¿Cuánto Gana un Odontólogo con Consultorio Propio en Argentina?

Si bien la profesión de odontología se tiene considerada como una de las mejores pagadas, el sueldo medio de un dentista depende de muchos factores. Y uno de ellos, como en todas las demás profesiones, es el país en el que trabajas.

En su momento, se publicó la oferta de una clínica cuyo equipo internacional de odontólogos tenía un margen de ingresos entre los 14.000€ y 28.000€ al mes.

Pero la realidad es que si te preguntas cuánto cobra un odontólogo en España, como decíamos antes, depende. Por ejemplo, según la web Indeed, el salario promedio de un dentista en España es de 72.345 € por año. De acuerdo a esta web, un dentista que acaba de empezar a ejercer debería percibir un salario mínimo de 25.600 € brutos por año.

Por último, a la hora de valorar los sueldos de cada país, también hay que tener en cuenta los costes de vida del lugar. Aun así, esperamos que esta información te haya sido útil.

No puedo utilizar este argumento para que aquellos que “se van”, “lo dejan”, cambien de opinión. No tengo crédito. No puedo mostrar en esos 12 años una prueba de cambio. Nada. Poco ha cambiado. Ni el modelo de negocio, ni la conciencia social, ni el apoyo estatal, ni la visión cómo hacer negocios, etc.

Mi Diente de Leche: Una Experiencia Personal

Mi padre y mi madre ya habían tenido su experiencia personal en el dentista, allá por los años 60. Incluso mis abuelos habían pasado por ello, tanto paternos como maternos. También unos tíos y unos primos míos habían estado con la boca en manos del señor dentista.

Se me aflojó el incisivo superior de leche. Yo andaba moviéndolo con los dedos y estaba siempre dándole con la lengua, como un juego. Se lo dije a mi madre y no me hizo mucho caso. Se lo dije a una tía y me dijo que había que atarle un cordel, luego a una puerta y tirar. Se lo conté a una prima mayor y dijo lo mismo, pero riéndose de mí.

Se lo conté a mi abuela paterna y muy seria me dijo: -«no te preocupes, que yo te lo quito en un momento»-. Yo, al verla tan segura de sí misma, me dejé hacer. La abuela metió su uña entre mi diente y mi encía, enganchó el dientito con firmeza; comprobó la resistencia y la vía de salida más débil, balanceó varias veces el incisivo para luxarlo, y finalmente lo desprendió, con una destreza propia de la experiencia. ¡Y yo aguantando el dolor sin chistar!

Luego me lo enseñó, mientras me miraba fijamente con una sonrisa de satisfacción. Yo tenía cara de entre sorprendido y asustado. Tuvo suerte la abuela, de que el diente ya casi salía; porque si no fuera así, no hubiera aguantado más el dolor y me hubiera quedado un muy mal recuerdo de ella. Me dio el diente para que lo mire y me dijo que lo ponga debajo de la almohada, para ver si me traía dinero el ratoncito Pérez.

Esa era mi abuela paterna, la abuela con iniciativas odontológicas básicas.

El ratón Pérez, ese, no me acuerdo si vino, pero ahora, que me iba a salir un diente nuevo, mi madre se apresuró en comprarme un cepillo de dientes de cerdas de jabalí y me dijo que en lo sucesivo había que cepillarse los dientes para que no se pudran. Pero nunca me explicó cómo se hacía exactamente. Y mi padre menos.

Yo tendría unos 8 o 9 años (1971), me encontraba en Comodoro Rivadavia, Argentina, cuando comencé a sentir que me dolían las muelas. ¡¡¡Qué sabía yo si eran muelas de leche o de adulto!!!. Por no saber, no sabía nada. De repente se te aflojan los dientes, luego las muelas y nadie te explica nada. Por lo tanto su decisión fue radical: que yo tenía prohibido comer chucherías. Ella pensaba que así, yo no tendría caries y si las tuviera, ella tendría la conciencia tranquila, de que por comer dulces no era.

La realidad era que tenía un dolor de muelas. ¿Por qué? no sé. Mi madre me dijo, que me hiciera un buche con ginebra o coñac. ¡Eso funcionaba!. Me había calmado momentáneamente el dolor. ¡¡¡Un niño de 9 años metiéndose ginebra en la boca…!!!

