Álvaro Echeverría: Una Biografía Entrelazada con Recuerdos y Familia

Para entender a Álvaro Echeverría, es esencial explorar los recuerdos y experiencias que marcaron su vida desde la infancia. Tal vez estos recuerdos sólo interesen a quienes vivieron los hechos y a pocos más, a su familia. En el recuerdo quedan cosas y casos.

Las más antiguas de aquellas tal vez sean unos muñecos de goma, que tenían un agujero en la base y silbaban al apretarlos. Eran cuatro ángeles, dos con cara de niño, azules y dos con cara de niña, con melenita y de color de rosa. Pero estos muñecos no eran "para jugar", sólo eran "para estar" por allí, como muchas otras cosas. Para jugar "estaban" los muñecos de verdad, que eran como los niños pequeños. De todos ellos dos lo eran más que todos los demás: Dulcito y Chispín. Ahora sé por qué eran los preferidos. (Entonces no lo sabía).

Mi madre decía que Dulcito era igual que Pedro de pequeñito. Sus ojos eran dos rayitas, como las de un niño oriental. Chispín, decía ella, era igual que Andrés. Son los últimos que abandonaron la casa, donde vivieron más de veinticinco años, hasta que pasaron a otras niñas en herencia, las primas María y Angela ¡cuánto le costó a mamá dejarlos salir de casa!. Ocurría que, sin saberlo, al usarlos en nuestros juegos nos servían de vínculo de unión siendo "objeto de nuestros cuidados". Nunca habíamos dado el biberón a Pedro o a Andrés y sí, en cambio, a aquellos muñecos que se les parecían.

Al único de los chicos que cuidé en una ocasión fue a Santi. No había cumplido yo los tres años, le cogí en brazos y me senté en la sillita roja baja, en la que Berta solía sentarse a coser mientras nos cuidaba en nuestros juegos, los días de lluvia. En un movimiento brusco, Santi aterrizó con la cabeza en el suelo haciéndose un gran chichón. Me llevé un gran disgusto.

Alejandro, Nacho, Pedro, Ruth, Andrés, Santiago y Miryam, ya hemos salido los siete. "¡Menuda manada!". Esto le dijo un taxista a Purina, madre del "clan" un día en que, sólo con cinco, intentó subir a un taxi. Nos quedamos asustados, pero contentos, porque nuestro padre, Ignacio, tenía un coche en el que cabíamos, no sólo esos cinco, sino siete y a menudo, algún niño más.

Las diferencias entre éstos y aquellas son fáciles de ver si dirigimos la mirada hacia los gemelos. Miryam era muy generosa con su dinero, pero pronto descubrimos que también lo era con el de su gemelo. Desde muy pequeña mostró dotes de buena administradora. Santiago y ella tenían "hucha en común". Los demás la teníamos individual. Eran unas huchas plateadas, de plástico duro, que se abrían con un número clave de tres cifras. Cuando las tres ruedas alineaban en un punto fijo el número clave, la hucha se abría. Santiago "ingresaba". Miryam sacaba y al hacerlo aclaraba: "para los chinitos". Así era en realidad, porque en las Teresianas, donde estudiábamos las niñas, ése era un modo de fomentar la generosidad. No obstante nos hacía tanta gracia ver el empeño con el que Miryam lo asumía, que le tomábamos el pelo diciéndole que lo sacaba para comprarse chucherías.

El comienzo de un día cualquiera era siempre igual. Purina recorría las tres habitaciones, la de los tres mayores, la de los dos pequeños y la de las chicas, dando gracias por el nuevo día y haciendo el ofrecimiento de obras. Entraba invocando "Sagrado Corazón de Jesús " y cada uno seguía, con más o menos fuerza, según los días "yo os ofrezco por el Corazón Inmaculado de María todas las oraciones, obras, alegrías y penas del presente día en reparación de las ofensas que se Os hacen". Andando el tiempo las alegrías son tantas que han superado a las penas con creces.

Los años vividos por toda la familia en casa de nuestros padres podrían dividirse en dos grandes momentos.

