Alfonsina Storni: Una Loba Solitaria en la Literatura Argentina

«Nací al lado de la piedra junto a la montaña, en una madrugada de primavera, cuando la tierra, después de su largo sueño, se corona nuevamente de flores. Las primeras prendas que al nacer me pusieron las hizo mi madre cantando baladas antiguas, mientras el pan casero expandía en la antigua casa su familiar perfume y mis hermanos jugaban alegremente. Me llamaron Alfonsina, nombre árabe que quiere decir dispuesta a todo».

Podría parecer la mezcla de los nombres de sus progenitores, Alfonso y Paulina, pero Alfonsina Storni le hizo más honor al significado árabe de su nombre, porque verdaderamente estaba dispuesta a todo. Sí, la niña que, en sus palabras, tenía un alma toda fantástica, viajera, estaba dispuesta a todo: a sus primeras mentiras, al amor, a la sensualidad, a la maternidad, a la soledad, a la poesía, al descaro, a la igualdad, a la lucha y también a la muerte.

Las primeras veces que Alfonsina Storni empezó a parecerse a la Alfonsina Storni en la que se convertiría son muy tempranas. De niña, robó un libro. Sus padres, cuando no pasaban por una buena época porque Alfonso Storni sería, además de alcohólico, una persona deprimida y apartada de la vida, no tenían dinero, así que la niña que se convertiría en una gran poeta empezó robando un libro. No tenía dinero para comprarlo: pidió un libro escolar y, una vez en las manos, pidió otro.

Aprovechando que unos jóvenes entraron al establecimiento y el encargado se fue a la trastienda, Alfonsina echó a correr con el libro. Después, y este es el segundo rasgo destacable, dijo, mintiendo, que había dejado el dinero encima del mostrador.

«A los seis años robo con premeditación y alevosía el texto de lectura en que aprendí a leer. Mi madre está muy enferma en cama; mi padre, perdido en sus vapores. Pido un peso nacional para comprar el libro. Nadie me hace caso. Reprimendas de la maestra. Mis compañeras van a la carrera en su aprendizaje. Me decido. A una cuadra de la escuela normal a la que concurro, hay una librería; entro y pido: El nene. El dependiente me lo entrega; entonces solicito otro libro, cuyo nombre invento. Sorpresa. Le indico al vendedor que lo he visto en la trastienda. Entra a buscarlo y le grito: “Allí le dejo el peso”, y salgo volando hacia la escuela. A la media hora las sombras negras, en el corredor, de la directora y de aquél, encogen mi corazoncillo. Niego, lloro, digo que dejé el peso en el mostrador; recalco que había otros niños en el negocio».

Porque Alfonsina, hasta los 14 años, mentía constantemente. Invitaba a gente a una supuesta quinta que tenían sus padres en las afueras de la ciudad, inventaba reuniones y celebraciones. Después, con los años, se recuerda a sí misma toda fantástica, viajera, como su alma, pero en realidad no era más que una pequeña mentirosa.

La tercera vez que Alfonsina se pareció a la poeta argentina que fue, estaba, bien pequeña, haciendo que leía un libro. «Estoy en San Juan; tengo cuatro años; me veo colorada, redonda, chatilla y fea. Sentada en el umbral de mi casa, muevo los labios como leyendo un libro que tengo en la mano y espío con el rabo del ojo el efecto que causa en el transeúnte. Unos primos me avergüenzan gritándome que tengo el libro al revés y corro a llorar detrás de la puerta».

No le faltaba, de todas formas, mucho tiempo para saber leer y sostener bien los libros, sin mentiras, porque, a diferencia de sus hermanos, empezó a ir al colegio. Pero no fue la única vez que lloró de rabia: un poco mayor, después de haber recitado un poema, lloró desconsoladamente porque podría haberlo hecho mejor, para sorpresa de su maestra. Su carácter original y libre hicieron que su madre se planteara una escolarización que no había tenido necesidad con sus demás hijos.

