Los yacimientos arqueológicos son, con frecuencia, fruto de la acumulación de múltiples historias. Los avances en la técnica y la investigación aplicados a los tiempos profundos de la Prehistoria nos están permitiendo aproximarnos con más detalle a las actividades cotidianas de subsistencia desarrolladas por los primeros pobladores.
En este artículo, exploraremos diferentes animales que se caracterizaron por sus notables dentaduras, desde mamuts prehistóricos hasta dinosaurios carnívoros y aves gigantes extintas.
El Festín del Mamut: Una Ventana al Pasado

Reconstrucción de un cráneo de mamut lanudo (Mammuthus primigenius).
Entre los años 2001-2003, en Fuente Nueva 3 (Orce, Granada), se excavaron unos fósiles excepcionales. De entre todos ellos destacó el cadáver casi completo y conectado de una mamut hembra. Tenía un estado de conservación excelente con una antigüedad de 1,2 millones de años. A Amparito, la mamut, le faltan las patas y el cráneo.
Fuente Nueva 3, en Orce (Granada), es un yacimiento conocido por albergar unos de los mejores conjuntos de útiles en piedra tallada de los albores del poblamiento humano del suroeste de Europa. Esto es especialmente visible en el denominado nivel 5. De entre todas las escenas propuestas para el nivel 5, hasta hace poco no se sabía en cuál había muerto Amparito.
Amparito, la hembra de proboscídeo, falleció cuando el entorno del yacimiento estaba aún cubierto por las aguas. Uno de los grandes retos de las ciencias del pasado es dilucidar qué agentes que actuaron sobre los cadáveres de los animales que se encuentran en los yacimientos arqueológicos.
Tigres Dientes de Sable y Humanos: Un Banquete Compartido
En cuanto a la acción humana, se han documentado tres marcas de corte en la pelvis y en una costilla que parecen haberse realizado con un útil de sílex para desarticular y descarnar. Los yacimientos de Orce ofrecen una ventana a través de la que vislumbrar episodios precisos de la vida en el pasado.
En este caso, el escenario de la muerte de una hembra de mamut, que posteriormente sirvió de festín a humanos y tigres dientes de sable. Además, teniendo en cuenta el utillaje lítico encontrado en Fuente Nueva 3, pequeñas lascas de sílex, cabe la posibilidad de los Homotherium llegaran antes que los humanos y les facilitaran el trabajo rasgando la gruesa piel de mamut con sus dientes.
Siempre se ha postulado que los tigres dientes de sable no dejarían marcas sobre los huesos debido a que, supuestamente, estos felinos tenían una dentición muy delicada. Para poder reconocer qué carnívoro produjo las marcas de mordedura se utilizan técnicas novedosas de gran resolución. Dado que cada especie presenta características dentales diferentes, su reflejo en la superficie de los huesos también lo es.
Estas pueden resumirse en un escaneado digital tridimensional de las alteraciones óseas del hueso que ayudan a obtener un modelo digital de las marcas.
Nos permiten conocer cómo era su dieta, y también su interacción con el medio que les rodeaba, los ambientes de lago, los paisajes arbolados mediterráneos, los animales enormes de gran tonelaje o los grandes y peligrosos felinos.
Teruel, Tierra de Gigantes y Mordiscos Jurásicos

Marcas de mordiscos en la cadera de Turiasaurus.
Que Teruel es tierra de gigantes, está bastante claro. De hecho, el Museo Paleontológico de Dinópolis exhibe la mayor cantidad de fósiles originales de dinosaurios gigantes de Europa. Y no es de extrañar que entre tantos dinosaurios herbívoros acechase algún que otro carnívoro que les quisiera hincar el diente…De hecho, los hubo…
Nuestros compañeros de la Fundación Dinópolis encontraron evidencias de varias marcas de mordiscos en la cadera de Turiasaurus (tras la excavación en agosto de 2007 se hallaron varios huesos de la cadera del dinosaurio gigante y el pie izquierdo, (incluyendo una uña de 10 centímetros).
Teniendo en cuenta que esta parte del animal estaría rodeada de músculo y grasa, y que la dentellada consiguió perforar el hueso, el carnívoro responsable debía de tener una gran fuerza en la mandíbula y también un gran tamaño para atreverse con un animal de estas dimensiones. Aunque bien es cierto que también pudo estar carroñeando.
Y es que además de huesos, en Teruel se han encontrado huellas y dientes, tanto de dinosaurios comedores de plantas como de aquellos que en cuya dieta seguramente estaría un buen jamón jurásico de Teruel.

Panel con la réplica del rastro de huellas iberosauripus grandis-Sala de los Dinosaurios, Museo Paleontológico Dinópolis (Teruel).
