Camilo José Cela: Vida y Obra del Tótem Literario Español

Como muchas personas de mi edad, tuve que leer algunas de sus obras en el colegio y el instituto. No estaban mal, aunque no las volveré a leer. Con el tiempo supe que había otros autores, otras autoras, de su época, pero entonces solo aparecía Cela. El Nobel español.

Camilo José Cela era un tótem. Estaba en el centro de la vida cultural del país, en los dos canales de televisión, en los periódicos y en las revistas que estaban en la salita de espera del dentista. Se le reían todas las gracias y escatologías, se le aplaudía y se le consideraba un genio, en gran medida porque ganaron la Guerra Civil y tenían la potestad de encantarse a sí mismos y considerarse siempre geniales entre ustedes.

Su viuda, Marina Castaño, piensa que la presencia de Cela hoy es como la de esos retratos que dominan toda una habitación, que parecen seguir la mirada y los pasos de la sociedad que usted dejó hace 20 años. Ese retrato está ya guardado, tapado por mantas y cartones. Pronto su nombre dejará de existir fuera de los libros de texto y, no tan tarde, sus libros desaparecerán de los currículos escolares.

Usted ya no forma parte de la vida cultural del país porque este ha cambiado mucho en estos 20 años. Y porque, mal que bien, ya no se rinde pleitesía a los ganadores de la guerra, incluso aunque sigan teniendo el poder y el dinero. Usted sería considerado hoy eso que las feministas llaman “señoro” -o quizá un machirulo- y eso es una prueba de que en nuestro presente la gente como Cela no es la única que tiene vía libre para inventarse el lenguaje. Aunque eso les duela y les aterre.

Solo un año después de que usted muriera, en 2003, se produjeron las mayores manifestaciones contra la guerra que han tenido lugar en este país. Eso dio comienzo al fin de la bella época, según el criterio de su viuda. Afortunadamente, el rechazo a la guerra de Iraq cambió un poco la historia de nuestro país. Es normal que a alguien como usted, a quien la historia le salió como le dio la gana, eso no le gustara.

Precisamente esta semana ha comenzado la campaña contra la guerra que puede tener lugar entre Rusia y la OTAN. No es tan probable como parece, pero eso no ha impedido que el Ministerio de Defensa haya aprovechado para movilizar una fragata y para ofrecer cazabombarderos por si falla, o se hace fallar, a la diplomacia. Posiblemente Margarita Robles es la única ministra a la que usted o su médium, Marina Castaño, valoraría bien, como una ministra “de las de antes” (aunque antes, durante 39 años, no hubiera ministras).

Hay en la carta, y eso resulta también interesante, una alusión al rey Juan Carlos “que tanto lo quisiste” y a su exilio en Abu Dabi. Y es interesante porque esta semana Interpol ha emitido una orden de detención sobre Abdul Rahman El Assir, otro “amigo” del Borbón, a quien los medios benévolos se refieren como mercader de armas porque traficante puede sonar demasiado grueso, o puede dar lugar a una llamada al medio de comunicación que saca la noticia.

Usted está muerto y aquí estamos hablando de los negocios de los vivos con la muerte. La muerte no de los tótem o de los genios, sino de la plebe de cualquier otra parte. Pero los recuerdos son así.

Uno echa la mirada 20 años atrás, piensa en las figuras centrales de aquellos tiempos, en cómo era la vida cuando las certezas venían impuestas por la inercia de esas cuatro décadas de militares, machirulos y señoros, y tiende a pensar que ya entonces era todo una gran estafa. Y piensa que los negocios con la muerte, y los silencios de los intelectuales ante esos negocios, explican dónde se encuentra el país y quién prospera y tiene éxito en esta sociedad.

Además, al margen de la obligación escolar, su aparición definitiva en nuestras vidas fue un anuncio en el que le ofrecían unas gachas, y el anuncio era de Campsa, la vieja compañía estatal de petróleo que absorbió Repsol, responsable esta semana de un vertido tremebundo en Perú. Y cuando uno habla de la venta de petróleo en este país, inevitablemente vuelve a pensar en el rey Juan Carlos, en las comisiones que hizo, y en aquel tiempo en el que todo parecía fluir tan bien, cuando la energía parecía inagotable y todos eran amigos sin comillas y sin presuntos.