Pero un viaje a su Suiza natal, el fracaso con un negocio familiar y la enfermedad del señor Storni, truncaron las expectativas de toda la familia. Con 14 años, dice, la niña, que ya era toda una mujercita, dejó de mentir. «A los ocho, nueve y diez años miento desaforadamente: crímenes, incendios, robos, que no aparecen jamás en las noticias policiales. Soy una bomba cargada de noticias espeluznantes; vivo corrida por mis propios embustes, alquitranada en ellos; meto a mi familia en líos… Trabo y destrabo; el aire se hace irrespirable; la propia exuberancia de mis mentiras me salva.

¿Por qué abandona la mentira y se vuelve más formalita? Digo que Alfonsina llevó su orfandad hasta extremos mayores porque, una vez superada la primera etapa madura, se instala siempre lejos de su madre y de sus hermanos, del segundo matrimonio de su madre, de todo contacto familiar. Su hijo será el único lazo, además de sus amistades, que le proporcionará algún tipo de arraigo humano, sin contar la literatura y la naturaleza. Así, la poeta, que solo quedó huérfana a medias, se defiende de la vida como si estuviera sola. Y además, está sola.

Hice el libro así: / Gimiendo, llorando, soñando, ay de mí. Ese libro al que se refiere Alfonsina podría ser cualquier libro, porque todos fueron creados del mismo modo, con la misma intensidad. Pero antes de empezar a ser una poeta de prestigio, Alfonsina pasa por diferentes trabajos. Además de ayudar en el Café Suizo que sus padres abrieron, el negocio familiar al que no le sacaron partido porque el padre estaba ya en sus horas más bajas, y además de ayudar a su madre a coser, Alfonsina trabajó en una fábrica de gorras; de corresponsal psicológico en una empresa de aceite de oliva; en un centro de niños, de maestra en escuelas no oficiales, de cantante, de actriz muy tempranamente en uno de sus placeres y dones: el teatro.

Como muchos otros escritores que no gozaron de una familia burguesa y adinerada, Alfonsina escribió sus primeros libros de poemas sin el apoyo de nadie, salvo de su propio esfuerzo, y escribía encerrada en una oficina; y me acuna una canción de teclas; mamparas de madera se levantan como diques más allá de mi cabeza; barras de hielo refrigeran el aire a mis espaldas; el sol pasa por el techo pero no puedo verlo; bocanadas de aire caliente entran por los vanos y la campanilla del tranvía llama distante. Clavada en mi sillón, al lado de un horrible aparato para imprimir discos, dictando órdenes y correspondencia a la mecanógrafa, escribo mi primer libro de versos. ¡Dios te libre, amigo de “La inquietud del rosal”! Pero lo escribí para no morir.

Alfonsina Storni escribía su libro en las peores condiciones para escribir un libro, y además, aunque ella muy pronto reniegue de él como muchos escritores de sus primeras obras, la crítica la hace pasar bastante desapercibida, precisamente porque es fresca y diferente, poco convencional. Escribe y escribe, nerviosa, y mientras va cambiando de casa, de apartamento, de pensión y de lo que se requiera para abandonar lastre. Sigue escribiendo y va evolucionando; cambia de piel y de ciudad, y va a un lado y a otro, y de todos modos siempre anda gimiendo, llorando, soñando, ay de mí, pero parece que a todos acaba conquistando, porque lo que les iba a ofrecer no se parecía a nada… y aunque la originalidad y la vanguardia se pagan caras en el momento, finalmente da sus frutos.

Con estas palabras la presentaron en una entrevista. Alfonsina Storni era un hombre que había tenido la desgracia de nacer mujer. ¿Por qué? Porque, decían, tenía una mente varonil: para que nos entendamos, Alfonsina vivía libremente, como vivían los hombres, y para eso nacer mujer era una verdadera desgracia en su época.

