El Edén del Paladar: Un Viaje a Través de Jardines Celestiales y Placeres Sensoriales

La búsqueda del paraíso, un lugar de deleite y satisfacción plena, ha sido una constante en la historia de la humanidad. Desde los relatos bíblicos hasta las mitologías antiguas, la idea de un jardín celestial donde los sentidos se exaltan y los deseos se cumplen ha cautivado la imaginación de culturas diversas. En este artículo, exploraremos el significado profundo del "Edén del paladar", un concepto que entrelaza el simbolismo del jardín paradisíaco con la experiencia gastronómica, invitándonos a reflexionar sobre la conexión entre el placer sensorial, la espiritualidad y la búsqueda de la felicidad.

La Biblia comienza con un jardín, el plantado por Dios en el Edén (cf. Gén 2,8), y termina con la evocación de una ciudad-jardín, la Jerusalén celeste: «En medio de su plaza, a un lado y otro del río, hay un árbol de vida que da doce frutos, uno cada mes. Y las hojas del árbol sirven para la curación de las naciones» (Ap 22,2). También en el propio centro, la Biblia alberga un jardín, el del Cantar de los Cantares.Dicho «centro» -conviene precisarlo- se refiere a la secuencia de los libros en la tradición católica, tomada de la versión griega de los Setenta. El fenómeno que se acaba de describir se repite a propósito de la pareja humana.

La Biblia relata en sus primeras páginas la aparición de la pareja humana (cf. Gén 2-3) y en sus últimas líneas hace escuchar la invocación de la esposa al esposo, de la Iglesia a Cristo que viene en su gloria: «El Espíritu y la esposa dicen: ¡Ven!» (Ap 22,17). Pero la Biblia también hace oír en el centro de su corpus, en ese santuario que es el Cantar, las voces de la amada y del amado que se alternan: «¡Qué bella eres, amada mía! En las páginas que siguen quisiéramos reflexionar sobre esta doble perspectiva que asocia el «misterio» del jardín al de la pareja humana.

El Jardín en la Biblia: Un Símbolo de Vida y Armonía

En el Génesis, la pareja humana aparece en un jardín plantado por Dios, pero confiado al cuidado del hombre (cf. Gén 2,8). Este jardín (en hebreo gan) es un «recinto» (la raíz ganan significa «encerrar, proteger) irrigado por cuatro cursos de agua y donde abundan las especies vegetales: «El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos para la vista y buenos para comer; además, el árbol de la vida en mitad del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y del mal» (Gén 2,9). Si después la pareja humana se aleja de este jardín por haber transgredido el mandamiento divino (y el ofrecimiento de vida que escondía en sí), no por eso el jardín sale de la perspectiva bíblica.

Repetidamente reaparece él en el imaginario de los poetas y de los profetas de la Biblia. Así, la metáfora del jardín aparece en Is 61,11 cuando se trata de anunciar al pueblo en luto la certeza de la intervención divina en favor suyo: «Como el suelo echa sus brotes, como un jardín hace brotar sus semillas, así el Señor hará brotar la justicia y los himnos ante todos los pueblos».

El Jardín como Metáfora de Transformación y Curación

Esta metáfora revela ser valiosa entre todas las demás para indicar la transformación que Israel vivirá a continuación de la intervención divina: «Serás un huerto bien regado, un manantial de aguas que no engañan» (Is 58,11). En Jer 31,12 la misma imagen se asocia a un retorno desde los lugares desérticos. En efecto, las imágenes vegetales pueden expresar de manera incomparable la profundidad ontológica de la curación divina: «Seré para Israel como el rocío, florecerá como el lirio, echará sus raíces como los cedros del Líbano. Brotarán sus retoños y será su esplendor como el olivo, y su perfume como el del Líbano» (Os 14,6-7).

La metáfora del jardín -asociada a otras metáforas vegetales- subyace así a la visión bíblica y demuestra que el mundo y su historia están siempre en «génesis», aun a pesar de sus reiteradas lesiones. En un contrapunto sapiencial con los textos proféticos, también lo anuncia el Cantar: a pesar del exilio del primer jardín, la realidad del jardín continúa sosteniendo el imaginario de la Biblia. El Cantar recuerda, en particular, que el jardín siempre sigue siendo de nuevo el lugar de la aparición de la pareja humana.

