La naturaleza sorprende con adaptaciones únicas y estrategias de supervivencia ingeniosas. Uno de los ejemplos más fascinantes es la presencia de dientes retráctiles en diversos animales, desde depredadores marinos hasta criaturas prehistóricas. Exploraremos algunos de estos casos, revelando la evolución y las funciones de esta peculiar característica.

Tiburones: Una Dentición en Constante Renovación
Una de las principales características diferenciales de los tiburones es su dentición. Los dientes de los tiburones no están anclados a las mandíbulas (o mejor dicho, a los cartílagos mandibulares), sino que se encuentran frágilmente implantados en una capa de tejido conocida como epitelio basal. Esto, que podría parecer un contrasentido ya que si los dientes no están firmemente sujetos podrían perderse con facilidad, no es más que otra genialidad adaptativa de estas especies.
Esta característica les permite reponer los dientes sin descanso durante toda su vida, teniendo siempre sus “herramientas” en perfecto estado de uso. Los dientes de los tiburones, están compuestos fundamentalmente de dentina recubierta de esmalte. Estos dientes se generan en la parte interna de la mandíbula y van creciendo por filas, moviéndose hacia delante de forma parecida a la de una escalera mecánica.
De esta forma van rompiendo el fino epitelio que los protege y estableciéndose como nueva hilera de dientes completamente funcional. Así, estos animales presentan una sustitución continuada de su dentición durante toda su vida. Los tiburones pueden presentar entre 5-15 filas de dientes aunque sólo entre 1 y 3 filas de dientes son funcionales, dependiendo de las especies.
El resto que se pueden ver se encuentran en proceso de eliminación (las más anteriores) o de formación (las más posteriores). En un animal vivo que conserva sus tejidos, no podemos ver todas esas filas de dientes, pero si observamos mandíbulas de tiburones preparadas y limpias de piel, podemos ver todas esas filas de dientes que están en proceso de creación por debajo del epitelio.
Además, evolutivamente, los tiburones y las rayas han desarrollado una gran diversidad morfológica en las formas de sus dientes. Tanto es así, que nos sirven como herramienta identificativa de las diferentes especies. Esto podría deberse a una estrategia adaptativa en la que la diferencia de presas (y la consiguiente adaptación de los dientes) habría permitido a los tiburones aprovechar una amplia variedad de nichos alimentarios, minimizando la competitividad entre especies similares.
A lo largo de la evolución, este hecho ha proporcionado, como decíamos, una grandísima variedad de denticiones adaptadas a los diferentes hábitos alimentarios de cada especie. Haciendo una clasificación generalista en grandes grupos, podemos encontrar:
- Dientes vestigiales y diminutos de forma cónica: Son dientes no funcionales en proceso de desaparición en aquellas especies que se alimentan de plancton como el tiburón ballena (Rhincodon typus) o el tiburón peregrino (Cetorhinus maximus).
- Dientes romos en formación de mosaico: Utilizados para aplastar y triturar conchas o caparazones de invertebrados como moluscos o crustáceos. Los presentan algunas especies de rayas y tiburones, como por ejemplo las musolas (Mustelus spp).
- Dientes con muchas cúspides puntiagudas pequeñas: Para desgarrar y trocear al mismo tiempo, como el olayo (Galeus melastomus) o las pintarrojas (Scyliorhinus canicula).
- Dientes puntiagudos, largos, lisos y estrechos con forma de gancho: Para sujetar presas grandes y poder tragarlas progresivamente. Una vez sujeta, la presa no tiene escapatoria ya que la forma de gancho impide que pueda escaparse. Un claro ejemplo sería el marrajo (Isurus oxyrinchus) o el solrayo (Odontaspis ferox).
- Dientes planos, triangulares y aserrados: Para cortar grandes presas o arrancar grandes trozos de carne de un bocado moviendo lateralmente la cabeza. Por ejemplo el tiburón blanco (Carcharodon carcharias).
- Dientes muy diferentes (dimorfismo) entre las dos mandíbulas: Normalmente, los dientes inferiores planos y con muchas cúspides en forma de hoja de sierra y los de arriba finos y puntiagudos (a veces también con varias cúspides). Los de arriba sujetan y los de abajo cortan. Por ejemplo la cañabota (Hexanchus griseus).
Un último detalle curioso. Algunos de los dientes que se pierden caen, pero otros son reabsorbidos y en algunas especies incluso tragados para reaprovechar las sustancias minerales que les permiten crear dientes nuevos.
