La película 'Bohemian Rhapsody' (2018) revive la historia de Freddie Mercury y su icónica banda Queen. Rami Malek, el actor que encarnó a Mercury, se sumergió profundamente en el papel, prestando atención hasta al más mínimo detalle, incluyendo la característica dentadura del cantante.

Rami Malek y la Transformación en Freddie Mercury
Rami Malek visitó 'El Hormiguero 3.0' como parte de la promoción de 'Bohemian Rhapsody'. Malek confesó que se tuvo que caracterizar para hacer del cantante de 'Queen' hasta el más mínimo detalle. El actor estadounidense ha hablado del trabajo que tuvo que encarar para meterse en la piel de Freddie Mercury, así como las pruebas que tuvo que superar. De hecho, pasó tantas horas con los dientes postizos que se sentía raro sin ellos, tal y como le ha confesado a Motos.
Aprovechando su visita a 'El Hormiguero 3.0', Rami Malek no solo ha confesado que ha bañado en oro los dientes de Freddie Mercury, sino que también ha contado que no se aprendió ningún baile para la película, sino que improvisaba. Así puso de manifiesto las cualidades que lo hicieron triunfar en el casting que lo ha llevado a convertirse en el artista de 'Queen'.
«Nunca me ha ido el corazón a tanta velocidad como cuando tuve que mostrarle a Roger y Brian mi versión de Freddie Mercury», ha confesado a Pablo Motos. «Roger Taylor es muy serio y no sabía qué le había parecido. Brian me miraba de arriba a abajo y pensé: se ha acabado.
Oscar en mano como mejor actor por 'Bohemian Rhapsody', Rami Malek podía mostrarse el domingo sutilmente orgulloso, y no es para menos. Sacha Baron Cohen y Ben Whishaw fueron dos actores vinculados previamente al papel de Freddie Mercury en un proyecto complicado y largo que empezó y acabó tumultuoso, pero ha sido Malek quien, a los 37 años, con su primer papel protagonista en el cine tras demostrar su talento en la serie 'Mr. Robot', por la que ya ganó un Emmy, ha acabado tocando el cielo de Hollywood. Nacido en Los Ángeles de padres inmigrantes de Egipto, es el primer actor de origen árabe con esa estatuilla.
La capacidad de Malek para canalizar el genio musical y escénico de Mercury es una de las claves fundamentales, más allá de la obvia de la música de Queen, del éxito apabullante de público en todo el mundo de una película destrozada por la crítica: 860 millones de dólares en taquilla y contando.
Y la Academia, que en siete de los últimos 11 Oscar ha demostrado su predilección por premiar actores que se transforman físicamente para interpretar a personajes reales, ha ido más allá de las llamativas protesis dentales que ponían a Malek en riesgo de parecer un imitador de Las Vegas o de las deficiencias de la versión cinematográfica de las complejas realidades personales de Mercury y ha reconocido el innegable y esforzado logro de Malek, que aprendió a cantar, tocar el piano y bailar para la película (aunque la voz que se escucha predominantemente es la de Mercury, completada por la del cantante canadiense Marc Martel) y que lo primero que rodó en la película fueron las conseguidas escenas de la actuación de Queen en el concierto Live Aid en Wembley.
Ante la prensa el actor, que tras interpretar varios papeles de terrorista decidió en 2010 que no aceptaría más ofertas que pusieran bajo estereotipos negativos a los árabes, explicó cómo a él mismo le costó hacer las paces con su propia identidad y cultura. También, que supo que podría ser Mercury cuando descubrió que el músico era Farrokh Bulsara. Ya sobre el escenario había remarcado: “Hemos hecho una película sobre un hombre homosexual, un inmigrante, que vivió su vida siendo él mismo sin disculparse.
Rami Malek resucita al legendario Freddie Mercury en Bohemian Rhapsody, un biopic sobre el líder de la icónica banda Queen, donde el actor se funde con su personaje: «Lo más importante para mí fue reconocer su atrevimiento, su audacia en el escenario, pero también su vulnerabilidad». «Me atrapó su sentido de la travesura. Era como un niño, siempre con una especie de sonrisa maliciosa. Su modo de tomarse todo con cierta filosofía», afirma el protagonista de la serie Mr. Robot, quien destaca por encima de todo las «ganas de diversión» del artista.
