Magaly Solier, la actriz peruana de cine más conocida a nivel mundial, creció en el campo, en la pequeña provincia andina de Huanta, a unos dos mil quinientos metros sobre el nivel del mar y aproximadamente a quinientos cincuenta kilómetros de Lima.
En el corazón documental se encuentra el Archivo General de la Guerra Civil Española, uno de los periodos más importantes de la historia de España. El Archivo acoge un gran número de fondos documentales sobre este conflicto bélico y la post-guerra.
La hemos visto en Madeinusa y La teta asustada, de su compatriota Claudia Llosa, y también en Amador, de Fernando León de Aranoa; en Blackthorn, de Mateo Gil, y en la reciente Kachkaniraqmi (Sigo siendo), de Javier Corcuera.
Hoy es su cumpleaños número veintitrés y durante toda la semana no ha dejado de dar entrevistas en radio y televisión: ahora el estrés la despeina y el vaivén del automóvil la adormece.
La luz de la tarde en Lima hace más nítida su inmovilidad, permitiendo a un ojo fisgón detenerse en sus rasgos: la nariz espigadísima, los hoyos profundos en las mejillas, las cejas angulosas.
En el dedo índice derecho hay puesta una diminuta caja amarilla de chicles Adams, a modo de dedal. Magaly suele mascar unos siete chicles al día y esos chicles se transforman en globitos que revientan con suave insolencia en sus labios, ploc, ploc, ploc, para volver luego a su boca cerrada y al final, cuando ya no tienen dulce, terminar su vida útil en cualquier parte, en cualquier tacho o esquina o pared clandestina (Solier mira a otra parte, nerviosa), porque ella suele darse cuenta muy tarde que sigue con el chicle en la boca, cuando ya está a punto de entrar a un set de televisión o a una cabina de radio, esos recintos pequeñitos -como pabellones para cuyes- que pueblan su agenda desde que es famosa.
A Magaly Solier le gustan también los chicles de fresa rojos y gruesos y unos caramelos de limón rellenos de líquido efervescente. En la calle, siempre andará surtida de chicles.
Magaly Solier entonó una canción en quechua en Berlín, el 14 de febrero del 2009, luego de que la película La teta asustada, que ella protagonizó con una actuación espléndida, resultara ganadora del ansiado Oso de Oro en el festival alemán, uno de los más importantes del planeta.
El equipo de producción del filme, encabezado por la directora Claudia Llosa, subió al estrado. Solier respiró tres veces y abrió los labios.
Fue un canto trémulo y nervioso, el canto de una mujer que gana algo demasiado grande como para limitarse al simple acto de recibirlo.
Su rostro feliz dio la vuelta al mundo, su jubiloso grito de “gracias” fue usado luego para una campaña comercial del banco más poderoso del Perú, y nadie olvidará, por muchos años, esos ojos llorosos quebradizos, el cerquillo lacio -natural y sofisticado-, el maquillaje tenue y, sobre todo, las palabras en quechua, un dulce idioma prehispánico que en las ciudades más desarrolladas del Perú ha ido desapareciendo por culpa de los apuros de un progreso que no admite atavismos.
Los días que siguieron a la premiación, Magaly Solier contestó decenas de entrevistas en hoteles de Alemania y España y se acostumbró a ser una pequeña celebridad.
Luego ganó el premio como mejor actriz en el Festival de Guadalajara. Aviones y más aviones. Hoteles.
Un mes más tarde, volvió al Perú para presentar y promocionar el disco que había estado trabajando silenciosamente.

Magaly Solier en la Berlinale 2009
La invitaron a Cannes por su papel en otro filme que había sido seleccionado para el festival francés.
Recibió la noticia en medio de las presentaciones semanales como cantante en un impecable pub de Miraflores, el barrio donde están los locales de entretenimiento más cotizados de Lima.
Voló a Francia y pisó alfombras. Vio a Penélope Cruz (“tenía como seis guardaespaldas”). Descansó poco. Sonrió mucho.