De forma paralela a la exploración de los textos bíblicos se tratará de escrutar los lazos que, como a través de una red de raíces comunes, unen dos textos importantes de la enseñanza del papa Francisco: la carta encíclica Laudato si’ Sobre el cuidado de la casa común (2015) y la exhortación apostólica Amoris laetitia. Sobre el amor en la familia (2016).

EL SIGNIFICADO SECRETO DEL JARDIN DEL EDEN - Por Fabio Ramirez

El Cantar de los Cantares: El Jardín como Espacio de Intimidad y Placer

En el Cantar el jardín está presente ante todo en forma de metáfora. Desde luego, esta metáfora tiene un rico trasfondo que el lector no puede dejar de imaginarse: el de los jardines mediterráneos y próximo-orientales del antiguo Israel. Pero la realidad del jardín del Cantar es, en primer lugar, literaria, inseparable del discurso de los enamorados. Como señaló Robert Alter en su colección de ensayos The Art of Biblical Poetry, el Cantar tiene en la Biblia una estrategia única en materia de metáforas que lo distingue de todos los demás libros (incluido el libro de Job, que se caracteriza por su inventiva metafórica).

Las metáforas introducidas por los amantes del Cantar tienen el efecto de «hacer desaparecer los límites». Como en la novela de Lewis Carroll, los personajes pasan «a través del espejo» y se reencuentran en el mundo de la metáfora. Este es el caso de las metáforas tomadas en préstamo del mundo vegetal: [Ella] «Como manzano entre árboles silvestres, / es mi amado entre los mozos: / desearía yacer a su sombra, / pues su fruto me es dulce al paladar» (Cant 2,3). A la amada no le basta con ver al amado como un manzano: hay que actuar en consecuencia, es decir, sentarse a su sombra y comer su fruto. Además, dos versículos después, la amada implorará: «Reanimadme con manzanas» (Cant 2,5).

Más adelante, el amado dirá a la amada: «Se asemeja tu talle a una palmera / y tus pechos a racimos. / Me dije: “Treparé a la palmera / cosecharé sus dátiles» (Cant. 7,8-9). No basta con comparar la figura de la amada con la de la palmera: hay que subirse a ella y cosechar sus frutos. Una metáfora puede dominar una larga secuencia en el Cantar. Así, la metáfora del jardín se desarrolla hasta tal punto en los capítulos 4 a 6 que la misma joven se convierte en un jardín: frente a ella hay que comportarse como frente a un jardín de frutos exuberantes.

[Él]: «Eres huerto cerrado, / hermana mía, esposa» (4,12), [Ella]: «Soy fuente que riega los jardines […] / Entre mi amado en su jardín / y coma sus frutos exquisitos» (4,15-16). [Él]: «He entrado en mi jardín, / hermana mía, esposa» (5,1). La excelencia de la metáfora del jardín se reconoce en cuanto que es, al mismo tiempo, una revelación del ser de la mujer amada («Eres un huerto») y un «mapa» para el actuar del amado, sugiriéndole comportamientos apropiados («entrar», «bajar», «comer»).

Cuando en el Cantar aparece la palabra «jardín» en labios del amado es para expresar la secreta intimidad de su compañera: «Eres huerto cerrado, / hermana mía, esposa; / manantial cerrado, fuente sellada» (4,12). Si el jardín es un huerto cerrado, un hortus conclusus, que protege una fuente secreta, entonces el jardín es el recinto del recinto. El contexto nos hace intuir el significado sexual de este «estar cerrado» de la mujer. La riqueza del discurso poético permite reconocer en él también la expresión de su intimidad personal.

En la parte más profunda de la amada mana un misterio (una fuente, un manantial) que constituye su belleza. Resulta notable que el que desarrolla este lenguaje, declarando inviolable el santuario que representa la mujer amada, es el amante. La respuesta de la amada es sorprendente. Ella retoma las imágenes del discurso del amado, les infunde un dinamismo inesperado. Más allá de sus muros y de sus setos, el jardín es también un lugar abierto: para decirlo con Rob Aben y Saskia de Wit, el hortus conclusus es a room with no ceiling («una habitación sin techo»).