Quimeras: Dientes en la Frente
Las quimeras son una excelente oportunidad para explorar la evolución de la dentición extraoral. ¿Son dientes esos que tienes en la frente o simplemente te alegras de verme? En el curioso caso de las quimeras, también llamadas tiburones fantasma, la respuesta es "ambas cosas". Estos dientes frontales están unidos a un tallo retráctil llamado tenáculo y les ayudan a tener relaciones sexuales.
Nunca se ha aclarado si estos nódulos son dientes auténticos en el sentido estricto de la palabra o algún tipo de protuberancia dérmica. Por ello, los biólogos Karly Cohena y Gareth Fraser, de la Universidad de Florida, y Michael Coates, de la Universidad de Washington, examinaron con más detalle a esta inusual criatura marina.
Las quimeras son peces extraños, a veces venenosos, de aguas profundas que poseen una parte del cuerpo evolutivamente única: el tenáculo, un apéndice que se extiende desde la frente de los machos como un adorno retráctil del capó de un Rolls-Royce. Este apéndice está cubierto de numerosas filas de dientes ganchudos y flexibles que los machos utilizan para agarrarse a las aletas pectorales de las hembras durante la cópula y así evitar alejarse.
A pesar de su apodo místico, estos animales no son tiburones propiamente dichos, ya que se separaron del linaje de los tiburones hace unos 400 millones de años. Aunque las quimeras también poseen esqueletos de cartílago, carecen de las feroces hileras de dientes regenerativos que poseen los tiburones. En cambio, poseen placas dentales dentadas y trituradoras, adaptadas para triturar criaturas con caparazón, como cangrejos y moluscos.

Pez rata moteado macho adulto.
Las quimeras también están desnudas. A diferencia de los tiburones, generalmente carecen de escamas hidrodinámicas protectoras. Estas escamas, llamadas dentículos dérmicos, son una versión modificada de los dientes, a diferencia de las escamas cutáneas que adornan, por ejemplo, a los reptiles.
En las quimeras, los dentículos dérmicos se limitan a los ganchos de su pelvis, que utilizan junto con su tenáculo para agarrar a las hembras durante la cópula. Pero aquí está el misterio científico: dado que los vertebrados generalmente tienen todos sus dientes en la boca, las quimeras son una excelente y antigua oportunidad para explorar la evolución de la dentición extraoral, o los dientes que aparecen fuera de la boca.
Para averiguar si estas rarezas anatómicas califican como dientes, los investigadores recurrieron a Puget Sound para estudiar al desafortunadamente etiquetado pez rata moteado (Hydrolagus colliei), llamado así porque su cola comprende la mitad de la longitud de su cuerpo. Los investigadores estudiaron datos fósiles, realizaron tomografías computarizadas de los peces rata y llevaron a cabo un análisis genético de los propios dientes frontales.
Curiosamente, este proceso de crecimiento dentario es similar al observado en las mandíbulas de los tiburones modernos. De hecho, crece a partir de un tejido conocido como lámina dental, nunca antes documentado fuera de la mandíbula. Es un "bello ejemplo" de bricolaje evolutivo, es decir, de aprovechar lo disponible para crear algo nuevo.
"Contamos con una combinación de datos experimentales y evidencia paleontológica que demuestra cómo estos peces se apropiaron de un programa preexistente de fabricación de dientes para crear un nuevo dispositivo esencial para la reproducción", explica Coates.
Conodontos: Los Primeros Depredadores con Dientes Retráctiles
Aunque los primeros vertebrados, los conodontes parecidos a anguilas, tenían solo unos pocos centímetros de largo, se los considera los primeros depredadores de la Tierra. Cómo ocurría este proceso es difícil de determinar. Aunque los dientes fosilizados a menudo se encuentran en rocas marinas, sus tejidos blandos rara vez se conservan.
Mediante el uso de microscopios electrónicos, los científicos examinaron las capas de dientes de estos seres para aprender más sobre cómo crecieron. Durante este proceso de escaneo, un material es bombardeado con electrones. Diferentes materiales reflejan una cantidad diferente de electrones de vuelta al microscopio. Por ejemplo, los elementos pesados reflejan los electrones con más fuerza que los más livianos, por lo que se muestran con un color más claro en la imagen.
Los dientes crecieron en un ciclo alterno entre el desgaste y el crecimiento de nuevas capas. Además, la forma de los dientes variaba mucho dependiendo de la etapa de crecimiento de los animales. Después de la primera etapa, un tipo de estado larval, en el que los alimentos no se digirieron mecánicamente (mediante la masticación), los conodontos evolucionaron a los primeros cazadores durante la segunda y tercera etapas de crecimiento.

