Mike Tyson, una figura icónica y polémica del boxeo, ha protagonizado momentos memorables y controvertidos a lo largo de su carrera. Desde sus inicios llenos de problemas hasta convertirse en campeón mundial, y luego sus escándalos en el ring, su historia es digna de ser contada.

El mordisco que conmocionó al mundo del boxeo
Mike Tyson fue un gran boxeador y un mal perdedor. En uno de los mayores escándalos de la historia del boxeo, Mike Tyson mordió en la oreja a Evander Holyfield e inmediatamente escupió encima del ring el trozo que le arrancó. Era junio de 1997 y ambos estadounidenses luchaban por el título mundial de los pesos pesados. Holyfield perdió parte de la oreja, ganó el combate por descalificación de su rival y Tyson se quedó sin licencia.
La idea de endulzar el mordisco ya venía de lejos. Hace un par de años, ambos excombatientes se juntaron para un programa y Tyson le obsequió un caramelo con forma de oreja.
Ahora presenta sus gominolas, llamadas 'Mike Bites' (mordeduras de Mike), que tienen forma de oreja incompleta en la punta. "¡Estas orejas realmente saben bien!", escribió Tyson en sus sus redes sociales. Por ahora solo se vende en tiendas legales de distribución de cannabis en los estados norteamericanos de California, Massachusetts y Nevada. Quién sabe si el negocio le permitirá recuperar los tres millones de dólares que le costó la multa por su comportamiento antideportivo en aquella ocasión.
De boxeador a empresario del cannabis
El púgil de rostro tatuado, conocido también por sus cameos en películas taquilleras como 'Resacón en Las Vegas', pelea desde hace unos años por que se tengan los efectos benéficos del cannabis. A través de su empresa Tyson 2.0, este hombre nacido en Nueva York en 1966 se ha convertido en un empresario del cáñamo. Tiene un rancho de unas 150 hectáreas y comercializa varios productos de cannabis con distintos precios, según los portales especializados en el negocio de los cannabinoides.
Con una infancia tormentosa y un descomunal esfuerzo para llegar a ser uno de los grandes boxeadores de la historia, Tyson asegura ahora que es consumidor de cannabis por razones de salud mental.
El día que James Douglas sorprendió al mundo
Estamos en febrero de 1990. Cuando James «Buster» Douglas sube al ring de entrenamiento, puede percibir aún la electricidad acumulada en el vacío, la energía contenida de los cientos de periodistas y fotógrafos que se agolpaban en ese mismo cuartucho apenas diez minutos antes. Fotos para el otro, artículos para el otro, preguntas, siempre, para el otro.
Douglas mira alrededor: solo quedan tres redactores y unos japoneses que descuelgan los carteles de promoción del evento. Douglas repasa con su entrenador los movimientos, corretea por el ring y cruza golpes con un sparring japonés. No acaba de acostumbrarse a la diferencia horaria y odia entrenar a las nueve de la mañana por mucho que el combate sea a las nueve de la mañana, cortesía de Don King, el jefe de todo esto, el eterno hombre del pelo de pincho y las cadenas de oro. Con sueño o sin él, con los músculos activos o no, el caso es que lo único que le queda a Douglas es seguir adelante.
Douglas tiene veintinueve años y un futuro lleno de bruma. Boxeador con talento y con un físico imponente, siempre se le ha acusado de venirse abajo en los momentos más importantes. Un boxeador funcionario, aburrido, gris, que no quiere molestar a nadie. Pudo ser campeón del mundo de los pesos pesados en 1987, pero Tony Tucker lo impidió, quitándole un combate que era suyo pero que no supo o no quiso defender.
Sabe que es el contrincante ideal para el regreso de Mike Tyson y en el fondo le jode. Le jode mucho. Le jode porque no quiere avergonzar a su padre igual que no quiere que su madre esté muerta y por eso hace como que no y se traga las emociones y sigue entrenando en aquel cuadrilátero aislado del mundo. Su madre, la que no quería que luchara contra Tyson porque «le iba a hacer polvo». El miedo que se contagia de generación en generación.
Por otro lado, también sabe, o quiere creer, que si le han elegido es porque saben que es alguien, que ni siquiera Tyson puede permitirse otro combate de noventa y tres segundos como el de Carl Williams seis meses atrás. Don King no va a montar este espectáculo en Tokio y no va a hacerles pagar a los japoneses cientos de dólares por una entrada… para que luego solo vean un minuto y medio de pelea. Si está ahí, en el fondo, es porque se lo ha ganado. La prensa puede opinar lo que quiera y puede gastar su tiempo libre en el karaoke que le plazca, pero él se lo ha ganado. Se lo ha ganado. Doble aspirante a campeón del mundo, como si eso lo regalaran.