Malek se mimetiza con Mercury con unos dientes postizos, pero sostiene los primeros planos desde sus ojos azules. «Era inevitable lo de los dientes grandes porque hay una vulnerabilidad asociada a ellos. De hecho, se reían de él cuando era niño por eso y era algo que necesitaba capturar.
La Verdadera Historia de la Dentadura de Freddie Mercury
El magnífico bigote de Freddie Mercury es quizá lo más famoso de su look. Otra asunto muy llamativo eran sus dientes, para muchos, tan famosos como él. Aquellos que siguen a la banda durante mucho tiempo saben que Freddie recientemente cobró vida en la pantalla grande en la película Bohemian Rhapsody.
Rami admitió abiertamente que tuvo que usar dientes postizos para interpretar el papel del icónico vocalista de Queen. Supuestamente los usó durante todo un año para prepararse para el papel. ¿Y Freddie ? La verdadera historia es que Freddie tenía cuatro dientes extra, que se conocían como ‘mesiodens’ o ‘supernumerarios’. Eran cuatro incisivos que empujaban sus dientes hacia adelante. En un momento de Bohemian Rhapsody, se mencionan los dientes de Freddie, cuando se dirige a un joven Brian May y Roger Taylor sobre unirse a la banda. Ellos responden: «No con esos dientes, hombre».

Peter una vez recordó: «Siempre se cubría los dientes con el labio superior o levantaba la mano para cubrirlos. Estaba avergonzado de ellos.
'Bohemian Rhapsody': Una Película con Altibajos
Bohemian Rhapsody (2018) empieza casi como acaba. Es 13 de julio de 1985, la mañana del Live Aid. Horas más tarde, Freddie Mercury (magistralmente interpretado por el televisivo Rami Malek), vocalista y líder de Queen, reunirá a más de 70.000 personas en el Wembley Stadium de Londres, a ritmo de “Radio Ga Ga”. Esta actuación de solo 21 minutos de duración, que comenzó a las 18:41, ha sido votada por más de 60 artistas, periodistas y ejecutivos de la industria musical, la mejor interpretación en directo en la historia del rock.
Aquel Freddie Mercury en estado de gracia (cuándo no lo estuvo…) dirigiendo a la multitud al unísono, y su nota sostenida durante la sección a capella llegó a ser conocida como «The Note Heard Round the World» («La Nota Escuchada Alrededor del Mundo»). No hay nada ni nadie que supere al gran Farrokh Bulsara.
Pero, por ahora, Freddie está acostado en la cama, y el picor de su garganta acaba por desvelarle. Como público, aún no sabemos con certeza si se le diagnosticó VIH, la enfermedad que eventualmente le llevaría a la muerte en 1991, a la edad de 45 años, pero la sospecha es suficiente como para fomentar una tensión dramática. En cualquier caso, se dirige hacia el gran día.
Es un fuerte presagio, diseñado para jugar con el reconocimiento de los fans de la banda. Freddie lleva los famosos Levi’s y la camiseta imperio blanca, atuendo este que quedaría grabado a fuego en la memoria de los casi dos mil millones de personas que vieron la retransmisión en directo. “Somebody to Love” suena de fondo mientras la cámara recorre las características de Malek, que reflejan las de Freddie.
Pero el problema de Bohemian Rhapsody es que nunca cumple con la gran promesa. No volveremos a ese día hasta el final de la película, lo cual es una pena, ya que esa parte, esa media hora sublime de Live Aid, recreado casi al milímetro, tiro por tiro, es lo más destacado de las dos horas y 15 minutos que dura la cinta.
Entre el inicio de la cinta y este final, el director Bryan Singer (quien fue despedido por la Fox durante el rodaje y reemplazado por Dexter Fletcher) nos guía a través de los momentos principales de la biografía de Freddie y de Queen, de una manera un tanto sobrecargada que, en ocasiones, te deja un poco a medias asking for more. Es posible que el ritmo, un tanto confuso, sea el resultado del entorno, que según he podido leer, se vivía en el set de rodaje.
Las constantes ausencias de Singer hicieron que el estudio detuviera la producción hasta que alguien más pudiera continuar adelante con el proyecto; incluso el director de fotografía Thomas Newton Sigel tuvo que dirigir algunas escenas. Pero al intentar mostrarnos todo, la película no se detiene en los momentos en los que parece que uno espera ver y conocer más en profundidad.