A usted, que fue censor y senador durante el Franquismo, el rey le hizo marqués. Vaya, no se ofenda si le relaciono con toda esa política cojonuda.

Le decía que estas cartas, estos recuerdos, son así. A veces un resumen de noticias; otras, una retrospectiva; las más, una pérdida de tiempo. Por alguna razón, el hecho de que su viuda le haya querido contar cómo está el país me ha llevado a contárselo desde mi punto de vista, que desde luego no es el del ganador de ninguna guerra. Si yo he tenido que convivir con ese retrato que quisieron colgarnos sobre la chepa no creo que sea mucho abuso mandarle una carta, a sabiendas de que no se la va a leer.

Cada cual que tratara a Camilo José Cela tendrá una retahíla de recuerdos, seguramente muy diferentes comparados entre sí, dada su poliédrica personalidad. El primero de los míos se centra en una tarde madrileña de mediados los años 60 cuando asistí al acto de presentación de Gavillas de fábulas sin amor, que llevaba textos del escritor gallego con dibujos que le había cedido especialmente Pablo Picasso.

Tuve la osadía en aquel salón de actos de dirigirme al escritor en demanda de una entrevista. Sólo estábamos en aquella dependencia él y yo, en tanto, repito, los asistentes tomaban unas copas en espera, seguro, de entablar saludos y parabienes con el protagonista de la reunión. No había silla alguna donde sentarnos. Divisé un par de cojines, le propuse a Cela aposentarnos sobre ellos, asintió, y quedamos ambos prácticamente en el suelo, como en una jaima del desierto. Lástima que ningún fotógrafo tomara imágenes de aquella escena, irrepetible, inolvidable para mí.

Mira usted, yo soy un escritor y un vagabundo; no sabría decir si más lo uno que lo otro, lo de viajero. Y no, nunca escribo cuando viajo, tomo notas, simplemente. Fíjese, mi abuela murió a los ciento dos años. Pues, bien, a los noventa y dos llamó a un dentista y le dijo que se le había roto un puente y deseaba que le pusiera otro ¡para toda la vida! Aguantó diez años más.

Es difícil catalogarme, yo mismo no creo en las etiquetas. Me preguntan a menudo, usted también, qué es lo que preparo. Secreto del sumario, no lo digo nunca. Si sale con barba, San Antón y, si no, la Purísima. Escribo mucho, trabajo todo el día y hasta tengo muchas cuartillas en mis cajones que a lo peor nunca se publicarán. No creo en las planificaciones de trabajo para escribir un libro, una novela.

Si se habla de asuntos económicos entre artistas está uno perdido, no saldríamos de pobres. En el arte, el dinero llega solo. Nos levantamos de nuestros incomodísimos asientos. Camilo José Cela me dio una lección de generosidad, siendo yo un aprendiz de periodista, atendiéndome sin mostrar prisa alguna, cuando era consciente de que le esperaban más de un centenar de invitados. Me pagaron cuarenta duros por aquella entrevista (poco más de un euro actual). La hubiera publicado gratis.

Años más tarde, cuando presentaba su novela Oficio de tinieblas 5, año 1973, volvimos a conversar. Escribía siempre con pluma estilográfica: "Encima, no sé cargarla y la mojo constantemente en el tintero". Yo no lloro cuando escribo; me cabreo, que no es lo mismo. La novela no es sino una forma de muerte, ni mejor que pueda ser el cáncer, el veronal, el infarto de miocardio o el tiro en la sien. Y el escritor, ¿qué es? Como un chivo expiatorio, más que un verdugo.

La redacté en muy duras condiciones. Me hice previamente con un biombo negro y mate que coloqué en mi despacho, y allí estuve encerrado ocho meses como si permaneciera en un ataúd. Un psiquiatra al que consulté me dijo al saberlo que si no había terminado yo en un manicomio podía estar tranquilo, pues ya no iría nunca a ninguno. Porque durante ese tiempo no quise tener contacto alguno con el exterior. No dormía, me levantaba sobresaltado a las cinco de la madrugada, descansaba en soledad sobre una cama turca.