«Tyson ha vuelto», dicen los carteles, y una buena pregunta sería: «¿De dónde ha vuelto exactamente con solo veintitrés años?». Mike Tyson está acostumbrado a arrasar por donde pasa desde que fuera el campeón del mundo más joven de la historia con apenas veinte años y al primer problema ha reaccionado como reacciona un hombre perdido: huyendo hacia adelante.
El declive de un campeón
Al divorcio de Givens, Tyson une por su cuenta el divorcio profesional con su entrenador Kevin Rooney, el que ha hecho de él un boxeador junto al viejo Cus D’Amato, su segundo padre. Cuando a Tyson le acusan de no prestar suficiente atención al deporte y estar más preocupado de las fiestas, el dinero y las mujeres, reacciona dando la razón a todo el mundo y abandonando un equipo profesional para recaer en el circo mediático de Don King y un improbable entrenador llamado Aaron Snowell, más preocupado de no molestar a la estrella que de advertirle de que es mortal.
Desde la separación con Robin, Tyson solo ha competido dos veces, las dos en 1989: contra el inglés Frank Bruno -y ahí ya mostró sus primeras debilidades- y el citado combate contra Carl Williams, que no pasó del primer asalto. Desde entonces, seis meses. Seis meses de cuidar el cuerpo pero relajar mucho la mente. Demasiado. Tyson llega a unos niveles de desparrame que podría haber convertido a Resacón en Las Vegas en un documental basado en hechos reales.
Después de treinta y siete combates consecutivos sin perder, treinta y tres por KO, «Iron Mike» se ha convencido de que va a ganar siempre, sea en Nevada o en Tokio o en Atlantic City bajo el amparo del ubicuo Donald Trump.
La sorpresa en Tokio
Cuando llega a Tokio, comienza con los entrenamientos públicos, esos en los que reporteros de todo el mundo se pelean por conseguir el mejor puesto alrededor del ring, y un sparring le tumba con un uppercut en plena rutina. Aquello causa sensación: Tyson parece estar en un buen estado físico: musculatura abundante en un cuerpo pequeño, compacto, ni un gramo de grasa de más.
Sin embargo, ha caído. Diez minutos antes de que el «don nadie» Douglas empiece su rutina. ¿Es una táctica de Don King para dar emoción a un combate en el que uno de los dos boxeadores se paga a cuarenta y tres auno como se podría pagar a un millón a uno?, ¿es un signo de debilidad?
Aquello desde luego no es Zaire y Tyson no es Alí. Al contrario, está tenso, como salido de una mala resaca. Mientras Douglas sube al ring con la clásica bata brillante y capucha, al estilo Rocky, Tyson lo hace con una camiseta abierta por el pecho y sin mangas, dejando ver su impresionante musculatura desde el primer momento. Los comentaristas de televisión, siguiendo la tónica general, solo se fijan en uno de los dos rincones: el rincón del ganador, el del «hombre más malo del planeta», según Mike se ha definido a sí mismo. Es el campeón del mundo, nunca ha perdido un combate profesional, se comporta como una estrella del rock and roll y su último rival le duró lo que dura un tiro de cocaína.
Hay una cierta incomodidad en el ambiente, como si Douglas no se mereciera la paliza que se va a llevar. La incomodidad de la rutina, de la falta de épica. Solo que, como sabe cualquiera que haya visto Pulp Fiction, los perdedores son puñeteros y James «Buster» Douglas no tiene la más mínima intención de que las cosas acaben como deberían.
El combate
Desde tres años antes, los títulos por los campeonatos del mundo no se disputan al mejor de quince asaltos sino al de doce. La decisión ha traído cierta polémica porque esos tres últimos asaltos son, para muchos, los que separan a los niños de los hombres, pero para los médicos son los que separan una lesión cerebral de la posible muerte instantánea y su criterio ha prevalecido. En cualquier caso, nadie piensa en el duodécimo asalto, ni siquiera en el séptimo.