Además de ser de las primeras mujeres en aparecer en el mundo cultural argentino de entonces, y de ser considerada una igual, Alfonsina hizo algo poco común en las mujeres de su época, quizá lo que le marcó de por vida: tuvo un hijo ilegítimo. Son muchas las mujeres de su tiempo que se atrevieron a vivir un amor tan apasionado como políticamente incorrecto, y se enamoraban de hombres casados que no estaban dispuestos a abandonar su estatus social, su familia, su trabajo y su reputación. De modo que las mujeres que se enamoraban del hombre menos adecuado, renunciaban, por no renunciar a ellos, a su maternidad (y si no renunciaban a la maternidad, renunciaban a la familia). Se conformaban con el papel de la amante y vivían tormentosamente aquellos amores sin tener nunca hijos bastardos a los que no poder dar ni el apellido del padre ni un padre.

Alfonsina Storni se enamoró, como tantas, de un hombre casado y, además, 24 años mayor que ella; a diferencia de las tantas, se quedó embarazada, y a diferencia ya de las pocas tantas que quedaran, decidió seguir adelante: Alejandro Storni, su hijo. Aunque no lo ocultó, en las biografías su hijo aparece únicamente en el tramo final de su vida, porque dejó algunas cartas diciendo lo que quería que se hiciera con su sueldo y con el trabajo de su hijo, y porque una de las pocas cartas que mandó antes de suicidarse fue para él. Algunos de sus amigos mantienen todavía que Alfonsina era tan discreta que ni siquiera muchos de sus confidentes habituales sabían quién era el padre de Alejandro; otros, conocieron a Alejandro en un viaje a Europa al que la acompañó, siendo ya un adolescente.

Fatigada del llano. Yo quiero con mis manos apartar la maleza. Y saben que las lobas vienen del matorral). No temáis a la loba, ella no os hará daño. ¡Y en el bosque aprendieron sus manejos felinos! ¡Id solas! Ovejitas, mostradme los dientes. No sabréis defenderos, moriréis en la brecha. Yo soy como la loba. Del rebaño. La que pueda seguirme que se venga conmigo. Porque tengo en la mano siempre pronto un puñal. Que yo sé malograr antes que se haga flor. Fatigada del llano.

Pero Alfonsina no fue solamente una loba que se alejaba del rebaño con respecto a la maternidad, sino que fue una mujer, como se suele decir, avanzada a su tiempo. Además de no renunciar a su maternidad, y de pasar calamidades para poder pagar todo lo debía pagar al mes, la poeta tampoco renuncia a su bien, que es la escritura. Escribe sus versos desde esa mente varonil que se le atribuye, cuando en realidad lo que se quiere decir es que Alfonsina Storni escribía desde la libertad y para la libertad. Hablaba de la mujer como nunca antes se había hecho: era descarada y sensual, inconformista, inteligente, rápida en la réplica.

Muchos tienen la necesidad, cuando están frente a una mujer de estas características, valiente sobre todo, de encuadrarla en un movimiento feminista, pero Alfonsina iba por libre. Todo lo que consiguió le costó el doble de lo que le costaría siendo hombre o parte del rebaño del que escapó. Dicen que silenciosas las mujeres han sido, pero nadie hasta el momento se había atrevido a alzar la voz como ella. En sus textos periodísticos, en sus poemas y en sus obras de teatro, Alfonsina le daba a la mujer el carácter de igualdad, le ofrecía una voz que era la suya.

A los hombres, por supuesto, les asustaba. A las mujeres les parecía una mujer inmoral, de modo que no leían ni recitaban sus poemas. La poeta empieza a participar de las reuniones literarias del momento, con ayuda de algunos hombres amigos que la introducen después de admirarla, y empieza a ser fotografiada con ellos, a ser miembro de jurados en los que no había lugar para la mujer. Todo su esfuerzo, sin embargo, se ve recompensado precisamente porque todo dependía de ella, se lo debía a sí misma.