Por ejemplo, la relación de Freddie con sus padres, quienes emigraron a Londres desde Zanzíbar en 1964, está muy poco descrita. Y luego están las cosas en las que sí se centra la película. Se pasa una cantidad increíble de tiempo desarrollando la relación romántica (y más tarde, platónica) de Freddie con Mary Austin (Lucy Boynton), y todavía no entiendo porqué; no creo que sea lo suficientemente interesante como para justificar un papel tan prominente.
La acción se mueve rápidamente desde los inicios de Freddie como currante en el londinense Aeropuerto de Heathrow, quien pasa de ver como espectador a una banda amateur llamada Smile en un bar de la universidad, a unirse a ellos como cantante principal tras el abandono del original. La banda, ahora compuesta por el propio Freddie, el guitarrista Brian May (Gwilym Lee; increíble su caracterización, el más logrado sin ningún género de dudas, junto con Dermot Murphy como Bob Geldof), el bajista John Deacon (Joseph Mazello) y el batería Roger Taylor (Ben Hardy), disfruta de un ascenso meteórico hacia el éxito.
Es difícil creer que una película sobre una banda tan innovadora y excéntrica como Queen pueda ser tan redonda. Es una película biográfica estándar, con altibajos predecibles. Es una versión de todo lo que supuestamente sucedió en la vida real, pero no sabría diferenciar entre lo que sí realmente sucedió y lo que «según he leído/nos parece que fue así».
Por ejemplo, el momento en que la banda explica su visión para su cuarto álbum de estudio, A Night at the Opera (1975), al ejecutivo de EMI Ray Foster (Mike Myers), «el hombre que perdió a la Reina», parece que fue sacado de un blog sobre Queen. Aún así, aún sabiendo que aquella reunión seguramente no fue tal y como nos la describen aquí, me quedo con ese guiño, con esa frase que dice el propio Foster, y que estoy seguro que los amantes del cine podrán llegar a entender.
Bohemian Rhapsody - Another One Bites The Dust Scene (Rami Malek Freddie Mercury)
¿“Bohemian Rhapsody”? ¿Qué nombre ese ese para una canción? Que la película no cumpla con las expectativas (sean delito que sean) de todos no es culpa de los actores, pues no creo que haya espacio como para ir mucho más allá, como para profundizar más. La interpretación de Malek hace que suene para todas las quinielas habidas y por haber. Luce y brilla como el propio Freddie, luciendo disfraces y copiando sus extravagantes movimientos con un entusiasmo contagioso. Y sí, se parece a él, incluso sin esos dientes postizos, que solo te distraen durante los siete segundos que salen en pantalla.
Cada momento en que aparece sobre el escenario es una joya, una maravilla, y al final parece que estás viendo al mismísimo Mercury. Mazello, Lee y Hardy dan totalmente el pego como Deacon, May y Taylor, pero están ahí solo para ser “los miembros de la Reina”, sin más. Sin embargo, no hay que olvidar que Queen no era Queen sin todos sus miembros.
En la vida real de «los otros tres», si bien, demasiado a menudo, son eclipsados por la leyenda del gran Freddie Mercury, especialmente después de su muerte. Pero en la película queda meridianamente claro que, por ejemplo, que fue May quien propuso lo del pisotón en «We Will Rock You”, para que la multitud pudiera participar, y que fue Deacon, quien escribió el increíble riff de bajo que define a “Another One Bites the Dust.
La película no creo que sea para disfrutarla. Yo, por ejemplo, me pasé varios minutos tratando de poder ver la pantalla con lágrimas en los ojos. Ver a Malek hacer lo suyo es ciertamente divertido, y cada vez que se suena una canción de Queen, es fácil olvidar que detrás hay una película que visionar. El auténtico núcleo emocional de la cinta son las canciones, y solo por eso ya vale la pena gastarte la pasta y verla, por favor os lo recomiendo, en el Phenomena de Barcelona; esos «Eeeeeeeeeeoooooooo» que Freddie dedica a los fans del Live Aid suenan atronadores gracias a su Dolby Atmos.