Concretamente, en el caso de éstos últimos amantes del jamón, se halló un rastro con grandes huellas tridáctilas que casi alcanzan los 60 cm de longitud y de un gran diente, procedentes de los yacimientos turolenses de El Castellar y de Formiche Alto respectivamente. Ambos hallazgos se enmarcan en sedimentos de la Formación Villar del Arzobispo (Titoniense, Jurásico Superior, con unos 150-145 millones de años de antigüedad).
El hallazgo de dicho rastro de huellas, dio pie, y nunca mejor dicho, a la definición de un nuevo icnogénero y una nueva icnoespecie Iberosauripus grandis ("pie del lagarto ibérico grande"). Las huellas tridáctilas estudiadas, procedentes del yacimiento El Castellar, poseen características únicas en comparación con otras huellas producidas por grandes terópodos en cualquier parte del mundo, de ahí que se pudiera determinar que se trataba de un nuevo tipo de huellas.
Además, el estudio dividía las huellas de grandes terópodos del Jurásico Superior de Europa, Norteamérica y Asia en dos grupos distintos, cuyos productores fueron probablemente terópodos alosáuridos y megalosáuridos.

Megadiente Formiche Alto (Teruel).
Por otro lado, el megadiente procedente de Formiche Alto se atribuyó a un dinosaurio terópodo megalosáurido, como otros tres grandes dientes de Riodeva y Galve (Teruel) y de Alpuente (Valencia). Este tipo de dinosaurios pudo llegar a alcanzar los 12 metros de longitud y poseían dientes de hasta 10 cm de corona.
Gracias al análisis de dichos rastros de icnitas y dientes, se pudo concluir que las faunas de dinosaurios del Jurásico Superior y del tránsito Jurásico-Cretácico en esta parte de España incluyen, al menos, dos tipos de dinosaurios mega-carnívoros de gran tamaño. Además, la presión depredadora de estos terópodos pudo ser una de las causas decisivas para estimular el crecimiento hasta tamaños gigantescos de algunos dinosaurios comedores de plantas, como nuestro gran saurópodo Turiasaurus conocido como ‘El Gigante Europeo’, que alcanzó 30 metros de longitud y que también fue encontrado en la provincia de Teruel, concretamente en sedimentos de la misma Formación Villar del Arzobispo, pero en Riodeva.
Es por ello, que en la exposición de nuestro museo paleontológico encontrareis buena muestra de todo ello: un gran panel con la réplica del rastro de huellas, los dientes originales de carnívoro (al final de la sala junto al esqueleto de nuestro Tyrannosaurus rex) y una espectacular escultura de un Torvosaurus en nuestra zona temática de Tierra Magna, que comparte protagonismo con Aragosaurus en una espectacular escena de depredación que bien podría actuar como gran starring en la gran pantalla.
Referencia artículo de investigación: Cobos, A., Lockley, M.G., Gascó, F., Royo-Torres, R., Alcalá, L. (2014). Megatheropods as apex predators in the typically Jurassic ecosystems of the Villar del Arzobispo Formation (Iberian Range, Spain). Palaeogeography, Palaeoclimatology, Palaeoecology, 399: 31-41
Allosaurus vs Torvosaurus - Animacion MS Paint
Iguanodon: El Diente de Iguana que Marcó una Era

Esqueleto de Iguanodon bernissartensis.
Iguanodon («diente de iguana») es un género de dinosaurios ornitópodos iguanodóntidos, que vivieron a principios período Cretácico, hace aproximadamente 130 a 120 millones de años, entre el Berriasiense y el Aptiense, en lo que hoy es Europa. Iguanodon está a medio camino entre los primitivos de los hipsilofodóntidos, bípedos y rápidos, y la culminación de los ornitópodos en los dinosaurios de pico de pato.
Se han descrito muchas especies de Iguanodon, datadas desde el Kimmeridgiense, a finales del Jurásico, al Cenomaniense del Cretácico Superior en Asia, Europa, y Norteamérica. Sin embargo, desde la primera década del siglo XXI se tiende a reconocer una única especie, Iguanodon bernissartensis, que vivió en el Cretácico Inferior de Europa. La principal característica de Iguanodon son sus grandes garras en los pulgares, que fueron utilizados posiblemente para defenderse de los depredadores.
Descubierto en 1822 y descrito tres años más tarde por el geólogo inglés Gideon Mantell, Iguanodon fue el segundo dinosaurio nombrado formalmente, después de Megalosaurus. Junto con Megalosaurus y Hylaeosaurus, es uno de los tres géneros usados originalmente para definir Dinosauria.