Como yo me seguía quejando de mi dolor de muelas, sin más explicaciones, un día, mi madre me llevó al dentista. Uno muy bueno, que le había recomendado una clienta del negocio (mis padres tenían un negocio de alimentación). Eso sí, era un dentista más caro.

¿Por qué mis padres no me llevaron a uno más barato, que ellos ya conocían? ¿No les habría gustado demasiado el otro? no lo sé con certeza, pero aquella simple decisión cambió mucho mi futuro.

Cuando llegamos, nos sentamos en la sala de espera. Ya habían 3 personas delante nuestro. No había que pedir cita. Había una cuadrito colgado en la pared que ponía: «Extracción simple 50 pesos».

Yo pensé: «esto de las extracciones, debe ser algo habitual y muy importante, porque, para ¡¡¡hacerle un cuadro a los honorarios!!!.

La sala de espera era acogedora, bonita, cálida, toda de madera, menos el suelo que era de baldosas, pero muy pequeña. Te sentabas en un asiento acolchado, que se hundía cuando te acomodabas, y salía aire ante el peso. Las piernas casi te chocaban contra la mesita de centro, donde podías elegir una revista.

Esperamos más de una hora. Odiaba esperar. ¡Qué pérdida de tiempo y qué angustia!. Además se escuchaba el zumbido agudo de la turbina. Yo agudizaba el oído para ver si podía escuchar también lo que conversaba el dentista con la señora que había entrado. Hablaban, pero cuando zumbaba la turbina, ya no hablaban. ¿Qué le estarán haciendo? Pronto me enteraría en mi propia boca.

Se abrió la puerta. La señora se fue con la cara un poco rara y mirando para abajo, como para que no la vean. Yo no sabía que existía la anestesia. La Sra. tenía la boca dormida. Nos hizo pasar. El dentista tenía cara de que podía caerme bien. Era más joven que mi padre y mayor que mi madre. De estatura media y no era ni gordo ni calvo. Tenía el pelo rizado, poco abundante, negro, con algunas canas y sus cejas eran muy pobladas y con algunas prolongaciones que recuerdan al pingüino Emperador. Era amable, nada secote, ni callado; hablaba lo justo, pero con un tono dulce que inspiraba confianza. Su aspecto no concordaba con alguien tosco, bruto, irresponsable que te podría hacer algo malo. Todo lo contrario. Su cara ¡ hasta se parecía un poco a la de mi padre!. En fin, yo no tenía ningún miedo. Miedo ¿a qué?, ¡¡si a mí nadie jamás me dijo que los dentistas eran de temer, y aquel hombre me parecía una buena persona!!. Yo no fui al dentista, avisado de que tendría que tener miedo. Y no lo tenía.

Ya Sentado en el Sillón Dental

Me senté en el sillón. Tenía un tapizado impecable, color azul oscuro. Me dio miedo tocar el tapizado con mis zapatos, que podrían estar sucios. ¡Qué vergüenza si le mancho el sillón! con lo nuevo y bonito que era.

Observé los aparatos que me rodeaban. Todos parecían tener sentido. Los encontraba razonables; casi todos me resultaban lógicos, menos uno a mi izquierda, que estaba sujeto por unos brazos que terminaban en la punta en una cabeza redonda con un tubo, como la del secador de pelo. Quería que usara conmigo aquel extraño aparato para ver cómo funcionaba. Después supe que se trataba del equipo de rayos equis (Rx). Pues no usó aquel aparato conmigo, nunca.

En 1971, el sillón de mi dentista era algo más moderno que éste.

A continuación apareció una chica, joven, de unos 20 años, más bajita que el dentista, de pelo corto, pelirrojo, lacio y aplastado; guapa, sin maquillaje pero con unas largas pestañas que rodeaban unos ojos vivaces de color miel. Dijo: «-buenas tardes-» y nunca más pronunció una palabra. Parecía tímida y muy obediente a su jefe, el dentista.

El dentista tomó un instrumento con forma de cuchara y me inspeccionó la boca. Encontró muchas caries para arreglar y una muela de leche para sacar. No recuerdo cuantos empastes tenía para hacer, pero fueron varios.

El Pinchazo para la Anestesia

Antes que nada te ponía anestesia, con su jeringa de acero inoxidable, que se abría por la mitad. Le metía un tubo de vidrio dentro, (aquella jeringa no era como las demás, me gustaba, era diferente. Me gusta ser diferente). La aguja no era ultrafina y descartable como las de ahora, era más gruesa y se esterilizaban en una estufa o por hervido.