Reconstrucción de un conodonte.
Hasta ahora, ha habido dos modelos para explicar cómo los dientes conodontes fueron capaces de regenerarse. Una teoría desarrollada por los científicos es que los conodontes retrajeron sus dientes durante los períodos de descanso, y la aposición de nuevas capas en los bolsillos epidérmicos indujo el crecimiento.
Por otro lado, otra teoría sugiere que los dientes fueron envueltos permanentemente por tejido y un tipo de gorro de cuerno, permitiendo que nuevas capas se acumulen con el tiempo.
Los investigadores determinaron que los dientes de los conodontos crecieron en ciclos, lo que se muestra en el ciclo alterno entre el desgaste y el crecimiento de nuevas capas. Una teoría presentada por los científicos es que los conodontes retrajeron sus dientes durante los períodos de descanso y crecimiento por la aposición de nuevas capas en los bolsillos epidérmicos.
Esto podría ser comparado con el mecanismo de dientes retráctiles utilizados para inyectar veneno por algunas especies de serpientes. Por otro lado, existe una teoría de que los dientes estaban permanentemente envueltos, lo que permite que se formen nuevas capas con el tiempo.
Kraytdraco: Un Gusano Prehistórico con Garganta Retráctil
En una reciente expedición al Gran Cañón, un grupo de paleontólogos liderado por Giovanni Mussini, estudiante de doctorado en la Universidad de Cambridge, descubrió un gusano fósil que data de hace 500 millones de años, durante el período Cámbrico. Lo que hace realmente fascinante a Kraytdraco es su extraño aparato bucal. Su faringe, una especie de garganta retráctil, estaba cubierta por múltiples filas de dientes: unos exteriores, afilados para raspar y triturar, y otros internos con forma de plumas, que probablemente servían para filtrar partículas finas de alimento.
Este hallazgo forma parte de un conjunto fósil excepcional que demuestra que, durante el Cámbrico, el Gran Cañón era un entorno ideal para la evolución acelerada. Gracias a unas condiciones estables, con aguas ricas en oxígeno y nutrientes, los organismos pudieron desarrollar adaptaciones complejas, creando un ecosistema dinámico y diverso.
El Enigma del Thylacosmilus: ¿Cazador o Carroñero?
paleopedia: Thylacosmilus, el dientes de sable de Sudamérica
Cuando hablamos sobre tigres dientes de sable, como el Smilodon fatalis tenemos claro que algo así debía de suceder. Sabemos que su cuerpo y sus mandíbulas estaban preparadas para agarrar a la presa y hundir los colmillos bajo su piel. Sin embargo, con su pariente marsupial no lo tenemos tan claro, pero le hemos atribuido el mismo estilo de vida.
El Thylacosmilus atrox era un marsupial (como los canguros o los koalas) que pobló Sudamérica hace 5 millones de años, pero lo más peculiar de él son esos colmillos descomunales que recuerdan tanto al de los tigres dientes de sable.
No obstante, se trata de animales evolutivamente muy alejados, su antepasado común no tenía nada parecido a dientes de sable y por lo tanto podemos asumir que ambos los desarrollaron de forma independiente. Sabiendo esto ¿podemos asumir que los usaban para lo mismo? ¿Era el Thylacosmilus un cazador atroz capaz de apuñalar en el cuello a sus víctimas? Ya son unos cuantos los estudios que sugieren todo lo contrario.
Con esta idea en mente, si comparamos los esqueletos del Thylacosmilus con, por ejemplo, el Smilodon fatalis, nos encontraremos una gran cantidad de diferencias. Ambos tienen caninos extremadamente desarrollados, pero sus formas son diferentes. Mientras que los del Smilodon son cónicos, con bordes redondeados, los del Thylacosmilus están aplanados lateralmente, como una cuchilla. Es cierto que lo de “afilados como una cuchilla” suena bien, pero tan solo porque es más fácil de penetrar con ella en la carne. Realmente, con la suficiente fuerza (y la tenían), los colmillos del Smilodon eran capaces de penetrar con la misma facilidad, causando a priori, heridas más graves. Entonces ¿por qué esa diferencia?

Comparación de un tigre diente de sable y un Thylacosmilus atrox respectivamente.