Cuando se presentó a un trabajo como corresponsal psicológico (similar a una publicista o una comercial de hoy en día, mecanografiando anuncios de la empresa), era la única mujer en toda la hilera de personas que se ofrecían para la vacante. No le querían hacer la prueba pero Alfonsina insistió. Superada con una ventaja evidente sobre el resto de sus compañeros, no les quedó más remedio que ofrecerle el trabajo; eso sí, cobrando exactamente la mitad del sueldo (200 en lugar de 400). Si algo le complicó la vida a la poeta fue precisamente que nunca llegó a ser la esposa de; así, todos los sitios en los que se hacía imprescindible se fueron forjando con mucha paciencia y tesón, con ayuda de caseras que se ocupaban de cuidar de Alejandro para que la madre poeta pudiera hacerse con un nombre suficiente para que la tuvieran en cuenta.

Quizá, para los que todavía no les convenciera la presencia de una mujer en reuniones puramente masculinas, la amistad-romance que tuvo con Horacio Quiroga facilitó las cosas. No porque Horacio diera la cara por ella, sino porque Quiroga la valoraba muchísimo como poeta, como literata, y aquello era algo inusual en el más Don Juan de los cuentistas del grupo. Quiroga hablaba de Alfonsina con admiración y no por su belleza ni por un carácter sumiso, ni siquiera por coquetería. De todos modos, sería faltar a la verdad vincular el éxito y la victoria de la Storni, como la llamaba su amigo, a Horacio Quiroga.

Poeta que habla de la mujer con descaro, amante de un hombre casado, madre de un hijo bastardo y sin apellido, Alfonsina Storni era una mujer fresca y muy despierta (demasiado), descarada y muy diferente a lo que todos estaban acostumbrados. No, no era feminista, no aleccionaba a las mujeres, no daba discursos para que las mujeres la siguieran, sino que en sus poemas y sus cuentos hablaba de la mujer como un ser capaz de valer lo mismo que un hombre. En vez de convertirse en la portavoz de un movimiento, dotaba a sus personajes de la fuerza que les deseaba a sus semejantes: una divorciada que intenta seducir a un jovencito, una mujer que tiene un hijo ilegítimo por el que siente devoción, una loba entre el rebaño, una Mujer, con la mayúscula subida, de la misma manera que escribe también Hombre.

Lo importante del feminismo de Alfonsina Storni es que no era una corriente a la que se sumaba, sino que vivía al raso, vivía varonilmente, con mucha fuerza. Se abría paso entre el grupo literario de hombres, más enquistado todavía que la sociedad en sí. En cambio, no hacía otra cosa que mandar mensajes desde su obra. No daba consejos, sino que convertía en libres a las mujeres protagonistas, y de ellas la mujer debía extraer el mensaje. Uno de los valores más importantes de Alfonsina es que le suponía inteligencia a la mujer y le daba el trato que merecía intelectualmente, pero las mujeres que la rodeaban no estaban preparadas para aquel salto y no le seguían el ritmo. Cuando su madre le pregunta por cuántos libros vende, la poeta contesta: Muy pocos, mamá. Las mujeres lo rechazan. Dicen que soy una escritora inmoral. ¡Qué hemos de hacerle! No sé escribir de otro modo.

«Desde aquella noche de mayo de 1916 esa maestrita cordial, que todavía después de su primer libro de aprendiz era una vaga promesa, una esperanza que se nos hacía necesaria en un tiempo en que las mujeres que escribían versos -muy pocas- pertenecían generalmente a la subliteratura, fue camarada honesta de nuestras tertulias, y poco a poco, insensiblemente, fue creciendo la estimación intelectual que teníamos por ella hasta descubrir un día que nos hallábamos ante un auténtico poeta».

Sí, un auténtico poeta, en masculino, porque...

Alfonsina Storni en 1916

ALFONSINA STORNI: Vida y Mejores Poemas

Tabla Cronológica de la Vida de Alfonsina Storni

Año Evento
1892 Nace Alfonsina Storni en Suiza.
Infancia Robo de un libro, mentiras y primeras experiencias literarias.
Adolescencia Diversos trabajos para ayudar a su familia.
1916 Participa en reuniones literarias y se consolida como poeta.
Vida Adulta Maternidad soltera, éxito literario y desafíos sociales.

Alfonsina Storni en Caras y Caretas

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