Primeros Años y Formación

El primer momento abarca desde el nacimiento de la familia como tal, en la Capilla del Santo Cristo de la Catedral de Burgos, el 13 de diciembre de 1957, fiesta de Santa Lucía, patrona de las modistas, hasta el 15 de septiembre de 1977, inicio de la vida profesional como docente fuera de la "escuela familiar" para "la" cabeza de familia. En el curso 75-76, las chicas habíamos dejado nuestro colegio de Teresianas para comenzar en el colegio Ayalde, donde Purina comenzaría, dos años después su tarea docente. Ese 15 de septiembre de 1977 supone un hito en la vida familiar. Santi y Andrés dejan el colegio de Santiago Apóstol y pasan a estudiar a Munabe; Pedro pasa a Gaztelueta.

El último período llega hasta hoy y puede calificarse, tal vez, como el "tiempo del reloj". La metáfora parece ajustada. Las manecillas del reloj serían los progenitores y los hijos repartidos por la esfera del mundo.

13-XII-1957: Burgos. Nevaba fuertemente, la ciudad amaneció blanca, preciosa, vestida de novia. El tío Teodoro (casado con la tía Adela, hermana de la bisabuela María Ubierna) engalana la catedral gótica, que él se encarga de cuidar a diario. Las modistas de la ciudad que acaban de celebrar su Patrona se llenan de intriga y curiosidad al ver desplegar la alfombra roja a lo largo de la nave central. ¡Boda de alguien importante! ¿Quién será?. Su consorte y la madrina, Pilar, les siguen en el cortejo. El es Doctor en Medicina. Ha nacido y estudiado en Valladolid, completando su carrera en Londres. Alegre avanza el cortejo al son de las campanadas y del abrir y cerrar la boca del conocido "papamoscas", el reloj de la catedral.

Para seguir el relato hemos de trasladarnos a Bilbao, ciudad industrial del norte de España. Vertebrada en torno a la ría del Nervión, su calle central, la Gran Vía de Don Diego López de Haro, discurre paralela a aquella, y tres calles más arriba va a vivir nuestra familia. Alameda de Urquijo 69 1º izquierda, es la vivienda del Doctor y la consulta a la que asisten los pacientes que requieren cuidados de medicina interna. Con el joven matrimonio llegará pronto a vivir el hermano menor de Purina, Josemari, dispuesto a estudiar Económicas en Sarrico. Llega la primera gran alegría. ¡Va a aumentar la familia!. Sólo habrá que esperar a septiembre para saber si es niño o niña. Durante esos meses infringirán una ley de tráfico, sin que se note: viajarán tres en una moto. El ocho de septiembre, en la clínica del Dr. Guimón, nace un niño que se llamará como su abuelo materno: Alejandro. No tendrán que esperar mucho para tener más sorpresas, pues hacia mayo sabrán que hay otro hijo en camino. Alejandro es ahora el tercer nieto García-Alonso, después de José-Andrés y Margarita, hijos de Luisa María y Andrés, hermano mayor de Ignacio y el segundo nieto Montoya, después de Fernando, hijo de Sarita y Fernando, que también esperan su segunda criatura. Esta nacerá en septiembre y se llamará Marta.

El 13 de diciembre de 1959 celebran Ignacio y Purina su segundo aniversario de bodas. El regalo de esta fecha llegará al día siguiente, de madrugada. Es otro varón al que esta vez le corresponde asumir el nombre del abuelo paterno. Se llamará, por lo tanto, Ignacio, si bien, como le ocurrió a su padre de pequeño, todos le llamarán Nacho. Este nombre encierra en sí el carácter de su portador. En el caso del padre basta saber que, siendo sólo él con este nombre en su pandilla de Osorno, la llamaban la "pandilla de los Nachos". Con este dúo estupendo fue ya necesario el seiscientos, coche de capacidad ampliable de manera sorprendente.

Según el decir castellano "no hay dos sin tres". El siete de marzo del 61, entonces día de Santo Tomás de Aquino, se hará realidad en la familia este dicho. En esta ocasión el nombre se remontará a tres generaciones. El niño tomará el nombre del bisabuelo Pedro.