Volvió a Lima y el famoso intérprete uruguayo Jorge Drexler la invitó a cantar con él, a dúo, en el concierto que ofreció en la capital peruana.
“Magaly tiene una de las voces más lindas del mundo”, dijo a la prensa, que tomó nota. Titulares. Más titulares.
Drexler también pidió conversar a solas con ella después del concierto (echó a todos del backstage), algo que puso nerviosa a Solier, una mujer con una conciencia muy intransigente del espacio vital íntimo, sobre todo cuando quien invade ese espacio es un varón.
Hasta hace un año, ella era sólo una buena actriz que ya había cosechado elogios y notoriedad en los herméticos escaparates de la crítica cinematográfica por la película Madeinusa (los círculos intelectuales son siempre burbujas), pero aún permanecía bajo el paraguas protector del anonimato masivo.
Todo cambió después del éxito de La teta asustada.
Magaly Solier sostiene el último cuy con las manos, la cabeza con la derecha y los pies con la izquierda. Ahora duerme.
En breve entrará a la casa de su hermana, que la espera para almorzar con Vladimir, el hermano menor.
Nos acercamos. Solier despierta, se estira, abre las manos (adentro estaba su billetera), guarda la caja del chicle en el bolsillo.
Está llegando tarde: últimamente siempre llega tarde. Almorzará presurosamente, mimará a su sobrino de diez meses, beberá un vino, y cuando menos lo piense, el celular sonará otra vez: la esperan para el ensayo de la presentación en un exclusivo hotel que ella tiene que dar esta noche.
Solier llegará cuando el ensayo ya haya acabado (sus músicos harán gestos). Cantará. Se equivocará cuatro veces y volverá a casa molida.
Llegará a la conclusión de que odia las presentaciones privadas. Dentro de tres días dará su primer concierto masivo en un amplio parque del centro de Lima.
Durante los últimos tres meses, la he perseguido en muchas de sus actividades en Lima.
Ni bien termine el concierto, Solier viajará a Huanta, su tierra natal. -Ahí te voy a hacer conocer la chacra.
La actriz peruana de cine más fotografiada en el mundo es una mujer que se hizo adulta en el campo, trabajando la tierra, segando maíz y recolectando frutos y hierbas junto a sus padres y hermanos.
Magaly Solier nació en Huanta, una pequeña provincia de Ayacucho, a dos mil quinientos sesenta metros sobre el nivel del mar y a unos quinientos cincuenta kilómetros de Lima.
Ayacucho forma parte de la sierra central del Perú, esa zona caracterizada por tener un cielo azul, sombras oscuras y largas, hermosas iglesias, textilería soberbia, folclor alegre y melancólico, buen maíz, cerros gigantescos y la milenaria presencia del hambre.
En el Perú, la diferencia de calidad de vida entre la sierra y la costa -donde se halla la capital- es un abismo equiparable a la distancia que hay entre sus relieves geográficos.
Según cifras oficiales, Ayacucho es la tercera región (de veinticinco) más desfavorecida del país, con niveles de pobreza que afectan a más de dos tercios de la población local.
A inicios de la década de 1980, este lugar del mapa vio nacer al movimiento terrorista Sendero Luminoso -y la consecuente guerra interna-.
Según la Comisión de la Verdad, la provincia de Huanta fue la que más muertes y desapariciones registró entre 1981 y 1998 (más de dos mil personas, entre degollados, decapitados, incinerados).
Al menos seis de cada diez pobladores huantinos fueron desplazados de su tierra por el terror.
La madre de Gregoria Romero fue asesinada por negarse a ceder sus productos agrícolas a una camarada de Sendero Luminoso.
La camarada insistió, pero ella siguió negándose. La degollaron y dejaron su cuerpo en la entrada de su propia chacra. Tenía las manos atadas con una sábana.
A pesar de que le advirtieron explícitamente que no lo hiciera, doña Gregoria Romero decidió dar a su madre cristiana sepultura.
En esos años, la valentía tenía un precio alto: la sentencia de muerte. Se vio obligada a viajar a Satipo, en la selva.