Vivió varios años el futuro premio Nobel en Palma de Mallorca, tras dejar su lujoso piso en el edificio madrileño de Torres Blancas, buscando la tranquilidad que no hallaba en la gran capital, de ahí que se radicara en la isla de la Calma, en una zona de la Bonanova conocida como Son Armadans, nombre que escogió para su añorada revista literaria Papeles de Son Armadans. En la primavera de 1975 volvió a Madrid.

Nunca fue partidario de dar conferencias, aunque en los últimos años de su vida pronunció unas cuantas, pagadas a precio de oro: "Con harta frecuencia son una tabarra tediosa -admitió-, vamos, un coñazo como se dice. Suelen interesar sólo a quienes las pronuncian y a sus familiares más próximos.

Repaso mis archivos y encuentro otras entrevistas que mantuve con Cela. Una de ellas muy divertida, acerca de una enciclopedia que dirigió sobre el erotismo, en la que me confió cuándo perdió la virginidad. En otra ocasión, el tema giró en torno a su novela Rol de cornudos. Pueden imaginar que allí se recreó con chanzas de todas clases, no desprovistas de eruditas citas y definiciones, como en el caso asimismo en torno a Eros.

Es agosto de 1958. Un reconocido, aunque todavía no consagrado como escritor universal, Camilo José Cela escribe, con cierto desánimo, desde la habitación del hotel Mont-Fleury de Cannes, en Francia. Ha llegado a la ciudad con el objeto de encontrarse con Picasso, instalado desde su exilio en el sur del país galo, pero sus primeros pasos han sido infructuosos.

«Me parece que soy un imbécil y que mi viaje va a terminar en estrepitoso fracaso», le cuenta con abatimiento. No ocurriría así, pero los primeros días de Cela en Cannes no daban pistas de un mejor destino. El autor de 'La colmena', 'La catira' y 'La familia de Pascual Duarte', obras que el a la postre Nobel de Literatura, premio que la Academia Sueca le concedió en 1989, ya había publicado por entonces con gran elogio de la crítica, llegó al sur de Francia abrazado a la idea de reunirse con el pintor malagueño, a quien pensaba dedicarle un número extraordinario de la revista literaria 'Papeles Son Armadans', de la que Cela era director.

Picasso - Cela: dibujos, escritos y cerámicas. Colección Gabarrón

'Picasso-Cela. Historia de una amistad', exposición que desde el pasado julio y hasta el 11 de noviembre se puede disfrutar en el Museo Regional de Arte Moderno (Muram), en Cartagena, es el relato material de ese vínculo personal que durante años unió a ambos creadores. En torno a un centenar de documentos, a los que se suman linóleos, ceras, cerámicas y fotografías, entre otros, atestiguan el diálogo fluido y constante que mantuvieron, en gran parte por correspondencia, el pintor y el escritor.

Todo este material, salvo las imágenes íntimas que ilustran la muestra, cedidas para esta ocasión por la Fundación Charo Conde y Camilo José Cela (CJC), pertenecen a la colección personal del artista muleño Cristóbal Gabarrón, y han sido prestadas al Muram por la fundación que lleva el nombre del escultor. El conjunto es, afirma Juan García Sandoval, conservador de museos y comisario de esta exposición, una compilación «muy importante» que aglutina piezas de «enorme valor», como, pone de ejemplo, las cerámicas blancas -un total de nueve- que exhibe la muestra, y que son, añade el comisario, «una maravilla».

Obra Año
La familia de Pascual Duarte 1942
La colmena 1951
San Camilo, 1936 1969

A ellas hay que añadir una relación de ocho ceras de color realizadas por Picasso en 1961, dos de las cuales están dedicadas a la familia Cela-Conde: «Para Charo» y «Para Camilo José II»; y los tres libros publicados por ambos, fruto de sendas colaboraciones, en las que unieron sus talentos. Estas están materializadas en 'Trozo de piel' (1959), el primero de los libros editados. En él, el pintor y el escritor intercambian oficios, y presentan una obra con poemas de Picasso y una ilustración de Cela.

En la relación de amistad entre el pintor y el escritor, sostiene García Sandoval, tuvieron un papel «fundamental» las mujeres de ambos. Picasso, relata el comisario, «tenía un cordón de seguridad que era Jacqueline. Ella decidía quién veía a Picasso y quién no, y era quien mantenía la correspondencia con el exterior. Es por eso -añade- por lo que todas las cartas vienen firmadas por ella».