Fue bautizado por Gideon Mantell con el nombre Iguanodon, el cual se deriva del término iguana y de la palabra griega odontos (diente), debido a que los dientes de Iguanodon son similares a los de la iguana. Fueron herbívoros grandes y robustos. Iguanodon es un miembro de Iguanodontia, junto con los hadrosáuridos.
La comprensión científica de Iguanodon ha evolucionado a través del tiempo, a medida que nueva información se obtiene de los fósiles. Los numerosos especímenes de este género, incluyendo los esqueletos casi completos a partir de dos niveles fosilíferos bien conocidos, han permitido que los investigadores se formulen hipótesis con respecto a muchos aspectos de la vida del animal, incluyendo la alimentación, el movimiento, y el comportamiento social.
Como uno de los primeros dinosaurios bien conocidos por la ciencia, Iguanodon ha ocupado un lugar pequeño pero notable en la opinión pública sobre los dinosaurios, dado que sus representaciones artísticas han ido cambiando perceptiblemente en respuesta a las sucesivas interpretaciones de su anatomía.
Iguanodon fue un robusto herbívoro que podía alternar entre las marchas bípeda y cuadrúpeda. Se ha estimado que los adultos de la especie mejor conocida, I. bernissartensis, pesaban un promedio de 3 toneladas, y medían cerca de 12 metros de largo, pudiendo alcanzar en algunos casos los 13 metros. Otras especies no eran tan grandes, el igualmente robusto I. dawsoni se estima en 9 metros de largo, y su contemporáneo más ligero, I. fittoni, en 8 metros.
La espina dorsal y la cola estaban reforzadas y rigificadas por tendones osificados cilíndricos, que se omiten generalmente de los montajes y de los dibujos esqueléticos. En general, su aspecto y estructura del cuerpo no difería de los posteriores hadrosáuridos.
Alimentación y Dentición del Iguanodon
Este género tenía un cráneo grande, alto pero estrecho, con un desdentado pico cubierto probablemente con queratina, y los dientes como los de una iguana, pero mucho más grandes y juntos en paquetes. El cráneo estaba estructurado de tal manera que cuando cerraba la mandíbula, los maxilares (huesos del cráneo que sostienen los dientes superiores) se arqueaban hacia fuera.
Esto causaría que las superficies más bajas de los dientes superiores frotaran contra la superficie superior de los dientes de la mandíbula, moliendo cualquier cosa entre ellos y proporcionando una acción equivalente a la masticación de los mamíferos. Debido a que los dientes siempre eran sustituidos, el animal habría podido utilizar este mecanismo toda su vida, y podría comer material vegetal resistente.
Por otro lado, la parte frontal del hocico era desdentada, y estaría probablemete cubierta por un pico córneo, apto para arrancar ramitas y brotes, ubicado sobre los huesos premaxilar (en el cráneo) y predentario (en la mandíbula), cada uno de los cuales formaba una punta arqueada rugosa que le servirían de base.
Los iguanodontes poseían un robusto aparato masticador, dotado con la dentición típica de un reptil herbívoro. El mismo Mantell notó que los restos con los que trabajaba eran distintos a los de cualquier reptil moderno, especialmente en la mandíbula inferior con una sínfisis en forma de cuchara, que comparó con el perezoso de dos dedos y el extinto perezoso terrestre Mylodon.
Mantell sugirió que los iguanodontes habrían tenido una lengua prensil que podrían utilizar para recolectar el alimento, como las jirafas actuales. Restos más completos que los estudiados por Mantell han demostrado que esto no podía ser correcto; así el hueso hioides de Iguanodon, en el que se insertan músculos de la lengua, tenía una estructura robusta, implicando una lengua muy musculosa, no prensil, incapaz para realizar los movimientos sugeridos. La idea de la lengua prensil ha sido atribuida erróneamente a Dollo.
Los iguanodontes tenían un único diente de reemplazo por cada pieza dentaria en uso, a diferencia de los hadrosáuridos, que tenían varias filas de dientes de reemplazo. Poseían 29 dientes en cada maxilar (58 dientes superiores), y 25 en cada dentario (50 dientes inferiores), mientras que en el premaxilar y el predentario, que formaban el «pico», no poseían ninguno. El mayor número de dientes superiores se compensa con una mayor longitud de los dientes de la mandíbula, lo que permitía la oclusión de las filas dentales en toda su longitud, necesaria para la masticación eficaz.
Extremidades y Pulgar Característico
Las piernas eran poderosas, pero no aptas para la carrera, y tenían tres dedos en cada pie. Los brazos eran largos, hasta 75% de la longitud de las piernas en I. bernissartensis y robustos, con las manos poco flexibles construidas de modo que los tres dedos centrales (dedos II, III y IV) pudieran soportar el peso en posición cuadrúpeda. El dedo meñique (dedo V) era alargado y flexible, y habría podido ser utilizado para manipular objetos y de ayuda en la recolección del alimento.
