Gabriel García Márquez: Un Vistazo a su Vida y Obra a través de "La Mala Hora" y "Un Día de Estos"

Gabriel García Márquez, nacido en Aracataca, Colombia, en 1927 y fallecido en Ciudad de México en 2014, fue un cuentista, guionista, editor, periodista y, sobre todo, un novelista magistral, reconocido con el Premio Nobel de Literatura en 1982. Su obra, impregnada de realismo mágico, ha dejado una huella imborrable en la literatura universal.

Creía que había leído toda la obra narrativa de ficción -sus novelas y cuentos- de Gabriel García Márquez cuando en la biblioteca me di cuenta de que me faltaba una novela: La mala hora. La mala hora se publicó en 1962, justo entre mis novelas favoritas de García Márquez, El coronel no tiene quien le escriba (1961) y Cien años de soledad (1967).

En La mala hora, García Márquez nos acerca a un pueblo a las orillas de un río, que parece guardar más de una similitud con el pueblo de El coronel no tiene quien le escriba. La novela está escrita en tercera persona y cuenta con un número suficiente de protagonistas como para que podamos hablar de una novela coral.

En el pueblo están apareciendo pasquines en las puertas de las casas, colocados de noche. En ellos se cuentan chismes antiguos, cotilleos sobre hijos ilegítimos o sobre infidelidades. De hecho, será uno de estos pasquines el que provoque la primera muerte. Los pasquines están empezando a romper la tensa calma a la que se había llegado en el pueblo, después de haber sufrido el país una guerra civil.

Si bien, a algunos personajes los conoceremos por su nombre, a otros García Márquez nos los muestra representados por su profesión, como al alcalde. En principio, el alcalde parece un personaje positivo, alguien que se preocupa por sus vecinos, aunque en diversas situaciones vemos cómo éstos le rechazan.

Ya he comentado que en La mala hora se nombra a Macondo. Me ha gustado descubrir también que aparece aquí el coronel Aureliano Buendía, quien durmió una noche en el hotel del pueblo. Aún le quedaban al coronel cinco años para ser uno de los protagonistas de Cien años de soledad, y es curioso observar cómo el mundo ficcional de García Márquez se iba ya construyendo.

Además La mala hora todavía no es de forma explícita una novela del «realismo mágico», puesto que no aparecen escenas abiertamente fantásticas en la realidad contada. La prosa de La mala hora, siguiendo la línea de El coronel no tiene quien le escriba, es más contenida que la de novelas como Cien años de soledad.

La mala hora está muy emparentada con el libro de cuentos Los funerales de la Mamá Grande. Los cuentos parecen ambientados en el mismo pueblo, y uno de sus centro de reunión es «el salón de billar», que aparece en ambos libros. Además, uno de los cuentos -el titulado Un día de estos- relata una anécdota, en la que el alcalde del pueblo ha de ir al dentista, que también aparece en la novela.

García Márquez pasa de una escena a otra, de un personaje a otro, marcando que lo narrado tiene lugar de forma simultánea o sucesiva, con expresiones como «mientras X bajaba las escaleras, Y hacía tal». De este modo, también se incide en la idea de que todo ocurre en un espacio muy limitado, donde todos se conocen y se observan entre sí, a pesar de que no pueden descubrir quién o quiénes están poniendo los pasquines en las puertas de las casas. «Es todo el pueblo y no es nadie.», sentenciará sobre el particular la adivina del circo ambulante.

La tensión va aumentando en la novela, pero diría que de un modo menos perfecto que en El coronel no tiene quien le escriba. En la construcción coral ya se adivina la estructura de Cien años de soledad. La mala hora es una buena novela, que no está a la altura de mis favoritas de García Márquez, que parece una obra de transición entre la precisión a lo Hemingway de sus primeras novelas y el desbordamiento posterior de Cien años de soledad o El otoño del patriarca.