Los vientos (del norte, del sur) lo atraviesan, proviniendo de otras partes, y le infunden algo así como un aliento profundo; las aguas en él son corrientes y fragorosas: [Ella] «Soy fuente que riega los jardines / manantial de aguas vivas, / que fluyen del Líbano. Despierta, cierzo; acércate, ábrego; / soplad en mi jardín, / que exhale sus aromas». Una vez más, el contexto sugiere una interpretación sexual de las imágenes, «animadas» por el discurso de la amada (el amado responderá diciendo: «He entrado en mi jardín, hermana mía, esposa» [5,1]).

No obstante, la naturaleza poética del discurso de la mujer permite entender, más allá de las connotaciones eróticas, una evocación del ser personal: aun siendo un «jardín cerrado», la mujer no está por eso cerrada en sí misma, sino que también respira al aire libre (y eso vale para todo ser humano). Una vez más, es el jardín el que permite expresar las cosas de la mejor manera. Aunque es un lugar cerrado, es también un lugar abierto: abierto al cielo que cambia, a los elementos atmosféricos, a las corrientes de agua que lo atraviesan.

Tres veces se trata acerca del espectáculo del florecer primaveral (además de 7,13, véanse 2,13 y 6,11, «en el nogueral»): los amantes se encuentran con el prodigio de los brotes. Una secreta connivencia está en la base de esta atracción: en el florecer de los árboles del jardín ellos reconocen el florecer de su amor; un mismo germinar actúa en el mundo natural y en su unión personal. La botánica moderna retomará el discurso de los enamorados estableciendo la naturaleza sexuada de las flores, entre pistilo y estambre, pero a los amantes les basta su intuición, en cierto sentido invencible.

Frente a las viñas o a los granados en flor, la intimidad de la pareja se revela en unísono con toda la creación; esta, por su parte, celebra el florecer de su amor. El jardín de los amantes no solo está hecho de pimpollos: hay también frutos maduros (1,3; 4,13.16; 7,9.14) y árboles adultos (6,11; 7,8-9; 8,5). Aunque el amor está siempre presente en el comienzo, con frecuencia también lo está en la duración, en el tiempo prolongado de las promesas y de los juramentos (cf. 8,6-7). También por este motivo es habitual la presencia del amor en el jardín.

El filósofo Robert Harrison gusta decir que los jardines son lugares que ralentizan el tiempo. Los crecimientos tienen en él ritmos lentos: el de la maduración de los frutos, el del crecimiento de los árboles. De ese modo, con sus tiempos largos el jardín apoya las promesas y los juramentos de los cuales viven los amantes. Como señala un personaje de la novela El clamor de los bosques, de Richard Powers, si los enamorados graban sus nombres en los troncos de grandes árboles es porque confusamente saben de la larga duración de estos compañeros silenciosos: «Quizá queramos hacerles daño a los árboles porque viven mucho más tiempo que nosotros».

En su versión mística, el poeta persa Rumi (1207-1273) protegió, por así decirlo, el tronco, cuando escribió: «El amor es un árbol cuyas ramas llevan hasta la eternidad y cuyas raíces crecen en la eternidad. El tronco, pues, no es de ninguna parte».

La relación que une a la pareja con el jardín en el Cantar de los Cantares ha tenido una sorprendente traducción cristológica en el Evangelio de Juan. En la escena de la aparición en Jn 20, Cristo resucitado y María Magdalena asumen los respectivos papeles de los amantes del Cantar. El elemento más antropológico -la confrontación de los enamorados en el santuario del jardín- revela ser el más evangélico.

La escena de Jn 20 tiene por contexto un jardín, el de la tumba de Jesús: «Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron y, en el huerto, un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Hacia ese jardín se encamina presurosa María de Magdala el primer día de la semana, «al amanecer, cuando aún estaba oscuro» (Jn 20,1). El descubrimiento de la tumba vacía la deja consternada. A los ángeles que le preguntan: «Mujer, ¿por qué lloras?», ella les responde: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto» (v. 13). Después, ella se da la vuelta y ve a Jesús, que le pregunta, a su vez: «“Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?” Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: “Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré”» (v.