Sin embargo, Douglas tiene algo a su favor: es el único que de verdad quiere estar donde está, luchando por un título de campeón del mundo, la segunda oportunidad que nunca pensó que podría conseguir. Está contento de no tener nada que perder, nada que demostrar, de no ser más la eterna promesa. Está contento de saber que nadie le conoce, que nadie le recuerda, que no tendrá que dar explicación alguna si las cosas salen mal, solo coger el dinero y correr de vuelta al medio-oeste.
Douglas está cómodo y como está cómodo no piensa demasiado, solamente baila de una manera sorprendentemente ágil para un tío tan alto, treinta centímetros mayor que su oponente. Baila y coge el centro en vez de refugiarse en una cuerda y confiar en que todo acabe cuanto antes, como hizo su amigo Michael Spinks en su momento. Douglas decide defenderse atacando, un jab de izquierdas que impacta siempre que quiere en el rostro o en el abdomen de su rival, algo adormilado, aburrido casi, anestesiado.
No es la primera vez que pasa, contra Frank Bruno sucedió lo mismo, recuerdan los comentaristas, pero lo cierto es que después de dos asaltos, Douglas ha conectado cincuenta y dos puñetazos y Tyson solo dieciséis. En el Tokyo Dome sigue el silencio. Douglas continúa su exhibición durante tres asaltos más, sin bajar nunca la guardia pero alternando el jab con unas combinaciones izquierda-derecha que sorprenden a Tyson. La sensación es que nadie ha preparado ese combate, que Mike no sabe qué hacer. Su defensa es una broma. Cuando llega a su rincón, Snowell, en vez de despertarle, le mima. Le abraza, le habla al oído, le pide que sea bueno, que no les haga esto.
Así, llega el quinto asalto, el que marcó el final de la aventura de Bruno un año antes. La táctica es sencilla pero funciona porque nadie ha previsto lo contrario: jab de izquierda y acorralar con el cuerpo. En las gradas, Evander Holyfield no se puede creer lo que ve y siente cómo poco a poco se le está haciendo un agujero en el bolsillo. Justo delante, Donald Trump le pregunta a Don King qué demonios está pasando y este le responde: «No lo sé, pero no me gusta nada».
El ojo izquierdo de Tyson empieza a hincharse. Es el momento que ejemplifica lo que está pasando, hasta qué punto Tyson ha pasado de ser un campeón a ser una marioneta. Desesperado, el entrenador coge un guante de látex, lo hincha y lo llena de hielo para colocarlo sobre el ojo. Tyson ni siquiera reacciona, apenas una mueca de dolor. Sigue sin saber qué está haciendo ahí y los comentaristas empiezan a prever lo imprevisible: «Esto no sería solo una sorpresa, sino que marcaría un nuevo nivel en el mundo de las sorpresas».
Douglas domina el sexto asalto, domina el séptimo asalto. El ojo de Tyson se cierra ante la hinchazón y las piernas flojean. Es la jugada de siempre: el luchador pequeño se crece, se confía, cree que puede ganar en un intercambio de golpes y de repente se encuentra a sí mismo en la lona tras un gancho del campeón. Douglas encaja el golpe y retrocede tambaleándose hasta que cae, visiblemente tocado. El árbitro inicia la cuenta, una cuenta pausada que Douglas se toma más como un descanso que como una amenaza. Cuando oye el número nueve, se yergue de nuevo y demuestra que está listo para continuar.
En la HBO resumen la opinión general: «Pase lo que pase, Douglas puede estar orgulloso de su combate de hoy». Lo dicen porque después de verle caer nadie duda de que volverá a hacerlo. Y muy pronto. Tyson le enganchará de nuevo y acabará con esta broma. Nadie cree en Douglas salvo el propio Douglas, que en vez de entrar en estado de pánico, vuelve a su rutina: jab de izquierdas y combinación de derechas. Aquello es como ver a Rafa Nadal tirarle bolas liftadas al revés de Roger Federer. Esto ya no es casualidad: Tyson se está llevando una paliza de órdago. Le llueven los golpes por todos lados, no sube la guardia, se mueve muy lento y Sugar Ray Leonard observa: «No me gusta el equilibrio de Mike, las rodillas no le sostienen bien».
Justo entonces, Douglas le engancha con la derecha en la mandíbula con un uppercut, luego le sigue con la izquierda, mientras Tyson retrocede le cae otra derecha… y justo cuando está cayendo recibe otro golpe de izquierda, el definitivo. Cae con los brazos en cruz y Douglas parece iniciar un amago de baile que corta de inmediato. El público, incluso el silencioso público japonés, se vuelve loco. Tyson intenta ponerse de pie pero solo puede gatear buscando el protector bucal, completamente perdido.