"Un día de estos", de Gabriel García Márquez 🎙️(cuento corto) AUDIOLIBRO | Lectura | Voz humana

"Un Día de Estos": Un Relato de Tensión y Poder

Sumérgete en el cuento «Un día de estos», cuento de Gabriel García Márquez, es una historia breve pero intensa que explora las tensiones entre el poder y la dignidad. Ambientado en un pequeño pueblo, el relato sigue a un humilde dentista llamado Aurelio Escovar, quien recibe la visita inesperada del alcalde, un hombre autoritario y temido. A través de un diálogo tenso y cargado de resentimiento, García Márquez retrata el contraste entre los dos personajes, mostrando cómo incluso el más poderoso puede estar a merced de aquellos que considera inferiores.

El lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista sin título y buen madrugador, abrió su gabinete a las seis. Sacó de la vidriera una dentadura postiza montada aún en el molde de yeso y puso sobre la mesa un puñado de instrumentos que ordenó de mayor a menor, como en una exposición. Llevaba una camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores elásticos.

Estaba puliendo un diente de oro. Lo retiró a la distancia del brazo y lo examinó con los ojos a medio cerrar. El dentista siguió examinando el diente. Volvió a operar la fresa. Sin apresurarse, con un movimiento extremadamente tranquilo, dejó de pedalear en la fresa, la retiró del sillón y abrió por completo la gaveta inferior de la mesa. -Bueno -dijo-.

Hizo girar el sillón hasta quedar de frente a la puerta, la mano apoyada en el borde de la gaveta. El alcalde apareció en el umbral. Se había afeitado la mejilla izquierda, pero en la otra, hinchada y dolorida, tenía una barba de cinco días. El dentista vio en sus ojos marchitos muchas noches de desesperación.

Mientras hervían los instrumentos, el alcalde apoyó el cráneo en el cabezal de la silla y se sintió mejor. Respiraba un olor glacial. Era un gabinete pobre: una vieja silla de madera, la fresa de pedal, y una vidriera con pomos de loza. Frente a la silla, una ventana con un cancel de tela hasta la altura de un hombre.

Don Aurelio Escovar le movió la cara hacia la luz. -Está bien -dijo, y trató de sonreír. El dentista no le correspondió. Llevó a la mesa de trabajo la cacerola con los instrumentos hervidos y los sacó del agua con unas pinzas frías, todavía sin apresurarse. Después rodó la escupidera con la punta del zapato y fue a lavarse las manos en el aguamanil. Hizo todo sin mirar al alcalde.

Era una cordal inferior. El dentista abrió las piernas y apretó la muela con el gatillo caliente. El alcalde se aferró a las barras de la silla, descargó toda su fuerza en los pies y sintió un vacío helado en los riñones, pero no soltó un suspiro. El dentista sólo movió la muñeca. El alcalde sintió un crujido de huesos en la mandíbula y sus ojos se llenaron de lágrimas. Pero no suspiró hasta que no sintió salir la muela. Entonces la vio a través de las lágrimas. Le pareció tan extraña a su dolor, que no pudo entender la tortura de sus cinco noches anteriores.

Inclinado sobre la escupidera, sudoroso, jadeante, se desabotonó la guerrera y buscó a tientas el pañuelo en el bolsillo del pantalón. El alcalde lo hizo. Estaba temblando. Mientras el dentista se lavaba las manos, vio el cielorraso desfondado y una telaraña polvorienta con huevos de araña e insectos muertos. El dentista regresó secándose las manos. El alcalde no lo miró.

