamientos de las afecciones dentales estaban en manos de cirujanos y de los llamados barberos flebotomianos sacamuelas.

El Oficio de Barbero Flebotomiano

Desde la Baja Edad Media en toda Europa proliferaron individuos dedicados a efectuar flebotomías y algunos otros procedimientos quirúrgicos, como abrir abscesos y realizar extracciones dentales, todos ellos ejercían sin ningún tipo de control ni estudios universitarios.

En España el oficio de los barberos flebotomianos se reglamentó hasta mediados del siglo XV, y a los «Barberos Mayores del Rey» se les encomendó la redacción de las ordenanzas del oficio y también la facultad de concederles el poder a los alcaldes examinadores en todo el reino para hacer lo propio.

Debido a la gran población que necesitaba de estos servicios, el número de barberos flebotomianos iba en aumento y eran pocos los que acataban las ordenanzas, razón por la que en 1500 se dictó una disposición proveniente de los reyes Isabel y Fernando, con los siguientes señalamientos:

«Mandamos que los Barberos Examinadores Mayores de aquí en adelante no consientan ni den lugar que ningún barbero, ni otra persona alguna pueda poner tienda para sangrar, ni echar sanguijuelas, ni ventosas, ni sacar dientes ni muelas, sin ser examinados por los dichos nuestros Barberos Mayores…»

Aquellos que aprobaban, obtenían su «carta de examen» documento que tenían que mostrar a las autoridades competentes para poder abrir su «tienda de barbero».

Los había que ejercían en sus domicilios, otros se instalaban en plazas públicas, mercados, caminos e incluso llegaban a ser asalariados de familias, nobles y uno que otro figuraba en la nómina del rey.

Barbero flebotomiano realizando una extracción dental.

En 1557 ocurrió algo de gran trascendencia para los quehaceres dentales, la publicación del primer libro escrito en español que trata exclusivamente de afecciones de la cavidad oral, sus causas y tratamientos.

El autor fue el médico Francisco Martínez del Castrillo, quien escribió esta obra preocupado por la práctica tan deficiente de los cirujanos y barberos flebotomianos sacamuelas y la rivalidad que existía entre éstos y los médicos con título universitario.

Martínez del Castrillo fue un médico culto y preparado cuya buena fama le valió recibir el nombramiento de médico de la boca de Felipe II de España.

En la obra el autor vierte innovadores conceptos sobre: anatomía, función de los dientes, caries y enfermedades del periodonto, prótesis y sorprendentes ideas sobre prevención.

Portada del libro de Francisco Martínez del Castrillo.

Don Miguel provenía de una familia de hidalgos: su abuelo materno, don Juan Díaz de Torreblanca era cirujano de profesión, mientras que por el lado paterno, don Juan de Cervantes fue hombre cultivado e influyente, pues se licenció en leyes y se movía en un círculo de letrados médicos, clérigos y profesores universitarios.

La familia formada por don Rodrigo de Cervantes y Doña Leonor de Cortinas vivió en Alcalá de Henares, en donde nacieron tres niñas: Andrea, Luisa, Magdalena y dos varones Miguel y Rodrigo.

A los 21 años Miguel, en compañía de su hermano se alistó en el ejército para partir rumbo a Nápoles, en donde ambos se embarcarían en la galera «La Marquesa», que como parte de la armada española muy pronto le tocaría participar en la batalla de Lepanto, contra la flota otomana.

A esta edad, Miguel de Cervantes ya había aprendido de su padre todo acerca del oficio de barbero-sangrador-sacamuelas, y en el barco tendría contacto con los individuos dedicados a la atención de marinos, soldados y oficiales. Es comprensible que Miguel de Cervantes sintiera afinidad con ellos.

Durante la citada batalla, Miguel de Cervantes fue herido de arcabuz en el brazo izquierdo y en el tórax. Posterior a la victoria, la flota española regresó a tierras italianas y Miguel fue a dar al Hospital de Mesina, en donde, debido a la gravedad de las heridas, permaneció año y medio.

Durante este tiempo tuvo contacto muy directo con médicos y cirujanos, pudiendo observar el trabajo de éstos. Realmente las desventuras de los hermanos Cervantes principiaron durante su regreso a España, pues durante el trayecto de Nápoles a puerto español, el barco fue capturado por piratas que los llevaron presos a Argelia.