Quien conozca bien el Cantar habrá reconocido aquí la escena de la búsqueda de la amada en el capítulo 3: «En mi lecho, por la noche, / buscaba al amor de mi alma; / lo buscaba, y no lo encontraba. “Me levantaré y rondaré por la ciudad, / por las calles y las plazas, / buscaré al amor de mi alma”. / Lo busqué y no lo encontré. / Me encontraron los centinelas / que hacen la ronda por la ciudad. / -“¿Habéis visto al amor de mi alma?”. / En cuanto los hube pasado, / encontré al amor de mi alma. / Lo abracé y no lo solté, / hasta meterlo en mi casa materna, / en la alcoba de la que me concibió» (3,1-4).

Así, el encuentro entre el Resucitado y María Magdalena es «dramatizado» gracias al escenario tomado en préstamo del Cantar (¿es este, quizá, un antiguo testimonio de la asociación que se desarrollará en el judaísmo rabínico entre el Cantar de los Cantares y la fiesta del Pésaj?). Detrás de la referencia al Cantar se esconde también una referencia al jardín de los orígenes (cf. Gén 2-3). En un jardín el hombre perdió el acceso a la vida, y en un jardín lo reencuentra. Pero lo más notable es que la escena pascual del jardín integra el diálogo entre el hombre y la mujer. Aun presentando notables variaciones culturales, el símbolo del jardín atraviesa toda la historia: es un universal humano.

El Paraíso en Diversas Culturas y Religiones

La palabra paraíso proviene del vocablo paradesha, en lengua sánscrita, que significa ?región elevada?. Otra versión es que la palabra paraíso (paradiso, en italiano; paradise, en inglés -el término heaven tiene un significado similar, y al hacer referencia a la bóveda celestial tiene por voz contraria Infierno-; paradies, en alemán; paradis, en francés) deriva de la voz griega paradeisos, de origen persa, que tiene el significado de ?parque, jardín cerrado?. Para muchos grupos étnicos de la antigüedad, en sus respectivas mitologías, el paraíso estaba ubicado en la parte más elevada de una montaña, casi tocando el cielo, las etéreas regiones donde moraban los justos, aquellos seres privilegiados a quienes los dioses -o bien su único dios- colmaban de dichas y venturas.

Tres religiones monoteístas: el judaísmo, el islamismo y el cristianismo, incorporan la creencia de un sitio en el cual existe cabal ausencia de sufrimiento y se caracteriza por la completa satisfacción de los deseos corporales. A ese lugar se le denomina paraíso. El término Edén significa en idioma griego ?delicia?, y frecuentemente se dice ?jardín del Edén?, para nombrar el primer lugar de residencia del género humano. Por cierto, Edén proviene de la palabra Eddin, nombre sumerio de la llanura de Babilonia, que para algunos autores era una planicie de hermosísimos jardines.

Otro vocablo repetidamente utilizado en los relatos mitológicos helénicos es Arcadia, una imaginaria región ubicada en la parte central del Peloponeso, donde moraba el dios Pan, la deidad tutelar de la naturaleza. Virgilio, el poeta latino, fue el primero en referirse a las múltiples bellezas de ese paraje. Por otro lado, el Jardín de las Hespérides, de acuerdo a la mitología griega, era el cautivante sitio donde moraban las hijas de Atlas, o de Hesper, cuidando del árbol que tenía no solamente las ramas y las hojas de oro, sino también los apetecibles frutos, las manzanas que de allí colgaban. Este Jardín de las Hespérides estaba ubicado en las regiones más occidentales del mundo, y era el sitio reservado a los seres perfectos, quienes habían alcanzado un envidiable nivel de excelsitud y superación espiritual.

Muchas religiones -leo en la Enciclopedia Británica- incluyen la noción de una existencia, de gran felicidad y deleite anímico y corporal, después de la muerte. Una vida en la cual el tiempo no significa nada, y que se distingue por la cabal ausencia del sufrimiento físico o emocional, con plena satisfacción de los deseos corporales. Para el cristianismo el paraíso es el sitio de postrer descanso, donde los seres bendecidos por Dios gozan eternamente de su presencia.