Un tipo con un poncho y un fusil largo llegó a casa y preguntó: “¿Dónde está tu papá?”.
Dos años después, el miércoles 11 de junio de 1986, nació Magaly Solier Romero.
Por la noche, hubo una luna creciente apenas visible, flaquísima, con la forma de segadera de maíz -una hoz de chacra-.
Para entonces, sus padres ya habían regresado al pueblo natal. Lo peor del fuego abierto había pasado.
Sin embargo, quedaban todavía muchos años por convivir con el miedo.
-Ya vamos a llegar. Mira, mira: esto es Huamanga -dice Magaly Solier despertando ojerosa en el bus que nos conduce a su tierra.
Si hay algo que todos notan la primera vez que ven a Magaly Solier, aún sin conocerla ni saber su historia, es esa atmósfera general de antiguo dolor que parece resumirse en la pequeña manchita oscura que la muchacha tiene en la parte blanca del ojo derecho.
En ocasiones, la actriz lanza una mirada triste y confundida -como diciendo “¿por qué?”- y entonces el falso lunar brilla nítidamente como una redundancia que, curiosamente, no desentona ni genera melodrama.
Por el contrario, esa marca en el globo es la esencia misma del carácter de la actriz: irradia dolor, pero no lástima. Parece superficial, pero tiene la profundidad de una estaca en el corazón.
Deteniéndose un rato más, uno empieza a sospechar algo muy cierto. Ocurrió en la chacra, cuando ella tenía doce años.
Según su relato, estaba recogiendo alfalfa para sus animales y pisó un palo. El palo hizo palanca y su extremo puntiagudo fue directamente a la cara. “Empecé a llorar sangre”, dice. Pensó que sus ojos se habían reventado. Mordió una rama con todas sus fuerzas porque sentía que si soltaba lágrimas iba a ser peor. La sal y la sangre no combinan, pensó.

Magaly Solier
Después de unos minutos, abrió los ojos. La teta asustada.
Fue a casa y su madre, doña Gregoria, le lavó el ojo herido usando paños mojados con orina. “Yo me hacía la pila en un envase y eso ella me echaba al ojo”, dice Solier.
Mamá repitió la operación todas las mañanas por quince días.
Una década más tarde, algunos sicarios del Fotoshop se han esforzado en borrar la mancha ocular de las fotos promocionales, afiches, portadas de periódicos y otras piezas en las que ella aparece como protagonista mayor.
En eso pienso al entrar en la casa de los Solier, al cabo de once horas de viaje en autobús. Hemos llegado, además, con su hermana Bertha y los dos hijos de ésta.
En el patio, hay un collage enmarcado con algunas de las más importantes fotos de Magaly Solier que ha publicado la prensa (en varias de ellas, el punto ha desaparecido).
Al lado, hay un afiche de la película La teta asustada. Tomamos un desayuno suculento. Mañana -comentan- habrá pachamanca.
Quedaban muchos años por convivir con el miedo en Huanta. Doña Gregoria Romero cargó en su espalda la leña y en su pecho a Magaly Solier.
La colocaba allí para que pudiera lactar con facilidad. Romero avanzaba por el borde de la carretera con su hermano menor, además de trece vacas y cuatro burros.
De pronto, uno de los burros desapareció. Ya era de noche. El burro llevaba herramientas valiosas, así que el hermano menor fue a buscarlo.
Dobló una curva hacia arriba. Desapareció un instante. Minutos más tarde, el burro regresó, pero el hermano seguía sin asomarse.
Caminaron. La señora Romero vio asomarse por el camino un bulto negro que no se distinguía en medio de la noche.
Cuando se acercó más, había dos cuerpos, un hombre y una mujer degollados. Magaly Solier rompió a llorar. Romero no pudo calmarla.
Los animales se alborotaron. Vio a lo lejos el humo que salía de un vehículo en llamas.
Le dijo a su hermano que corrieran y corrieron. Corrió con sus trece vacas, sus cuatro burros, su leña, su hija menor en el pecho.