La permanencia en cautiverio fue de cinco años, en los que los hermanos hicieron varios intentos vanos para escapar. Los años que permaneció en cautiverio los compartió con otros desventurados, entre los que se encontraba un doctor en filosofía de apellido Sosa con quien Miguel estableció una buena amistad.

Mientras tanto los padres reunieron todo el dinero posible para pagar el rescate, vendieron sus pocas propiedades y al fin lo lograron la libertad de sus hijos.

A su regreso a España Miguel de Cervantes empezó a escribir y en sus textos menciona para bien o para mal a los médicos que conoció en sus correrías.

En «El canto de Calíope» nombra a los doctores: Campuzano, Vaca, Francisco Díaz y al licenciado Juan de Vergara, médico, cirujano y poeta en la siguiente octava:

…El alto ingenio y su valor declara un licenciado tan amigo vuestro cuanto ya sabéis que es Juan de Vergara, honra del siglo venturoso nuestro…

También, en ocasiones lanza severas críticas a los médicos de mala práctica a los que se refiere como médicos de segunda:

…Sólo los médicos nos pueden matar y nos matan sin temor y a pié quedo, sin desenvainar otra espada que la de un récipe…

Reconoció, en muchas ocasiones, el gran valor que tienen los dientes, por ejemplo, cuando Don Quijote, dolido por la pérdida de varias muelas a causa de la pedrada que le propinó un pastor, le dice a Sancho:

«Te hago saber Sancho, que la boca sin muelas es como molino sin piedra y en mucho más se ha de estimar un diente que un diamante.»

Y sabemos que el mismo Miguel de Cervantes sufrió la pérdida de dientes, por la descripción que Don Miguel hace de sí mismo en donde muestra su preocupación por su nada envidiable dentadura:

Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y esos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; llamase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra.

Retrato de Miguel de Cervantes Saavedra.

En algunos dichos utilizados a lo largo de la novela, Cervantes utiliza términos dentales, como el que pone en boca de Sancho, que gusta de los refranes:

«Entre dos muelas cordales nunca pongas tus pulgares», refiriéndose a que no hay que enfrentarse a personas más poderosas, porque se saldrá perdiendo.

Uno de los personajes importantes de El Quijote es el maese Nicolás, que era el barbero sacamuelas de la aldea en donde vivía el ilustre hidalgo. De hecho el caballero andante se coloca sobre la cabeza, a manera de sombrero, la bacía de un barbero, poniendo en evidencia el conocimiento que tenía de los implementos que estos personajes utilizaban. Muy posiblemente se inspiró en su padre para crear a este personaje.

En la época de Cervantes el culto a Santa Apolonia era muy difundido y las personas que sufrían dolores dentales le rezaban, para que los auxiliara. En la segunda parte de la novela hay una referencia a la santa, cuando un personaje, preocupado por las locuras de Don Quijote, le sugiere a la persona que le sirve, que de camino a su casa fuera rezándole a Apolonia. A lo que ella contesta:

«Eso fuera si mi amo lo hubiera de las muelas, pero no lo ha sino de los cascos.»

Las referencias dentales plasmadas en el Quijote y por supuesto en otras novelas del escritor, aluden también a la limpieza dental, mencionando en varias ocasiones el momento en que algún hidalgo, después de comer, sacaba del bolsillo un monda-dientes, que podía ser de oro o plata, o simplemente un palillo de madera y limpiaba su dentadura de los restos de alimento ahí atrapados.

A lo largo de El Quijote se menciona la importancia de poseer una buena dentadura («boca sin muelas es como molino sin piedra, y en mucho más se ha de estimar un diente que un diamante»), para lo cual es necesario realizar una correcta limpieza bucal («mondándose los dientes como de costumbre»).

En uno de los capítulos se describe a Sancho Panza «enjuagándose la boca», como signo de higiene y limpieza, después de una de sus comidas; don Quijote también «se enjuagó la boca» cuando fue vapuleado por un rebaño de toros y vacas a los que había desafiado en un cruce de camino, como si fueran caballeros andantes; y después de una comida, «el caballero recostado sobre la silla, y quizás mondándose los dientes, como es costumbre».