Una vez montada y preparada la jeringa, apretaba el émbolo para que salga líquido por la punta de la aguja (para que no quede aire) ¡¡¡y ahí venía a pincharme!!!. Nunca me decía dónde iba a pinchar hoy, era una maldita sorpresa.

Cuando me pinchaba arriba, para empastar una muela del maxilar superior, me dolía menos y a veces casi nada. Pero cuando me pinchaba para anestesiar las muelas de abajo (anestesia troncular) me dolía mucho, todo y todo el tiempo, hasta que retiraba por fin, con lentitud interminable, aquella larga aguja.

Fue él quien me enseñó, que mientras la anestesia iba entrando, debía respirar por nariz, profundo y acelerado. Eso confunde al cerebro y ayuda a sentir menos el pinchazo. Hoy le enseño lo mismo a mis pacientes, y algunos me dicen que parece un parto. ¡Pero funciona.!

Yo aguantaba estoicamente todo aquel dolor y miedo a ¡¡¡¿qué pasará?!!!, porque me daba mucha vergüenza hacer el tonto, y quedar como un niño mal educado, miedoso, quejumbroso, llorón, mimado y poco hombre.

Además, sería un irresponsable, haciéndole perder el tiempo a ese hombre, que estaba trabajando para mí, para arreglar mi boca, lo mejor que es humanamente posible. Y tampoco me hubiera gustado hacerle pasar vergüenza a mi madre y que el dentista piense «- ¡mira qué hijo tiene!-«.

Si la gente que estaba en la sala de espera, escuchaban alguna queja, cuando yo saliera, me mirarían con interés y curiosidad. A mí, eso, me avergonzaba. Todo eso pasaba por mi cabeza en ese instante, lo pensaba yo solito, nadie me lo enseñó. Yo confiaba en ese hombre. Si es así como se hacen las cosas en el dentista, pues adelante, yo iba a colaborar.

Luego se puso a mirar su reloj «Rolex» normalito, de acero, no de oro, pero «Rolex» (¡¡cómo me gustaban los Rolex!!») y me dijo, inflándose sus propias mejillas con aire y poniéndose la mano en su cara como quien recibe un puñetazo y tiene todo hinchado «-ahora en cinco minutos, vas a sentir que la cara se te pone asííí-«.

A los 5 minutos empezaba a hacer efecto la anestesia. Él, miró su reloj y me preguntó: -«¿ya sientes hormiguitas en el labio?»»- Sí-» le dije, y preparó su turbina. Me colgó una manguerita con punta de metal en la boca, que hacía ruido al succionar mi saliva y sin más explicaciones, se puso a trabajar en mi muela.

Era la primera vez en mi vida que sentía aquel zumbido vibratorio en mi boca, ¡era de temer! Yo solo miraba la cara del dentista, para tratar de adivinar en sus gestos, en sus ojos, en su mirada fija y atenta y en su ceño fruncido, si todo estaba bajo su control o no (no se usaba mascarilla tapabocas). Aquel aparato ruidoso, parecía muy peligroso.

Tenía que confiar. -«Si te duele, levanta la mano»- me dijo.

Mientras el dentista hacía por mi muela incursiones leves, ligeras y con pausa, no me dolía nada. Pero si insistía más de 4 o 5 segundos seguidos excavando la caries, me empezaba a doler. Yo tomé nota (cuando yo fuera dentista, no haría eso). Yo me aguantaba hasta el final. Trataba de disimular. Cuando ya me dolía mucho, el dentista lo notaba en mi cara y paraba. Pero nunca levanté la mano ni emití un quejido.

Cuando terminó, apareció la ayudante, la chica de 20 años que no había vuelto a escena hasta ahora. El dentista le hizo un gesto y sin pronunciar palabra ni sonrisa alguna, preparó una pasta blanca sobre un vidrio, usando una espátula de metal. Me tapó la muela. La pasta me parecía tan mala como el yeso «Poximix» que usé en el colegio para manualidades. Nos despidió a mi madre y a mí, diciendo que vengamos de nuevo el jueves próximo (los jueves por la tarde mis padres no trabajaban).

