Sebastián Zapirain fue una figura clave en la historia vasca del siglo XX, destacándose por su compromiso con el movimiento obrero y su lucha contra el franquismo. Su vida, marcada por la militancia y el exilio, ofrece una perspectiva valiosa sobre los convulsos tiempos que le tocó vivir.

Primeros Años y Trayectoria Sindical
S. Zapirain nació en San Sebastián el 17 de noviembre de 1903, en el seno de una familia obrera. Su padre era de origen campesino, natural de Pasajes, mientras que su madre provenía de Orio y trabajó en la elaboración de tabaco. Desde joven, Zapirain se involucró en el mundo laboral y se orientó hacia la carpintería.
A diferencia de su hermano mayor Luis, admiró el anarquismo moderado, aunque compartió su pasión por la lectura. Se adhirió a la Federación local de Sociedades Obreras, junto con él. Fue secretario del Sindicato de la Madera.
En 1924 optó por la escisión comunista, dedicándose los tres hermanos Zapirain a la propaganda en plena Dictadura de Primo de Rivera. Se presentó a las elecciones municipales de 1931 por el distrito de Atocha. Fue detenido, junto con su hermano Luis, en la huelga de pescadores que tuvo lugar tras la proclamación de la República. En 1931-1932 asistió a un curso en la Escuela Leninista de Moscú.
Al estallar la crisis del PCE, adoptó la postura de la Internacional Comunista frente a la política de Bullejos y desistió de seguir en la URSS. Tras el IV Congreso del PCE, fue asignado a Bilbao para cumplir el cometido de orientar la Federación Vasco-navarra en esta dirección, siendo designado secretario general de la misma.
En 1935 fue detenido en el fuerte de Guadalupe por su participación en la formación de las Alianzas posteriores a la gran huelga, siendo, a los meses, puesto en libertad provisional en espera de un juicio militar que lo absolvió.
Guerra Civil y Exilio
Vive en esta ciudad con la dirigente vasca Angelina Santamaría cuando estalla la guerra y se le nombra instructor del ejército popular y luego Comisario político en el frente de Somosierra y otros, entre los cuales Guadalajara, Brunete, Jarama, Andalucía y Cataluña. Cortada la zona republicana, pasó a Valencia y Cartagena donde organizó la evacuación de las gentes del PCE mediante la toma del aeropuerto militar. Es Comisario de Brigada de Estado Mayor, rango equivalente a Coronel.
Casa con la argentina Dora Trumper en 1943, con la que tuvo una hija.
En 1944 va en misión clandestina de reorganizar el partido a España hasta caer en una redada en agosto de 1945 junto con Santiago Álvarez. El hecho desencadenó una campaña internacional que salvó a los detenidos de la pena de muerte.
El partido lo envía luego a Checoeslovaquia, como miembro del Comité Central del PCE y bajo el nombre de Roque Sergio. Se le encarga en el verano de 1956 la revitalización del PC de Euskadi desde París, junto con su hermano Luis, pero ambos son detenidos, juzgados y expulsados yendo a Checoeslovaquia.
Regreso a España y Legado
Vuelve a su tierra en 1979 estableciéndose en Donostia como miembro de Honor del PC de Euskadi y del de España, y militante de CCOO. En 1993 lograba, junto con su mujer, que su única hija, Aurora, y tres nietos volvieran de Rusia y se establecieran en Donostia. Murió en esta ciudad el 18 de enero de 1996, a los 92 años de edad.
El testimonio de Sebastián Zapirain, recogido en entrevistas y documentos, ofrece una valiosa perspectiva sobre la historia social y política del País Vasco en el siglo XX. Su experiencia como militante sindicalista, combatiente en la Guerra Civil y exiliado, ilumina las luchas y los desafíos de una época convulsa.
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La Historia Oral como Fuente de Conocimiento
Los testimonios orales nos dan a menudo una visión donde toman un gran peso los factores subjetivos, culturales, ideológicos, etc. Los testimonios de aquellas personas que han tenido una vida singular son únicos y perecederos. Si los protagonistas desaparecen se llevan con ellos el recuerdo de su vida y de su experiencia personal, es decir, su testimonio.
Pero si, como ya se ha dicho, la historia no puede ser escrita en base a testimonios orales, esto resulta más claro aún cuando se hace referencia a acontecimientos políticos o sociales donde abundan las interpretaciones y los puntos de vista más dispares y donde la tentación de rehacer la historia a posteriori es muy fuerte.
En ningún caso pueden sustituir el estudio de la base material sobre la que se asientan. Además, lo que puede ser considerado en algunos casos como un grave defecto de los testimonios orales -su subjetividad- puede constituir en otros el principal tema de interés, cuando se trata, precisamente, de estudiar cómo se vivieron a nivel subjetivo determinados acontecimientos políticos y sociales, desde las diferentes perspectivas que da la pertenencia a grupos sociales diferenciados.
