En la memoria de muchos sanabreses perdura el recuerdo de Jenaro Rodríguez, un sastre de Triufé y Puebla que dejó una huella imborrable en el corazón de quienes lo conocieron. Jenaro, más que un simple sastre, fue un ejemplo de superación, un intelectual autodidacta y un amigo entrañable para niños y adultos.

Un sastre en su taller.
Orígenes y Superación
Jenaro era hijo de José Rodríguez Prada y Avelina Losada Ramos, vecinos de Triufé de Sanabria. Avelina tuvo ocho hijos, de los cuales solo vivieron tres: Julia (1924), Victorina (1925) y Jenaro (1928). En aquellos tiempos, la media de hijos en un matrimonio era de ocho o diez, que se murieran tres o cuatro también era normal.
A los dos años, Jenaro sufrió de poliomielitis, lo que le dejó una pierna prácticamente inutilizada. Para moverse, necesitaba una alcayata de madera en la que se apoyaba. A pesar de su discapacidad, Jenaro tenía un carácter afable y nunca se quejaba de su situación. Él decía que no sirve de nada pasarse la vida lamiéndose las heridas y que había que tirar "p´alante".
La situación para la familia fue tan mala que Avelina mandó a Victorina con un familiar a vivir en Chaguaceda, pero al poco tiempo la niña se escapó y regresó a casa. Avelina no encontraba cómo salir de esa situación tan difícil y en 1935 tuvo que recurrir a llevarlos al hospicio de Zamora. Sea como fuere, aprovechó muy bien el tiempo y allí aprendió el oficio de sastre.
El Sastre Intelectual
Cuando Jenaro regresó a Triufé, montó su sastrería en la casa de su madre. Era un hombre soltero que vivía con su madre (la señora Avelina) en la casa de ésta. Además de la costura, también ayudaba a su madre con el cuidado de los prados que daban hierba para el burro y cuidando de los huertos y cortinas que les proporcionaban alimentos.
En aquel tiempo de mi niñez, creo que Jenaro era la persona mas intelectual que había en el pueblo: había estudiado en el hospicio y después siguió practicando la lectura. Él te ayudaba a comprender lo que no entendías de los libros y nunca perdía la paciencia. Él encontraba en su radio emisoras que contaban las noticias con otro enfoque. Cuando se reunían para jugar la partida de cartas discutían sobre lo ocurrido en la guerra de Vietnam.
Jenaro nunca caminaba solo, siempre iba rodeado de pequeños y grandes cuando recorría las calles, camino a la taberna o a la iglesia o a cualquier lugar que fuera.

La radio, una ventana al mundo para Jenaro.
Recuerdos de la Infancia
Los primeros recuerdos de él son de cuando yo era muy pequeña y vivíamos en la casa de las aventuras, en el barrio de Las Llamas. Él segaba otoño (hierba verde) para el burro con la guadaña, debajo de los manzanos en el Prado del Sancho, detrás de nuestra casa, y silbaba una canción entonces desconocida para mí: El puente sobre el rio Kwai. Yo le veía desde el balcón y me escondía cuando él miraba hasta que cogí confianza.
Desde el tejado de aquella casa veíamos a Jenaro cuando pasaba camino de la Puebla, al trote en su burro con las alforjas llenas de paquetes. Le gritábamos: ¿A dónde vas, Jenaro?. A la Villa, contestaba. Él vivía en el barrio de arriba y sabíamos que tenía una sastrería y una radio que escuchaban todos los vecinos, la tenía siempre puesta allí en su galería soleada y las mujeres que lavaban la ropa en el lavadero de la fuente seguían la programación y, a veces, a él se le oía cantar.
También cuando sobre mis hombros llevaba del medero el feige más grande de paja que mis fuerzas me permitían, caminaba sobre las hojas del camino de la Villara pegado a su casa y a veces, si él estaba en el corral y oía el ruido de las hojas, se asomaba y me hablaba.
Un Amigo Incondicional
Él sabía que yo no quería encontrarme con Sofía y me avisaba si estaba en la puerta de su casa o no; pues ella siempre me decía que mi hermana llevaba los feiges más grandes que yo. Un día Jenaro me dijo que lo que le pasaba a Sofía era que no tenia hijas que le hicieran los recados como mi madre.
En 1954, cuando nació el primer hijo de Victorina, se fue con su madre a San Sebastián y allí estuvo haciendo ropa de trabajo y gabardinas para una tienda llamada "Pluviax". Cuando Jenaro regresaba de Ungilde, al llegar al bar Buenos Aires los amigos le decían que si mojaban la venta; Jenaro les decía que si y mientras ellos entraban a pedir la consumición, él picaba espuelas a su burro y salía a toda pastilla bajando la Peña el Letrero.
Cuando algún domingo en Puebla se prolongaba la velada, Jenaro por la mañana ya se iba directamente al Mercado del Puente a comprar telas, hilos y botones en el comercio de su tío Antonio Rodríguez, para los encargos de la semana, y de paso haber si surgía mas trabajo.
El Legado de Jenaro
Jenaro era muy inteligente, sociable, audaz, ocurrente, un poco irónico, generoso y muy independiente; algunos dicen que era muy juerguista, yo diría que era de carácter alegre o al menos intentaba dar esa imagen, aunque a veces, tenía días malos con su pierna, pero lo disimulaba. Era muy popular, no he conocido a nadie con más amigos.
A mi me parecía que Jenaro era nuestro segundo Quijote de Sanabria, sólo que él no llevaba un caballo ni una lanza, tampoco un yelmo: él se apoyaba en una alcayata y sus batallas eran con la vida que le tocaba vivir, y lo hacía con tal valentía que era un ejemplo para todos nosotros. Los niños de los vecinos mas cercanos a su casa, y casi todos los jóvenes, pasaban muchas horas en su taller de costura, sobre todo cuando su madre le acompañaba sobrehilando las costuras o haciendo los ojales a las prendas que tenía que entregar al día siguiente.
Jenaro era esa persona entrañable y especial del que todos querían ser amigos, un sanabrés querido y respetado por todos los que tuvimos la fortuna de conocerle. Un ejemplo de superación para todos nosotros.
VERONAL- largometraje - Vida y Obra de José Antonio Ramos Sucre
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