1962 traerá una nueva alegría: la noticia de la llegada de la que será la primera niña. Hasta ahora todas las chaquetitas y demás ropitas de color de rosa habían ido quedando guardadas, en espera de uso. El día uno de octubre, cumpleaños del entonces Jefe del Estado Español, nace la primera niña.

La alegría del 63 llegará en verano al saber que esperan el quinto hijo. Parece ser que nacerá también en marzo, como Pedro. ¡Qué gracia si naciera el mismo día!. El día diez de marzo nació el cuarto de los varones, quinto hijo, que se llamó Andrés, como el tío, que sería su padrino.

Poco tiempo después del nacimiento de Andrés, comenzará la espera del sexto. Esta vez todo irá de un modo nuevo. El día 25 de abril nacen un niño y una niña: Santiago y Miryam. Todas son emociones en la familia. El Doctor Luis Burzaco le preguntó a Pedro ¿cómo se van a llamar tus hermanitos? Y éste muy emocionado contestó: la niña Miryam de nombre y Enhebreo de apellido, el niño Santiago, el apellido no lo sé. Y es que había oído comentar que el nombre de la niña, elegido por Nenuca su madrina, era María en hebreo. Todo empezaba a ser doble, doble número de chupetes, ropitas y la silla de paseo también era doble, de manera que los niños avanzaban por la calle sentados el uno frente al otro.

Para atender a tanto niño hizo falta ayuda. Por las noches venía a casa una monjita; era muy cariñosa, muy guapa y cantaba muy bien. Le llamábamos Mary Poppins y esperábamos su llegada con gran alborozo. Siempre serán recordadas Berta, Julita y Geni. Más tarde Tita y Tere. Todas, pero especialmente Tere y Mari-Cruz. Esta aún hoy sigue trabajando en casa después de casarse con Iñaki y siendo madre de un precioso niño, Daniel.

Como muchas veces ha dicho Purina, el lugar donde ella se "promocionó" como mujer, como ahora se dice, fue en su casa, donde, como licenciada que era alentaba una verdadera escuela-hogar.

Los chicos fueron a estudiar a Santiago Apóstol, un colegio dirigido por los frailes de La Salle. Siempre iba Purina a llevar y recoger a los niños al colegio. El tiempo intermedio lo dedicaba a atender las tareas de la casa, y organizaba todo de forma que entre la comida y la entrada en el colegio, por la tarde, quedara un amplio margen de tiempo para leer y comentar libros leídos, una especie de libro-forum, interviniendo unos y otros con espontaneidad. Esta "participación cultural" tenía lugar también al ir en coche, donde, entre canción y canción, Pedro solía contar relatos de la historia que iba leyendo en los libros. A las cinco y media y a las seis los chicos terminaban las clases. Las chicas nunca tenían tarea porque el moderno sistema de fichas empleado en las Teresianas les permitía llegar a casa con todo terminado.

Una tarde, Pedro estaba haciendo un trabajo de Religión; tenía entonces 10 años. Mamá le oyó decir "se van a enterar, de una vez se van a enterar", y le preguntó de qué se trataba. Le hacían una pregunta ¿conoces algunas personas que se tomen en serio lo de amar a Dios? — Pero, ¿tú qué sabes del Opus Dei? — Yo soy mamá... Al terminar la tarea se llenaba la tarde de juegos que alternaban con programas televisibos propios de la edad. El primer programa que recordamos era el titulado La casa del reloj. — Te veo a ti Pepito; te veo a ti Juanita. Los chicos, con frecuencia, y ejercitando ya su pequeño sentido crítico, se ponían algún objeto plano redondo delante de la cara a modo de espejo y le imitaban muertos de risa. A las ocho salía un título en la pantalla anunciando el espacio Novela, y se apagaba el aparato. A esa hora comenzaban los baños y las cenas. El menú, invariable, eran huevos a la orden, es decir, a gusto del consumidor: frito, cocido, en tortilla, pasado por agua, al plato. Después de cenar y despedirnos, cada uno se iba a su cama, que por cierto, eran todas abatibles (y la mayoría, diseño personal de papá, pues entonces sólo se fabricaban plegables). A medida que íbamos "creciendo" ya podíamos bajar nuestra cama. Era un logro que nos llenaba de ilusión.