Una de las características de los iguanodontes es el gran dedo pulgar (dedo I o pollex), cuya segunda falange formaba gran una garra cónica, muy desarrollada y probablemente dotada con una gruesa cubierta córnea. Los pulgares estaban dirigidos hacia fuera, perpendiculares a los tres dedos centrales.
Este pulgar es tradicionalmente explicado como un elemento defensivo contra los predadores o contra otros iguanodontes, aunque pudo usarlo también para partir semillas y frutas. Se ha propuesto también la posibilidad de que la garra estuviera asociada a una glándula venenosa, pero la hipótesis está en entredicho, ya que la falange ni es hueca, ni existe ningún tipo de estría o conducto que pudiera conducir el veneno.
En las reconstrucciones iniciales Mantell confundió la última falange del pulgar con un cuerno que ubicó sobre la nariz; así, con aspecto de rinoceronte, apareció representado Iguanodon en las primeras recreaciones, hasta que se hallaron los ejemplares completos en Bernissart y Dollo se dio cuenta del error, colocando el hueso en el lugar correcto de la mano: un pulgar modificado.
Aves con "Dientes Óseos": Gigantes del Pasado Antártico

Fragmento dentario pelagornítido.
Fósiles recuperados de la Antártida hace cuatro décadas pertenecían a un antiguo enorme y dentado pájaro. El ave pertenecía a un grupo de aves ahora extintas llamadas pelagornítidos y contaba con una envergadura de hasta seis metros y medio. Eso hace fácilmente enana al ave más grande de la actualidad, el albatros errante, que puede crecer hasta una envergadura de 3,5 metros. También tenía dientes.
Los pelagornítidos ocuparon un nicho ecológico similar al de los albatros de hoy: se elevarían muy por encima de los océanos de la Tierra alimentándose de peces y otros animales marinos. Parece que estaban especialmente bien adaptados a la tarea, ya que los pelagornítidos siguieron viviendo durante al menos 60 millones de años.
Conocemos esta familia de aves por un fósil de pelagornítido (mucho más pequeño) que data de hace unos 62 millones de años. Sin embargo, el nuevo fósil (un fósil parcial de la pata del ave) tiene unos 50 millones de años y muestra que los pelagornítidos evolucionaron mucho más grandes después de la extinción masiva de hace 65 millones de años, cuando se extinguieron los dinosaurios. Un segundo fósil de pelagornítido, que forma parte de un hueso de la mandíbula, data de hace unos 40 millones de años.
"Nuestro descubrimiento de fósiles, con su estimación de una envergadura de 5 a 6 metros, casi 20 pies, muestra que las aves evolucionaron relativamente rápido a un tamaño verdaderamente gigantesco después de la extinción de los dinosaurios y gobernaron los océanos durante millones de años", dijo el primer autor Peter Kloess, estudiante de posgrado en la Universidad de California (UC), Berkeley.
Los pelagornítidos se conocen como aves con "dientes óseos". En realidad, no tienen dientes, pero sí tienen protuberancias óseas ("puntales") en sus mandíbulas que se asemejan a dientes. No tienen las estructuras internas que tienen nuestros dientes, pero están cubiertos por una capa de queratina (el mismo material en nuestras uñas y en los cuernos de los animales). Llamamos pseudodontornes (literalmente, "dentadura postiza"), su propósito es ayudar al ave a atrapar y aferrarse a presas resbaladizas como peces o calamares en sus vuelos de una semana.
Por supuesto, lo más sorprendente de esta ave extinta es su gran tamaño. Los grandes animales voladores han hecho varias apariciones en el pasado de la Tierra, siendo los más grandes conocidos los pterosaurios, dinosaurios con una envergadura de hasta 10 metros.
El pelagornítido recién descubierto creció incluso más que los teratornítidos, una familia extinta de aves rapaces muy grandes nativas de América del Norte y del Sur, que incluía algunas de las aves voladoras más grandes jamás encontradas.
"Los teratornítidos desarrollaron una envergadura similar a la que vemos en estas aves con dientes óseos (pelagornítidos)", dijo Poust. "Sin embargo, en términos de tiempo, los teratornítidos ocupan el segundo lugar con su tamaño gigante, habiendo evolucionado 40 millones de años después de que vivieran estos pelagornítidos. El tamaño gigante y extremo de estas aves extintas es insuperable en los hábitats oceánicos".
Los fósiles fueron descubiertos por primera vez a mediados de la década de 1980 en la isla Seymour, cerca de la Península Antártica, por paleontólogos de la UC Riverside.