Don Quijote sufrirá un traumatismo facial que le dejará como secuela la pérdida de piezas dentales. El suceso tuvo lugar tras la aventura de los pastores, cuando una pedrada le llevó de camino «tres o cuatro dientes y muelas de la boca» (1). Al finalizar el acontecimiento, el hidalgo se pondrá la mano en la boca «porque no se le acaben de salir los dientes».

El hidalgo manchego solicita a Sancho que le revise cuántos dientes y muelas le faltan del lado derecho de la quijada. Los personajes secundarios tampoco están exentos de sufrir patología bucodental.

La mala higiene bucal suele llevar asociada halitosis. El término neguijón hace alusión a una leyenda que se remonta hasta la civilización sumeria, según la cual se atribuía la caries a un gusano que anidaba en el interior de las piezas dentales, que las iba corroyendo lentamente por dentro y que era la causa de terribles odontalgias.

Otra causa de pérdida dentaria era el «catarro de los dientes», patología relativamente frecuente («que en esta tierra de Aragón son tan ordinarios»). El catarro fue responsable de que doña Rodríguez perdiera parte de sus piezas dentarias (presumía de tener «sus dientes y muelas en la boca, amén de unos pocos que se le llevaron los catarros»).

En el capítulo 7 de la segunda parte, el bachiller Sansón Carrasco le aconseja al hidalgo manchego que «de camino vaya rezando la oración de Santa Apolonia, si es que la sabe». A lo cual el ama responderá: «Eso fuera si mi amo lo hubiera de las muelas, pero no lo ha sino de los cascos».

Pero nosotros a lo nuestro: podemos hacernos una fiel idea de lo que sería la boca del hidalgo caballero a través de las múltiples referencias que hay en la novela. Don Quijote pierde en el maxilar inferior derecho dos piezas y media a causa del sangrado de las encías -gingivorragia- y confiesa que jamás sufrió neguijón o caries.

El novelista alcalaíno menciona el reuma y los catarros como otras dos causas responsables del deterioro dental y expresa por boca del caballero andante su inquietud por el cuidado bucal: “más quisiera que me hubieran derribado un brazo, como no fuera el de la espada. Porque te hago saber, Sancho, que la boca sin muelas es como molino sin piedra, y en mucho más se ha de estimar un diente que un diamante”.

Y es que Cervantes tenía razones para estar preocupado por la higiene y la salud dental.

¡REPUGNANTE! ¡ASÍ ERA LA HIGIENE BUCAL EN LA EDAD MEDIA!

Cervantes ¿tartamudo y diabético?

Miguel de Cervantes fue tartamudo y murió de diabetes. Cuando llegó a la famosa batalla de Lepanto, padecía un acceso febril causado por un brote de paludismo, que no le impidió participar con arrojo en la contienda.

Allí, durante el asalto a la galera capitana del jefe turco Siroco, recibió dos arcabuzazos en el pecho y en el antebrazo izquierdo, y éste le valió el sobrenombre de "El manco de Lepanto".

Los intentos de cura en el hospital de Mesina fueron vanos, y su mano zurda quedó "inservible y desgobernada", aunque la atención médica que recibió, además del hecho de ser hijo de un médico sangrador, pudo influir sobre Cervantes en la buena opinión sobre los galenos que transmitió en sus obras literarias.

En este aspecto, fue un contrapunto a los escritores del Siglo de Oro, especialmente Quevedo, que fue "quien más odio expresó y más caña nos dio a los médicos", señaló a Efe Rodríguez Cabezas.

Sobre las causas de la muerte, sólo se tiene certeza de que presentaba astenia (decaimiento de fuerzas) y polidipsia (necesidad de beber con frecuencia y abundantemente), lo que llevó a un estudiante de Medicina a diagnosticarle hidropesía (derrame o acumulación anormal de líquido seroso).

Según Rodríguez Cabezas, la polidipsia, un "síntoma evidente" de la diabetes, fue confundida con hidropesía, ya que la diabetes no se conoció como tal hasta los años 20 del siglo pasado, y en aquella fecha "la hidropesía no era un síntoma, sino una enfermedad cuyo origen se desconocía".