El recuerdo me lleva a un festival de Eurovisión que vimos después de cenar, fue un "extra". Bailaba ligeramente al compás -más bien, se balanceaba levemente, como movida por el viento-, y así no se veía forma de ganar. — ¡Muévete! —y en ese instante empezó a acelerar la cadencia de la música y a bailar con más garbo.

Antes he hablado sobre el libro-forum. El origen está en el interés que papá y mamá tenían por enseñarnos a leer bien. Las Teresianas, concretamente Dolores del Manzano, le animaron a mamá a hacer un cursillo sobre lecturas infantiles y juveniles. Cuando la dieron el título de Diplomada comenzó a ejercer con sus hijos. Era muy divertido. Cada uno sacaba sus consecuencias. Cuando Alejandro comenzó primero de bachiller (entonces tenía diez años) hubo un cambio en el método de enseñanza de las Matemáticas (la matemática moderna), y empezaron con los conjuntos. Después de hablar mamá con el profesor y sacar la conclusión de que estaba muy poco ilusionado con el nuevo sistema, decidió "aprender" ella la nueva matemática. Se matriculó en Madrid en un curso intensivo, quince días, y se marchó a estudiar. Aquí se quedó papá con su trabajo y sus niños. Mamá animó a la tía Sarita y juntas hicieron el curso. El último día el Director del curso preguntó a los estudiantes a qué se dedicaba cada uno y cuál era su titulación. Todos eran licenciados en Exactas, Químicas o Físicas. Faltaban las dos hermanas. Primero habló Sarita, manifestando que era licenciada en Filosofía y Letras, pero que se dedicaba a preparar por libre a los niños del pueblo que querían estudiar bachiller, y les preparaba también en matemáticas; por eso quería estar al día. Fue una ovación. Le tocó el turno a mamá, otra licenciada en Filosofía y Letras, y explicó que estaba allí porque tenía siete hijos y el mayor empezaba ese año su estudio de primero de bachiller. — ¡Mamá! Hemos sacado matrícula de honor. Mamá le pasó el testigo y le nombró profesor de sus hermanos. Ahí empezó su carrera docente en el mundo de la matemática.

Por entonces Miryam hacía sus primeros estudios en las Teresianas. Cierto día vino muy enfada y nerviosilla diciendo que las de su clase habían decidido que al día siguiente empezaban la juerga porque no estaban de acuerdo con lo que había mandado hacer la profesora. Nacho ya comenzaba a dar muestras de sus habilidades manuales y construyó el portal de Belén que aún conservamos y ponemos todas las Navidades. Con trabajo de marquetería hizo los personajes de Walt Disney, para decorar el cuarto rojo de la casa de los abuelos de Osorno. Más tarde comenzó a manejar el bisturí en la clase de Ciencias, y ante la admiración de sus compañeros practicó su primera intervención en una rata. Andrés pensaba y pensaba. A veces creíamos que no estaba en la conversación, pero tenía una capacidad de bajar a la realidad que nos impresionaba. Un día, estábamos comiendo y uno de sus hermanos dijo que los Eguirón nos iban a ganar en número de familia. Mamá dijo que eso habría que verlo, que mientras el ginecólogo no dijera que ya no podrían llegar más hermanos el asunto no estaba tan claro. — Hola, Abraham. ¡Qué forma tan delicada de llamar vieja a mamá! La verdad, es que pasaba el tiempo, y ningún embarazo prosperaba. — Será Macario —decía papᗠen recuerdo del hermano de mi abuelo Pedro.

Al volver Nacho de Irlanda nos trajo, a Miryam y a mí, dos libretas, verde una y azul otra, una para cada una. Quizá fuera ésta la primera palabra latina que aprendí a traducir. Han pasado los años.

1 - La importancia de tu salud bucal.

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