El personaje de Jane Eyre, la institutriz más famosa de la literatura, ha sido llevado a la pantalla -tanto de cine como de televisión- en más de veinte ocasiones, pero eso no le ha restado ni un ápice de interés a la novela de Charlotte Brontë, publicada por primera vez en 1847. De hecho, tanto Jane Eyre como Cumbres borrascosas (1847), de Emily Brontë, son dos de los títulos de referencia, no solo de la literatura inglesa del siglo XIX, sino de la literatura universal de todos los tiempos. Cabe preguntarse hasta qué punto puede ser interesante y relevante el estreno de una nueva adaptación cinematográfica de la célebre novela de Charlotte Brontë en 2011, cuando ésta ya ha sido versionada en más de 25 ocasiones para el cine y la televisión. La respuesta es que la nueva Jane Eyre no puede llegar en el momento más adecuado.
Y no sólo porque quizá sea la traslación más notable que se ha hecho de la novela para la pantalla grande, lo que ya es decir mucho dado que anteriores adaptaciones habían sido dirigidas y protagonizadas por pesos pesados de todas las épocas de la talla de Robert Stevenson, Franco Zeffirelli, Orson Welles, Joan Fontaine, Elizabeth Taylor, George C. Scott, William Hurt o Charlotte Gainsbourg. Lo que la hace verdaderamente destacable, sin embargo, es su espléndida reivindicación del espíritu de la mejor literatura gótica, estrenándose además casi al mismo tiempo que la primera parte del final de la saga Crepúsculo. La historia es de sobras conocida, pero para los que no estén familiarizados con ella cuenta la vida de Jane Eyre, una joven inglesa que, tras una dura infancia, entra a trabajar como empleada en una mansión en la campiña propiedad de Edward Rochester, un hombre adinerado de semblante frío y arisco, bastante mayor que ella.
La hipótesis que proponemos es que con la reescritura de esta novela de Charlotte Brontë (1847), la guionista Moira Buffini y el cineasta Cary Fukunaga hacen dos cosas: en primer lugar, recuperan la imbricación entre la violencia y la sexualidad que caracteriza a los relatos literarios y cinematográficos pertenecientes al género gótico femenino. En esta nueva Jane Eyre, la campiña inglesa se convierte en un paisaje inhóspito y frío, y Thornfield Hall, la mansión en la que Jane trabaja como institutriz, es un caserón desangelado repleto de secretos.

La nueva adaptación corre a cargo de Cary Fukunaga (Oakland, 1977), un joven realizador californiano cuyo único trabajo notorio previo es Sin nombre (2009), una desoladora y conseguida vuelta de tuerca al mundo de los emigrantes hispanos que buscan un futuro mejor en Estados Unidos. El planteamiento de Fukunaga y su guionista, Moira Buffini (Tamara Drewe), no es hacer una actualización radical de la novela, sino alterar ligeramente su estructura con recursos como el flashback y el flashforward para enriquecer el personaje de Jane y, sobre todo, como decía antes, potenciar los elementos góticos de la misma con gran acierto. La película tiene temperamento y relevancia, pero sin perder elegancia y clasicismo.
Fukunaga le ha dado un giro interesante a la historia en su adaptación, ya que la acción comienza in medias res y la narración se basa, en buena medida, en una serie de flashbacks, dentro de una atmósfera que recuerda a la novela Otra vuelta de tuerca, de Henry James, y a películas como El piano (The Piano, Jane Campion, 1993), El celo (Presence on Mind, Antoni Aloy, 1999) o Los otros (The Others, Alejandro Amenábar, 2001). El metraje arranca cuando Jane Eyre abandona Thornfield Hall y se adentra a través de páramos aislados, en una secuencia en la que no falta el uso de la cámara subjetiva.
Actuaciones y Personajes
Los personajes principales son probablemente los que más se acercan a los de la novela de todas las adaptaciones realizadas. Buena parte de culpa de ello tienen las interpretaciones de Wasikowska (Alicia en el país de las maravillas), aportando a Jane la justa combinación de inocencia, idealismo, fuerza moral e individualismo, y Fassbender (X-Men: Primera generación), un Rochester oscuro, como debe ser, pero a la vez carismático y no del todo detestable. Son dos de los actores de moda del momento y aquí demuestran por qué. Mia Wasikowska y Michael Fassbender, dos actores que en 2011 han estrenado varias películas, se ajustan perfectamente a los papeles protagonistas y se encuentran magníficamente acompañados por Judi Dench, que es la señora Fairfax, y Jamie Bell, que encarna a Saint John Rivers.