Ese difícil acceso a Picasso se ve reflejado en las misivas que Cela envía a Charo desde su habitación en el hotel Mont-Fleury aquel agosto de 1958: «Ante mi fracaso de ayer, hoy me presenté por las buenas en casa de Picasso [...]. Me costó mucho trabajo que me abrieran la puerta. Con la portera no me entendí, pero salió un fotógrafo norteamericano que, tras dudarlo mucho, me dejó entrar e incluso se hizo amigo mío. Picasso dormía y Jacqueline había ido al dentista. Mala suerte».

A pesar de los obstáculos iniciales, la amistad entre Picasso y Cela fue «plena», asegura García Sandoval. «Picasso era un seductor, y desde su primer encuentro ambos establecieron un juego de seducción recíproco. ¿Cómo logra Cela, un gallego obstinado, y además, bastante rudo, seducir a Picasso? Lo hace con la palabra escrita. La correspondencia y las fotografías incluidas en la muestra reflejan, destaca el comisario, ese lazo de admiración y respeto.

Se recogen cartas de trabajo, la mayoría referentes a los proyectos literarios que tenían entre manos, pero también notas personales en las que se felicitan aniversarios y se interrogan por sus respectivos estados de salud. En noviembre de 1962 Cela escribe: «Mis queridos Pablo y Jacqueline, os agradezco muy de veras vuestro interés por mi salud. Ya estoy bien -los gallegos somos duros de pelar-, e incluso he podido ir a Barcelona, a pronunciar unas palabras...». En otra misiva, redacta, esta vez a mano: «Emocionado ante tus gloriosos noventa años. Os abraza a Jacqueline y a ti vuestro muy leal Camilo José», en 1971.

Estas cartas, todas ellas pertenecientes a la colección Gabarrón, se conservan, explica García Sandoval, debido al celo del autor gallego por su obra, quien «hacía siempre una copia» de aquello que escribía. Hoy dan cuenta de una relación de amistad aún «muy desconocida», dado que se trata de documentos que hasta ahora «no se habían puesto a disposición del público». Que se puedan ver en Murcia, y además de forma inédita, es un «lujo».

A Alfred Nobel le bastó un párrafo no muy largo para crear los premios con los que, 114 años después de su muerte, siguen soñando las mentes más brillantes de este planeta. Lo hizo en el testamento que redactó en 1895, un año antes de fallecer en San Remo.

Desde entonces ha habido 833 laureados, que es como la Fundación Nobel se refiere siempre a quienes obtienen el galardón, incluidos los que reciben el Premio en Ciencias Económicas añadido en 1968. Hoy mismo, las personas que se han incorporado a esta nómina en 2010 llegarán por fin al momento cumbre del proceso, el acelerón final en ese tobogán de emociones y compromisos por el que empezaron a caer en el mismísimo momento que recibieron la llamada desde Suecia.

Pero es hoy cuando tendrán que acercarse solemnemente y sin tropezar hasta el Rey de Suecia para que les dé el diploma, la medalla con la efigie de Alfred Nobel y un documento que acredita los diez millones de coronas suecas del premio, más de un millón de euros.

Si tuviésemos que elegir, seguro que todos nos quedaríamos con este último presente, pero la parte más curiosa del lote es el diploma, una pieza artística que en ocasiones se aleja mucho del aburrido 'look' de consulta de dentista.

La tradición que sí se mantiene, con fuerza renovada, es la controversia sobre alguno de los galardones. En realidad, las polémicas más vivas casi siempre se refieren a los dos premios no científicos, donde los méritos se prestan a valoraciones más subjetivas.

En Literatura, por ejemplo, fue ferozmente discutido el Nobel de 2004 a Elfriede Jelinek, que incluso movió a uno de los miembros de la Academia Sueca, Knut Ahnlund, a abandonar la institución, horrorizado por el «porno violento y quejica» de la autora austriaca.

El otro premio discutido suele ser el de la Paz. Mahatma Gandhi nunca lo obtuvo, aunque, el año de su muerte, se dejó desierto. En cambio, sí se lo llevó Henry Kissinger. En la lista de nominados, llaman la atención nombres como los de Benito Mussolini o Josef Stalin. Y un tal Adolf Hitler llegó a estar propuesto, aunque la candidatura se retiró.

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