Bajé la escalera, y cuando llegué a la salida del edificio, me miré la muela en el espejo de la entrada del portal. Mi muela estaba recauchutada con esa mierda de pasta blanca. Pero ¿qué clase de arreglo era ese?. Y encima no siento la boca y la gente se va a dar cuenta cuando hable, que no hablo bien y me van a preguntar ¿qué me pasa?. ¡Y mi muela mal parchada! Tengo 9 años y ya tengo así mi muela. ¿Qué será cuando tenga 30 años? ¿No tendré muelas? Me preocupé. Había que pensar en algo. Había que solucionar esto.

La anestesia duraba 3 horas y la sensación en el labio, a la final, me resultó divertida.

La Segunda Visita

Cuando fui al jueves siguiente, sin cita previa, (no se pedía hora), como siempre, había que llegar y ver cuántos tenías delante esperando antes que tú. Siempre había alguien. Empezaba a las 15 : oo hrs. Yo pensé » tendré que estar a las dos y media y ser el primero», pero tan temprano no le era posible a mi madre.

Nos hizo pasar. Tenía la radio puesta. Me senté rápidamente en el sillón, sin esperar a que me lo digan. Cuando vas al dentista es para sentarse en el sillón, ¿a qué otra cosa vas a ir? Y cuanto antes se termine, mejor. Esta vez no me puso anestesia. Apareció la ayudante, y saludó, como cuando ya te conocen. -«Abre grande la boca-» me dijo el dentista haciendo el gesto de abrir.

Ésta vez usó un aparato que giraba impulsado por unas poleas por donde se deslizaba una cuerda. Era rebuscado, pero curioso e interesante de ver como daba vueltas aquella cuerdita de colores. Comenzó a sacar la pasta blanca que me había puesto en la muela en la cita anterior. El aparato no zumbaba como la turbina, hacía un ruido sordo de taladro lento. Era un contrángulo movido por un motor eléctrico.

Comenzó a dolerme un poco, no tenía anestesiado. Aquel aparato me hacía sentir vibraciones en toda la cabeza. Se sentía un olor especial que nunca había sentido. Era el Eugenol de la pasta. El característico olor a dentista. Una vez preparada la muela, tendría que ponerme otro material.

Me imaginaba que ahora vendría lo interesante del asunto. Me pondrían un material fabuloso, extraordinario, algo súper científico, súper evolucionado, un gran adelanto de la ciencia, algo que curaría mi muela y que luego la haría cicatrizar y volver a crecer y transformarse de nuevo en la muela que tenía antes.

Me puse muy atento para ver de dónde sacaba y traía ese material fantástico. Cómo sería el envase. Me puso el aspirador de saliva. Secó bien la muela con aire durante unos segundos, hasta que me dolió (cosa que hoy no se hace) y puso en marcha un aparato fantástico que vibraba de derecha a izquierda oscilando a 6000 veces por minuto, durante unos 5 segundos.

La auxiliar sacó la cápsula que había puesto en el aparato y la depositó sobre una loseta de vidrio grueso. El dentista abrió la cápsula y volcó rápidamente el contenido sobre la loseta. Aquel era el maravilloso material con el que iba a restaurar mi muela, mi querida muela.

Se trataba de la Amalgama dental. Un material gris plateado, compuesto por finas limaduras en polvo de Plata, Estaño, Cobre, Cinc, que se mezclaba en el vibrador, con una proporción exacta de Mercurio. El Mercurio es un metal líquido, que reacciona con la Plata y el Estaño, dando una aleación maleable que endurece en unos 5 a 10 minutos y que alcanzaba su máximo endurecimiento a las 24 horas.

El dentista tomó parte del material con un instrumento transportador y lo llevó hasta mi muela. Lo estrujó, lo comprimió con fuerza y la Auxiliar le dio más material. Puso una porción más y la apretaba con fuerza sobre la muela hasta que mi cabeza se movía (como debe ser), y el material chirriaba. Parecía tener prisa. No podía perder tiempo. El material empieza a endurecer y hay que colocarlo antes de que esto ocurra.

Con otros instrumentos, terminó de dibujar la forma de la muela, comprobó como mordía y me hizo enjuagar la boca. Escupí los sobrantes de ese material gris con sabor metálico. «-No mastiques de ese lado hasta mañana.-» .Me despidió hasta la próxima visita.

Así queda una muela, restaurada correctamente con Amalgama. Hasta los años ´80 era lo que había. Compárese con el Composite en la foto de más abajo.

Cuando llegué a mi casa y me miré en el espejo, me vi la muela tapada con aquel material gris que era blando y estaba endureciendo. Pensé: ¿será plomo?. Más adelante escuché a mu...

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