Pero si no podemos aspirar a una objetividad absoluta -por otro lado utópica- en base a estos materiales, sí nos pueden ayudar a reconstruir ciertos períodos históricos en los que ni siquiera se ha elaborado una historia evenemencial clásica -lo que ocurre a menudo en Euskadi en lo que se refiere a su época contemporánea- y nos pueden ayudar también a conocer la valoración de las diferentes situaciones que hace el testigo aún teniendo en cuenta que en muchos casos éstas pueden deber más al presente que al pasado vivido.
Esto es, por cierto, uno de los escollos con los que tropieza la explotación de las fuentes orales. Existe y puede existir un efecto distorsionante teniendo en cuenta que, debido al tiempo transcurrido, el testigo ha ido sumando a su memoria nuevos datos aportados por lecturas o conversaciones que pueden modificar sus juicios o vivencias. Este es un elemento importante a tener en cuenta, relacionado estrechamente con el de la veracidad de los testimonios.
Como éstos están fundados normalmente sobre autobiografías se ha señalado con frecuencia el peligro que puede suponer aceptarlas acríticamente.
Si en general hay que tener en cuenta estas apreciaciones y tomar determinadas precauciones al acercarnos al entrevistado, es obvio que éstas deben ser reforzadas al tratarse los testigos de representantes, en una u otra medida, de fuerzas políticas, sindicales, religiosas, etc.
La tendencia del testimonio oral será a justificar o ensalzar, con todo lo que conlleva de menoscabo para la veracidad testimonial, a la propia fuerza política o corriente ideológica en la que se hallaba o se halla el protagonista, aunque, también es verdad, que en el caso contrario, es decir, cuando existen rupturas ideológicas profundas y radicales, el testimonio puede ser deformado por razones contrarias a las aquí señaladas.
Sólo cabe frente a este riesgo, referimos a los hechos concretos conocidos o tratar de contrastar determinadas afirmaciones con otros testimonios de signo diferente o contrario que hagan de contrapunto y obliguen a precisar, definirse o contradecirse al entrevistado.
A pesar de todo lo dicho, en algunos casos, particularmente en lo que se refiere a la historia política, sobre todo en el caso en el que el protagonista haya desempeñado un papel relevante o de cierta responsabilidad, el testimonio puede tener una gran importancia y ser insustituible, aún teniendo en cuenta sus limitaciones.
Para terminar, y a manera de síntesis, citemos rápidamente cuáles son, según Ronald Fraser uno de los especialistas del tema las tres áreas fundamentales sobre las que puede trabajar la historia oral.
La segunda área de trabajo de la historia oral debe centrarse en el estudio de la praxis popular, en recuperar para la historia la «experiencia vivida, las luchas diarias y conscientes de una mayoría del pueblo», con lo cual se enlaza ya directamente con la historia social en sus diversas variantes. El sujeto se convierte por lo tanto en un sujeto colectivo.
Es lógico que de ahí se pueda pasar con facilidad al tercer apartado en el «que la historia oral puede servir para la indagación del papel de la conciencia, de la subjetividad en el proceso histórico». Se pasa así al nivel de la conciencia, de la representación y valoración de los hechos, de las mentalidades y de las ideologías, de las estructuras culturales, buscando, como ha señalado este mismo autor «reconstituir las actitudes de una mayoría silenciosa y hasta ahora silenciada».
El testimonio que hoy presentamos aporta datos de interés a nivel político y social para el período que va de la Dictadura de Primo de Rivera al franquismo. En primer lugar, su interés viene dado, para la historia de nuestro país, por la figura de su protagonista, inmerso en las luchas sociales del período pre-republicano, como militante sindicalista de la Federación Local de Sociedades Obreras sobre la que tan poco sabemos.
Su testimonio, además de aportar información sobre este todavía período oscuro de nuestra historia, marca e individualiza la realidad social de Guipúzcoa que queda claramente delimitada dentro del conjunto vasco por su singularidad y sus características propias lo que demuestra, una vez más, que el empleo de términos globalizadores para referimos a la realidad vasca en el período pre-franquista puede resultar abusivo desde el punto de vista histórico por la variedad y contrastes que encierra.
Los hermanos Zapirain -Luis, Sebastián, Agustín- vivieron intensamente las luchas sociales de este período para separar sus destinos y sus actividades con el advenimiento de la República y el estallido de la guerra.
Sebastián marchará fuera de Euskadi a combatir el franquismo en otras tierras pero, como él mismo dice, con la vista siempre puesta en su País, al que no pudo volver al ser detenido en Madrid, a su vuelta de América, en 1945.
Su testimonio no es un testimonio neutro, como no lo es el de nadie que haya combatido al franquismo desde las distintas filas de la Resistencia.