En el cuento Un día de estos, que formaba parte de Los funerales de la Mamá Grande, García Márquez reescribe uno de los momentos magistrales de La mala hora: la extracción de la muela del alcalde por Aurelio, el dentista liberal. Hay diferencias en las dos versiones, pero los personajes son los mismos. En la novela el alcalde irrumpe de madrugada con sus agentes en la casa del dentista, destrozan la puerta y el consultorio en busca de armas. Encuentran un revólver. El alcalde cree que hay otro, pero se debate entre desbaratar toda la casa para encontrarlo o dejarse sacar la muela por uno de sus enemigos. Acosado por el dolor opta por lo segundo. A su desesperado pedido de anestesia el dentista responde: “Ustedes matan sin anestesia”. Y ante la insistencia del alcalde agrega: “Deje de ser pendejo, teniente; con ese absceso no hay anestesia que valga”.

En Un día de estos el alcalde llega un lunes de mañana, solo, no hay ningún allanamiento y acepta con resignación la exodoncia sin anestesia. Sin embargo, el dentista hace explícita su simbólica venganza: “Aquí nos paga veinte muertos, teniente”. El alcalde no lo miró.

En esta edición de Cuentos 102.2, sumérgete en el cuento «Un día de estos», cuento de Gabriel García Márquez, es una historia breve pero intensa que explora las tensiones entre el poder y la dignidad. Ambientado en un pequeño pueblo, el relato sigue a un humilde dentista llamado Aurelio Escovar, quien recibe la visita inesperada del alcalde, un hombre autoritario y temido.

Este relato sorprende por su capacidad de síntesis, de economía de medios tan perfectamente calculada que nada le sobra ni nada le falta como sucede en los buenos cuentos. El autor es un observador externo que mediante breves pinceladas narrativas, descriptivas y la transcripción de escuetos diálogos presenta una pequeña y aparentemente sencilla anécdota, recogida de la vida cotidiana de un pueblo colombiano. Un día tibio sin lluvia, un dentista trabajando en su gabinete, la irrupción del alcalde atormentado por un dolor de muelas, la intermediación del hijo mediante un rápido y burlesco diálogo, la extracción como núcleo central del cuento y el final de la escena con la despedida del alcalde.

El cuento ofrece diversos y oportunos matices significativos que delatan la atmósfera de violencia y tensión, la intimidación, el mutuo recelo y, en fin, el odio, la desconfianza y la enemistad en que se mueven los dos personajes. La clave explicativa de la situación tensa y dramática del relato es la frase del dentista en el momento de la dolorosa extracción: “Aquí nos paga veinte muertos, teniente”, en clara alusión a la represión política violenta dirigida por el alcalde que por primera y única vez recibe el tratamiento militar.

Censura y Adaptación en la Obra de García Márquez

La censura franquista, que operaba en este caso a través del Instituto Nacional del Libro Español (INLE), aún no se flexibilizaba. Entre los censores, por cierto, había curas, abogados, estudiantes y escritores como el Nobel Camilo José Cela, que lo fue durante los primeros años del franquismo y por propia voluntad.

La competencia que el mercado editorial de México y Argentina suponía para el de España llevó a que el régimen franquista expidiera una nueva ley de prensa en 1966 flexibilizando sus políticas censoras. Ello hizo posible, por ejemplo, que editoriales como Seix Barral de Barcelona se anotaran el mayor éxito en el mercado editorial iberoamericano mediante una estrategia que se denominó boom literario latinoamericano.

Además de ser el año de publicación en México de la primera edición autorizada de La mala hora, 1966 fue clave por la aparición del libro que, en cierto modo, crearía el mito del boom: Los nuestros, una serie de entrevistas realizadas por el escritor, crítico y profesor chileno-argentino Luis Harss a escritores latinoamericanos por encargo de un editor neoyorkino.

Para su libro Harss entrevistó a diez escritores: Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Jorge Luis Borges, João Guimarães Rosa, Juan Carlos Onetti, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa (aparecen en este orden en el libro).

García Márquez escribió la novela durante una vida itinerante en París, Londres y Caracas en un período que se puede datar entre 1957 y 1959. “Y la llevaba conmigo, como te he dicho, de hotel en hotel, y a cada rato le hacía correcciones”, contó en 1976.

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