Corrió con todas sus fuerzas porque sabía que, dados los acontecimientos, desde abajo del camino ya se encontrarían los militares para hacerse cargo de la situación.
Su hermano menor se cansó y ella le gritó que siguiera, que no parase. “Ahurita vienen los militares y nos llevan. La caravana de trece vacas avanzó velozmente -las vacas, esos tanques que dan leche, pueden correr más rápido que un atleta profesional, dice Solier- y, al cabo de media hora, doblaron por la bajada que llevaba a casa.
Justo en ese instante, vieron a los uniformados subir por la carretera hacia el enfrentamiento inevitable. Cuando doña Gregoria Romero cuenta todo esto, en pleno desayuno, se toma su camiseta con los dedos y se cubre hasta encima de la nariz, para hacer un esbozo teatral de cómo lucía un terrorista.
Siempre escuché que los pueblos de la sierra vivían entre dos fuegos, pero sólo imaginar la huida magna me sobrecoge. Romero hace énfasis moviendo las manos de arriba abajo, con las palmas vueltas hacia sí misma.
Dice que si los militares te agarraban, “te hacían perder”, y se ríe cuando le preguntó qué quiere decir “hacer perder”.
-Queda uno. Magaly Solier tiene el cuchillo en la mano (el sol de Huanta se refleja en la hoja afilada). Su voz dulce y cálida, pero también rotunda y decidida.
Está sentada en un banco chato, casi de cuclillas. Hasta hace media hora, en la bolsa negra que descansa a su lado, había cinco cuyes, pero estos fueron pasando uno a uno por el proceso aniquilador que la actriz me invita a compartir con ella en este preciso instante.
Hace sol, es domingo y habrá pachamanca. Magaly Solier sostiene el último cuy con las manos, la cabeza con la derecha y los pies con la izquierda.
Según me acaba de mostrar, para matar a un cuy debes estirarlo bocabajo a ambos extremos y, al mismo tiempo, torcerle el pescuezo como si exprimieras algo (un calzoncillo, digamos). Parece fácil, pero el cuy se mueve y mira a todas partes.
Hace un rato vi caminando a un montón de cuyes en uno los pabellones que hay en el patio de la casa: sus gemidos insistentes, como bisagras mal aceitadas.
Doña Gregoria Romero dijo que en casa poseen como un centenar, que los venden, que a veces se apachurran tanto unos con otros que alguno puede morir asfixiado.
Esta mañana, cinco cuyes gordos y saludables fueron puestos en un saco negro. Cometí la imprudencia de decirle a Magaly Solier que me dejara matar un cuy, para probar qué tal se sentía.
Ahora es el momento de la verdad. Magaly me cede su sitio, coge el roedor y me muestra la forma en que cada mano sostiene las extremidades.
Lo hago. “No, así no, que no se te escapen las patitas”, dice y, en efecto, veo las patitas moviéndose. Hago lo que me dice (las patas inmóviles, con garras que recuerdan a las de un reptil).
Lo tomo de los extremos y el animal parece un trapecista en su instante más elástico. A medio metro de donde estamos, descansa una olla con agua hirviendo.
-¡Ya! -Como me has visto, pues. Magaly Solier toma mis manos y las impulsa inexorablemente hacia el homicidio culposo. Cierro los ojos y hago fuerza y siento que todo el cuerpo del animal truena.
Cuando miro de nuevo, ella coge el cadáver y me dice: “Esto lo tengo que hacer yo, permiso”. La actriz que hace poco caminó en Cannes parpadeando por culpa de los flashes toma el cuchillo y pasa su filuda hoja por el cuello del cuy. Un chorro rojísimo baña el blanco pelaje del animal.
Si esta operación no se hace bien, me explica mientras el líquido sigue manando, la sangre se queda adentro y es todo un prob...
En resumen, Magaly Solier es una figura multifacética cuyo origen humilde y experiencias personales han moldeado su carrera artística y su perspectiva del mundo.