Cary Elwes, un nombre que resuena en el mundo del cine, ha cautivado audiencias con su talento y carisma. A través de este artículo, exploraremos algunos momentos clave de su juventud y trayectoria, destacando sus roles más emblemáticos.
"¿Qué importa cómo me llame? El único modo de ser feliz es amando." Esta frase, aunque no directamente relacionada con la biografía de Elwes, refleja una filosofía de vida que podría aplicarse a su dedicación y pasión por la actuación.
La insólita pero verídica entrevista entre el Presidente de los Estados Unidos Richard Nixon, y Elvis Presley el 21 de diciembre de 1970, no es todavía hoy muy conocida entre la gente común. Richard Nixon (Kevin Spacey) recibió a Elvis Presley (Michael Shannon) en el Despacho Oval de la Casa Blanca el 21 de diciembre de 1970. ¿El motivo? La película gira toda ella en torno a ese encuentro en la Casa Blanca.

El 20 de diciembre de 1970, en pleno vuelo Los Ángeles-Washington, Elvis Presley escribe una carta al presidente Nixon, con la esperanza de que llegará a sus manos y le concederá la entrevista que le solicita. Al principio, Nixon no quería de ningún modo recibir al “King” en la Casa Blanca, pero acaba cediendo a las presiones y consiente a regañadientes.
Sin embargo después, sentados frente a frente, parece que el irascible político y el excéntrico rey del rock van a estar de acuerdo en muchos de los puntos de los que hablan. La escena, de una comicidad muy inteligente, es divertidísima. Los vemos hablar muy seriamente del antiamericanismo de John Lennon mientras ambos comen snacks de chocolate como dos niños.
Kevin Spacey está soberbio como Nixon, mientras que Michael Shannon nos ofrece al auténtico Elvis, a pesar de su falta total de parecido físico. Evidentemente todo lo que vemos en la pantalla no sucedió exactamente de ese modo en la realidad de ese 21 de diciembre, pero el conjunto sigue con fidelidad la personalidad de Elvis, su iniciativa, y la reacción no menos sorprendente del presidente de la nación más poderosa del mundo.
Sin dejar de respetar la verdad histórica, el guion busca el efecto cómico de la confrontación entre un hombre hosco y algo acomplejado por su físico y una estrella en su máximo esplendor.
En un contexto diferente, la película 'Ella Enchanted' revisa 'La Cenicienta' recargándolo con elementos tomados prestados de otros cuentos infantiles y actualizándolo con usos y costumbres propios del mundo contemporáneo: las hermanastras adoran al príncipe como las adolescentes a un ídolo pop, van de compras a un centro comercial, la madrastra mantiene su juventud gracias a algo parecido al bótox...
En este contexto, la protagonista debe librarse de una maldición: cuando era un bebé su hada madrina le concedió el don de la obediencia y ahora siempre hace aquello que le dicen...
Estas líneas son apenas un recordatorio a Gustave Flaubert, el escritor francés que cumple sus primeros dos siglos. Flaubert era un burgués correctamente instalado en sus propiedades y su ideología. Sin embargo, la justicia de la Francia burguesa lo procesó -y debió absolverlo- por la obscenidad de su novela Madame Bovary. A esta célebre pieza la acompañó una desdicha: la cantidad de sus adaptaciones al cine.
Del segundo inciso extraigo una escena, la última de La educación sentimental. En ella, dos amigos, Moreau y Deslauriers, que han discutido y se han reconciliado más de una vez desde su juventud, se encuentran, añosos y tal vez viejos, para echar las cuentas de dos vidas paralelas.
En efecto, los compañeros de mocedad están todos socialmente ubicados y lejos de ellos; las mujeres que amaron, avejentadas o desaparecidas; los ideales políticos, fracasados; los libros programados -una historia de la filosofía y una novela histórica- sin escribir.
Llegados a este punto, el único vínculo que ha respetado el tiempo es esta amistad, una suerte de encuentro necesario con el doble que evoca a los clásicos del tema. La escena consuma toda la novela y es la rememoración de una viñeta adolescente.
Los dos chicos han decidido ir al prostíbulo de la Turca, famoso y suburbial, codiciado y maldito. Sus pupilas, vistosas y descaradas, llaman a los paseantes golpeando los cristales de las ventanas, lo que los antiguos criollos llamaban un chistadero. Los dos amigos han cortado flores en un jardín familiar y las ofrecen a la Turca con cierta galantería que provoca las burlas de las pupilas.
Moreau se avergüenza y huye. Como es quien tiene el dinero, obliga a Deslauriers a seguirlo. La novela termina con un comentario a dúo. “Es lo mejor que pudimos hacer.” Resulta enigmático y ha dado lugar a divergentes comentarios.
Hacer lo mejor puede significar huir del vicio y el despilfarro o, más ampliamente, huir de las mujeres que, según el tango, “siempre son las que matan la ilusión.” Pero rehuir el desengaño no es pedagógico según Flaubert.
Personalmente, me permito añadir otra provisoria conclusión, provisoria como todas las conclusiones de lecturas. Estos debutantes del sexo podrían haber hecho lo contrario de lo que hicieron: ocupar a las empleadas de la Turca y pagar su precio en contante. Sus vidas habrían sido otras.
Flaubert está señalando que nuestras vidas, aunque irrepetibles y constreñidas por todos sus eventos, son eso: eventuales y, si se quiere, azarosas. Quizás el azar, lo incausado, es decir lo contrario a las doctrinas deterministas tan en boga por los tiempos de Flaubert.
Una certeza del humanismo se pone en duda a través de la banal evocación de un episodio adolescente. ¿Somos seres incausados que pudimos tener otra existencia distinta a la que tuvimos? En tal caso: ¿seguiríamos siendo quienes somos, cada quien y cada cual?
El inventor del determinismo, Laplace, investigó los juegos de azar y halló en la ruleta, con su obstinado girar, la ley de los grandes números.