Una de las ventajas de una película como esta es que las personas menos familiarizadas con la historia y la música de Queen podrían convertirse en nuevos conversos. Eso dice mucho sobre el poder de las canciones de Queen, pero poco sobre las películas que se supone que narran parte de la historia y el sentimiento oculto tras de ellas. Pero el hecho de que la última media hora de metraje sea para enmarcar y para llenar cubos y más cubos de baba (aunque en ocasiones la multitud que llenaba Wembley se note demasiado que no lo «es»…), no le resta mérito al resto de la película.
Lo que sí que creo es que los saltos temporales son abruptos y, en ocasiones, incluso un tanto aleatorios. Siempre he pensado que hay una fina línea entre el biopic y la parodia. Entre tomarse muy en serio la vida de un personaje histórico en una pantalla de cine y ver a un tío con peluca imitando a un ídolo del pasado. En Bohemian Rhapsody me resulta complicado decidir si estoy viendo una cosa u otra. Rami Malek parece sobreactuado en los primeros compases del film, con sus -falsos- dientes salidos y esos ojos saltones, pero, para cuando acaba todo, llegas a ver a Freddie Mercury sobre los escenarios recreados en los que tocó Queen.

Más que ante una obra cinematográfica, estamos ante el espectáculo de la mejor banda tributo posible: tanto el vocalista como el resto de componentes del grupo -Gwilym Lee, Ben Hardy y Joseph Mazzello (¡el niño de Parque Jurásico!)- están perfectos. Esta película se sostiene descaradamente sobre la fuerza de las canciones que todos conocemos y somos capaces de tararear. Si te gusta el grupo, esto es para ti.
Pero dramáticamente, el argumento está construido a base de escenas de diálogos, y más que una trama lo que tenemos es una playlist de greatest hits. No hay conflicto que entorpezca el camino de Queen al éxito y las rencillas entre los miembros de la banda son cariñosas discusiones familiares, que nuestras risas -porque el tono es de comedia- acercan a una sitcom. Le falta mal rollo a todo: ahí están Brian May y Roger Taylor, como productores, en los créditos. Lo más parecido a un conflicto dramático es la soledad de Freddie Mercury, pero todo está planteado de forma plana, mecánica y poco inspirada.
Hay broncas al principio del film y lágrimas y abrazos al final. Los problemas con las drogas de Mercury se abordan de la forma más limpia que he visto nunca: no le vemos consumir, de resaca o con el mono. El abuso de sustancias se comenta, pero no vemos nada escabroso. Lo mismo ocurre con sus orígenes parsi o la pequeña deformidad de los dientes del cantante. Lo peor, la homosexualidad del vocalista, expresada de una forma tan simple que resulta sonrojante: las miradas furtivas entre hombres con bigote parecen ser la única forma de decirnos que Mercury está descubriendo que es gay.
No queda nada aquí de la sutileza y elegancia de aquel Bryan Singer que nos mostraba al Hombre de Hielo contando a sus padres que era un mutante, en una escena que se podía leer como una salida del armario en toda regla -en X-Men 2 (2003)-. La planificación de Singer en esta película es francamente pobre, lo que explica que le hayan despedido del rodaje. Pero, además, Bohemian Rhapsody no propone nada: una recreación histórica puede buscar la fidelidad a los hechos, sobre todo visual, pero creo que esos momentos deben responder a un sentido, a una propuesta.
Véase, por ejemplo The Crown: IMDB acredita a Peter Morgan como autor de esta historia, pero ni rastro aquí de sus inteligentes guiones. La mímesis es lo único que tenemos en una recreación fetichista para fans. Hay para mí, sin embargo, una idea de genio: que sea un irreconocible Mike Myers, el Wayne famoso por hacer headbanging con Bohemian Rhapsody, el que interprete al productor -Ray Foster- que rechazó esa misma canción. “Puede que no fuera la opción obvia pero parece que ha funcionado”.
Como de costumbre en toda la temporada de premios en la que ya había arrasado, el actor no mencionó en sus discursos a Bryan Singer, el director despedido dos semanas antes de que acabara el rodaje y salpicado por acusaciones de pederastia y otras conductas sexuales inapropiadas (que el realizador niega). Tampoco habló del sida. Prefirió centrarse en lo que la película, Mercury y su propia historia representan sobre un mensaje de búsqueda y defensa de la identidad propia.