Tanto Jane Eyre como Edward Rochester comparten un pasado de dolor y amargura, pero, si bien la institutriz ha conseguido dejarlo atrás, el dueño de Thornfield Hall se encuentra permanentemente acosado por un error que ahora vive en la casa. No debemos olvidar que lo que nos cuenta Jane Eyre es la historia de una joven huérfana de infancia desgraciada, que jamás renuncia a ser ella misma ni a ser independiente, que se abre paso como mujer en un mundo regido por los hombres, y que no duda en saltarse todas las convenciones sociales. Llega a convertirse en una rica heredera que puede afrontar la vida y el amor con una libertad inaudita en su época. En cierto modo, Jane Eyre es una feminista avant la lettre.
Estética y Narrativa
Hay también un toque oscuro en esta versión de Fukunaga, y eso la convierte en una propuesta muy interesante, que aúna a un tiempo el homenaje clásico y la relectura en clave contemporánea. Habrá quien piense que una película como esta no dejará de ser nunca redundante e innecesaria, pero Fukunaga demuestra con Jane Eyre que las verdaderas obras maestras nunca mueren y que pueden ser vistas, reinterpretadas y recreadas en incontables ocasiones. Nunca es demasiado tarde para conocer a Jane Eyre; nunca es demasiado pronto para reencontrarse con ella.
Antes de Fukunaga ya se atrevieron con la novela de Charlotte Brontë algunos directores, entre los que sobresalen Robert Stevenson, con Alma rebelde (Jane Eyre, 1943), en la que Orson Welles y Joan Fontaine encarnaban los papeles principales; Delbert Mann, que en 1970 dirigió un telefilme protagonizado por George C. Scott y Susannah York; y Franco Zeffirelli, cuya versión se estrenó en 1996, con William Hurt y Charlotte Gainsbourg como Edward Rochester y la desdichada institutriz. Sin duda, se trata de antecedentes nada desdeñables, aunque la película de Zeffirelli merecía mayor atención de la que recibió.
Es el caso de esta nueva revisión de la sufrida Jane Eyre, en la que se vomita el texto de la novela en lugar de narrarlo. Las cosas parecen ocurrir sólo porque estén escritas, no porque deban pasar en la ficción que se construye. Una tele-serie oculta bajo el disfraz de los grandes presupuestos. Imágenes esclavas de un texto del que parecen depender aunque no sea ese su deseo. La película se convierte en interesante justo en los momentos en los que amenaza con desmarcarse del relato original.
Eso sí, la cinta quisiera estar vestida de la mayor de las delicadezas. Todo está filmado con un cierto pudor, con una agradable ternura en la que todo descansa. Jane Eyre nunca tuvo por todo ello una imagen más sofisticada en el cine ni unos actores más cercanos a la sensibilidad edulcorada de su relato, dirigidos con torpeza y exhibiendo un remilgo que cae con frecuencia en lo ridículo. Una sofisticación en la que, sin embargo, todo respira también el aroma de lo excesivamente medido. Pero mientras la película en sí se descuida.
Ya no existe una narración y un río argumental, no existe un personaje que transcurre y que fluye con el relato, sino una sucesión de rígidos capítulos que se van sucediendo en la pantalla de una manera anodina, como si el contexto presente no tuviera que ver con el anterior. Los capítulos sólo existen así para ser confrontados entre ellos en cuanto que evidencien el cambio de tono, el choque de climas, la armonía de sus escenarios, la pureza de su paleta de colores. Es por ello por lo que Jane Eyre, a pesar de relatar la turbulenta historia de una joven criada en un orfanato que no deja de vivir las más terribles vicisitudes, deja la horrenda impresión de no haber contado nada.
Ese es el mayor pecado de Cary Fukunaga, que ya demostró con su anterior Sin nombre (2009) que le interesan los grandes temas sólo como mero pretexto para desarrollar sus inquietudes estéticas: haber confirmado de una vez por todas que la historia de la literatura ya no tiene sentido para el cine contemporáneo, pues todo pasa por el vacuo filtro de la superficie en detrimento de la sustancia. Incluso en el más denso y sufrido de los textos, el cine puramente estético acaba vaciando toda emoción posible.