Este doctor considera "bastante improbable" que Cervantes sufriera un mal hepático severo, como una cirrosis, ya que "las complicaciones con la que suelen concluir estos males no le habrían permitido estar lúcido hasta casi última hora, lo que sí está demostrado documentalmente".

La enfermedad pudo complicarse en los últimos momentos con una insuficiencia cardiaca, puesto que la diabetes no tratada "mortifica las paredes de las arterias, las endurece y las angosta, entorpeciendo la circulación de la sangre".

Lo cierto es que el escritor fue consciente de que se acercaba el fin de sus días, y tuvo ocasión de despedirse en el prólogo de "Los trabajos de Persiles y Segismunda": "Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo y deseando veros pronto contentos en la otra vida".

Miguel de Cervantes debió de expresarse de forma mucho más fluida por escrito que oralmente, puesto que fue tartamudo toda su vida, contrajo el paludismo, y la diabetes pudo ser la causa de su muerte, frente a la creencia generalizada de que fue una cirrosis, dijo hoy a EFE el doctor Angel Rodríguez Cabezas.

La tartamudez del autor del Quijote se hizo patente ya en su etapa escolar en Córdoba, y el propio autor la admitió en el prólogo de sus "Novelas ejemplares", en el que escribió que "...será forzoso valerme por mi pico, que, aunque tartamudo, no lo seré para decir verdades".

14 de noviembre Día Mundial de la Diabetes.

La diabetes se define como enfermedad del metabolismo caracterizada porque hay una insuficiente producción de insulina a cargo del páncreas, lo que da lugar a una anómala utilización de los azúcares en el organismo.

Parece que no se delimitó este significado, separándolo del genérico de micción abundante, hasta que en 1674 Wilis observó que la orina de los enfermos tenía sabor dulce, por la glucosa que contiene.

Voy a consultar a Francisco del Rosal y Cobarrubias las voces hidropesía, cirrosis, diabetes y tartamudez o tartamudo. Para la tartamudez trataré de relacionarla con la falta de dientes de Cervantes, pues tenía cinco y en mala disposición, l,o que podría llevar a Cervantes decir que era tartamudo.

Consultada la palabra DIABETES en la Enciclopedia Universal Ilustrada de Espasa (EUIEC) dice que su etimología es de la griega diabainein que significa atravesar, siendo una enfermedad de la nutrición que lleva a una secreción profusa de orina que altera su composición y la economía gástrica, nerviosa o cutánea que termina en caquexia (no es literal).

Estas modificaciones de la composición fueron conocidas por Celso que no llegó a denominarla mellitus. Fue el inglés Tomás Willis en 1674 quien reconoció la presencia de azucar en la orina y ya da el nombre de mellitus. Pero esto fue mas tarde y fuera de España.

En Covarrubias no se encuentra la palabra diabetes ni cirrosis y tartamudo se encuentra en tartajos, pero sí HIDROPESÍA como enfermedad de humor aquoso, que hincha todo el cuerpo.

Horacio... siendo que aquí dice que Celso habla de tres especies de hidropesía. ¿Quizá en Celso, (lib 3 cap 21) estaba relacionada por la sintomatología la diabetes con la hidropesía?.

Esto sucede en el libro de Iuan Alñonso y de los Ruyzes de Fontecha, al que llegué gracias a Martín Alonso que le sirvió para su Enciclopedia del idioma de 1966 . El libro en cuestión es Diez previlegios para mugeres preñadas de Iuan Alonso y de los Ruyzes de Fontecha, natural de la villa de Daymiel, Cathedrático de Visperas, en la facultad de Medicina, de la universidad de Alcalá, con un diccionario médico. En Alcalá de Henares por Luys Martynez Grande. Año de 1606. (Ciudad natal de cervantes.)

El equipo de investigadores dedicados a encontrar los restos mortales de Miguel de Cervantes Saavedra buscaban los huesos de una persona con unas características muy definidas: varón de 69 años, con el antebrazo y la mano izquierda totalmente atrofiados por los arcabuzazos recibidos durante la Batalla de Lepanto (y que podrían contener restos de plomo) y que contaba con tan solo seis dientes.

El ilustre novelista, poeta y dramaturgo español del Siglo de Oro fue el encargado de describir lo desastroso de su propia boca en el prólogo de sus ‘Novelas ejemplares’.

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