Es el momento de euforia en el rincón del aspirante. El momento soñado. El de dedicar al padre y a la madre y acordarse de los fracasos anteriores. A la victoria de Douglas le siguen unos días confusos, aún en Japón, porque Don King se niega a reconocer la victoria y pide que se anule el combate por cuenta irregular. Según él, y así lo intenta demostrar en una rueda de prensa con el propio Tyson y sus amigotes delante, el árbitro dejó que Douglas pasara mucho más de diez segundos en el suelo. Dos de las federaciones internacionales le hacen caso, pero la tercera no, y así, Douglas vuelve a Ohio con su cinturón, el pueblo totalmente entregado, los medios de comunicación rellenando su agenda con entrevistas y reportajes… y Don King entiende que el público manda y que igual un Holyfield- Douglas, Cenicienta revisitada, tampoco está mal, aunque para entonces Douglas ya no tenga nada que demostrar, llegue pasado de peso y en una continua resaca, y aguante tres asaltos.
Así acaba la historia: de Douglas no se volverá a saber, solo cuando llegue a los doscientos kilos y sufra un coma diabético pocos años después, aún a mediados de los noventa. Una enfermedad de la que se recuperará a tiempo para ver cómo un desquiciado Mike Tyson recién salido de prisión se dedica a morder orejas a sus rivales y escupirlas en el cuadrilátero.
El regreso de Tyson y su mordisco al guante
Jake Paul hizo algo que pocos esperaban: vencer a Mike Tyson, uno de los nombres más emblemáticos del boxeo, en un combate en el AT&T Stadium de Arlington, en Texas. Con una duración pactada de ocho asaltos de dos minutos cada uno, el combate mostró a un Tyson que, aunque mantuvo su estilo clásico de esquivas y cintura ágil, dejó en evidencia el paso del tiempo desde sus años dorados.
Pero lo que más dio de qué hablar no fue el resultado, sino una acción de Tyson durante el combate. El púgil, mientras bloqueaba un golpe, comenzó a morder su guante, un gesto que resultó tan extraño como hipnotizante. Al finalizar, en tono jocoso, Tyson contó la verdad sobre el curioso gesto ante la pregunta de los periodistas. “Tengo la costumbre de morderme los guantes, tengo una fijación con las mordeduras”, afirmó. De inmediato, la declaración cobró sentido recordando el infame momento de 1997 en el que Tyson mordió la oreja de Evander Holyfield.
El Boxeador que APLASTO a la BESTIA Mike Tyson | Evander Holyfield
Otros mordiscos famosos en el deporte
Mike Tyson no ha sido el único deportista en protagonizar un incidente de mordisco. A continuación, algunos otros casos destacados:
- Oliver Kahn: El ex portero del Bayern Múnich lanzó un mordisco en abril de 1999 al jugador del Borussia Dortmund Heiko Herrlich. «El entrenador nos dijo que teníamos que morder y no soltar a nuestra presa», dijo después del encuentro Kahn.
- Luis Suárez: El delantero uruguayo protagonizó tres incidentes similares. En 2010, con la camiseta del Ajax de Ámsterdam, mordió por primera vez a un rival en la cancha, al holandés Otman Bakkal. Tres años después, la imagen de sus dientes en el brazo del serbio Branislav Ivanovic durante un Liverpool-Chelsea de la Premier League dio la vuelta al mundo. En el Mundial, Suárez apoyó su cabeza sobre el hombro del defensa Chiellini y pareció clavarle los dientes.

Los piercings dentales: Una moda con historia y riesgos
El piercing dental, también conocido como «tatuaje dental» o «joya dental», se ha convertido en una moda popular en los últimos años para aquellos que buscan un aspecto único y moderno. La primera evidencia del uso de joyas dentales se remonta a la época de los egipcios, quienes hace más de 2.500 años ya adornaban sus dientes con piedras preciosas y oro.
Con el siglo XXI, la moda del piercing dental volvió a aparecer, esta vez con una mayor aceptación popular y avances en la tecnología que permitían su uso de manera más segura. Los piercings dentales pueden afectar negativamente la salud dental a largo plazo, incluyendo la caries dental, la enfermedad de las encías y la pérdida de dientes.
Los piercings dentales se hicieron famosos por el mundo del deporte, con deportistas como Mike Tyson y Dennis Rodman siendo los principales exponentes de esta moda.