En el Thylacosmilus, las placas de hueso que se extendían mandíbula abajo le ayudaban, en principio a proteger sus largos y aplanados colmillos, pero no parecen tener pistas sobre su modo de vida. Lo que sí nos ayuda son las protuberancias óseas de su cráneo, los puntos donde el hueso se ve sobresalir más o menos porque en vida fue traccionado por los músculos que en ellos se insertaban.
Cuanto más musculado estuviera más sobresaldría el hueso, y por o tanto se puede reconstruir hasta cierto punto la musculatura del animal, haciéndonos una idea de su biomecánica y la fuerza que podía ejercer. Haciendo esto, resulta que el Thylacosmilus parecía tener mucha menos fuerza en la mandíbula que otros carnívoros. De hecho, la diferencia es tal que se vuelve difícil pensar que pudiera asestar una mordida mortal.
Hablando de músculos, durante algún tiempo se pensó que la clave de su mordida podía estar en la musculatura de su cuello, capaz de contraerse presionando la boca abierta contra el cuerpo de su víctima. De hecho, se sospecha que los Smilodon utilizaban una combinación de este movimiento de cuello y la fuerza de su mordida, por no decir que la increíble capacidad del Thylacosmilus para abrir sus fauces (más de 120 grados de apertura) habría sido ideal para exponer los colmillos sin que la mandíbula inferior entorpeciera la presión ejercida por el cuello.
El problema es que, un análisis más pormenorizado, revela que estos músculos del cuello tendrían, más que una función depresora, una función estabilizadora y tractora, como cuando nosotros mordemos la carne de una costilla y la desgarramos con un movimiento de cabeza.
Otra pista parece encontrarse en su esmalte dental, relativamente fino y con pocas muescas. Todo esto apunta a que dieta debía de ser bastante blanda. Incluso más que la de los actuales leones en cautividad. Una idea que se refuerza al fijarnos en sus poco prominentes muelas, su absoluta carencia de incisivos y el extraño hecho de que su mandíbula estuviera separada justo por la mitad. No parece la boca de un ser dado a apuñalar entre huesos a animales vivos, que se revuelen y coletean. En cualquier caso, parece difícil seguir imaginando al Thylacosmilus como el abominable cazador que creíamos que era.
Posiblemente, lo más extraño de este animal es una de las hipótesis que ha despertado. Se trata de una especulación bastante reciente que el equipo del doctor Stephan Lautenschlager ha sugerido en un artículo de este mismo año. En él se plantea que la carencia de incisivos que ayudaran a Thylacosmilus a cortar y separar la carne del hueso, podría ser indicador de una adaptación realmente singular.
Si nos guiamos una vez más por la anatomía comparada, los mamíferos que carecen concretamente de incisivos, como es el caso de la morsa o el oso hormiguero, suelen tener largas lenguas que o bien ayudan a “atrapar” el alimento o a succionarlo. Si esto fuera así, podríamos imaginar al Thylacosmilus aprovechando el hueco que dejarían sus dientes en el frente de su boca para raspar y aspirar la carne más pegada a los huesos. Si esto fuera así, el animal encajaría bastante bien en un estilo de vida carroñero.

Comparativa de los músculos del cuello y la mandíbula en (A) Panthera pardus, (B) Smilodon fatalis y (C) Thylacosmilus atrox
En ese caso, alimentándose de cadáveres por “succión”, el Thylacosmilus no necesitaría tener grandes molares para machacar hueso ni una poderosa musculatura mandibular con la que asestar el golpe de gracia a sus presas. Lo que sí necesitaría sería despedazar los cadáveres para aprovechar su carne, y una forma sería utilizando esos colmillos en forma de cuchilla y ese cuello con una poderosa acción tractora. A priori, estas adaptaciones parecen compatibles con esa forma de vida saprófaga.
Es más. Solo nos hemos centrado en la anatomía de su cráneo, pero el cuerpo también revela pistas clave, y una vez más, no parecen apuntar en la misma dirección que las del Smilodon. Por lo que parece, las garras del Thylacosmilus no eran retráctiles, lo cual apunta a que tampoco podía conservarlas suficientemente afiladas como para hacer de ellas un arma mortal, estarían más bien romas, como las de los perros.
Por otro lado, la musculatura de sus patas traseras no parece especialmente adaptada para las explosiones de velocidad que requeriría perseguir a una presa como lo hace un félido y recuerdan más a la biomecánica de un oso, utilizando su tamaño (aproximadamente el de un jaguar, Panthera onca) para derribar a su presa.
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