Para los pueblos escandinavos el paraíso recibía el nombre de Walhalla, mientras que en otras sagas occidentales el Elíseo, situado en los confines occidentales de la tierra, era un hermoso sitio, colmado de jardines tapizados de fragantes flores, donde sus habitantes vivían en un estado de permanente felicidad. En diversos relatos se habla de los Campos Elíseos, denominación que procede de la mitología griega. Era el sitio reservado a los muertos, a las almas plenas de virtud -un paraje del todo semejante al paraíso de los cristianos, que allí hallaban el descanso eterno.

En el Corán se describe que el cielo (igualmente designada con otros nombres: la morada de los justos; al-jann: el jardín, el Jardín del Edén: jannat-adan, y el Jardín de las Delicias: jannat al-na?im) en realidad formado por siete cielos, era la mansión a donde iban los seres elegidos de Alá. Allí había ?hermosos jardines, regados por corrientes de cristalinas aguas y con arroyos de vino, que será la delicia de quienes lo beban...(y) exquisitos frutos al alcance de todas las manos... disfrutarán de vírgenes de grandes ojos negros, púdica mirada y tez de incomparable hermosura, que no han sido tocadas ni por hombres ni por genios, las cuales permanecerán así eternamente?. Estas juncales mujeres, las huríes, fueron prometidas por Mahoma, el profeta de Alá, a los fieles seguidores de la religión musulmana, una vez que hubiesen llegado a ese recinto donde los que allí habitaban permanecían por siempre en un estado de inmarcesible lozanía.

En la mitología china el paraíso recibía el nombre de Tierra de la Suma Felicidad, y estaba ubicado en la cumbre del monte Kuen-luen. Allí había un palacio de jade, de nueve pisos, rodeado de jardines, donde vivían los justos. Los pueblos prehispánicos que habitaron Mesoamérica imaginaban que el paraíso de Tláloc -el dios de la lluvia-, llamado Tlalocan, era un sitio de deleites corporales, donde había hermosos jardines y manantiales de frescas y cristalinas aguas, pletóricos de peces, y por doquier veíanse volar mariposas multicolores.

Representación del Tlalocan, el paraíso de Tláloc, en un mural de Tepantitla, Teotihuacan.

Por su parte, los quichés (indígenas de Guatemala estrechamente vinculados con los mayas), por su parte, suponían que el paraíso, llamado Xibalba, estaba localizado en un lugar subterráneo.

El Edén del Paladar: Una Experiencia Gastronómica Celestial

No deja de parecerme sorprendente que en muy diversas mitologías, en la ancha faz de la tierra, anónimos cronistas se refirieron a los gozosos placeres de los que disfrutaban, principalmente al deleitar su paladar con suculentos platillos y muy exquisitos vinos, quienes estaban aposentados en aquellas elevadas regiones siderales. No se diga los moradores del Olimpo, quienes, presididos por Zeus (un insaciable Don Juan, que se deleitaba en seducir a las féminas que tenía a su alrededor), gozaban de báquicos festines, en los que Ganímedes -el antecesor de los sommeliers de nuestros días? servía el vino a los dioses, que habían sido convidados a esos luculianos banquetes.

Preservar y Crear Jardines: Un Acto de Terapia para la Humanidad

Aun presentando notables variaciones culturales, el símbolo del jardín atraviesa toda la historia: es un universal humano. No obstante, solo está vivo en la medida en que existan jardines. En su breve novela El hombre que plantaba árboles, Jean Giono relata la historia de un pastor, Elzéard Bouffier, que hace revivir toda la región, en la Alta Provenza, simplemente plantando, con delicada obstinación, bellotas de encina y de haya. De manera análoga es necesario no solo preservar los jardines históricos, sino también crear nuevos jardines y ofrecerlos a las generaciones futuras.

Los grandes arquitectos de jardines contemporáneos (Mirei Shigemori, Jacques Wirtz, Piet Oudolf, Marc Peter Keane, Kathryn Gustafson, por mencionar solo algunos) son terapeutas de la humanidad. Al poner en diálogo las especies vegetales, los colores y las formas, al construir espacios cerrados y perspectivas abiertas, al permitir a la vida expresarse a través de las estaciones, ellos hacen surgir refugios, grandes y pequeños, donde el hombre es devuelto a sí mismo. En efecto, ¿cómo proteger en sí mismo y en los demás el «jardín interior» si desaparece el jardín?

Entrar en un jardín y sentarse es acceder a un lugar en el que se nace a sí mismo, un locus amoenus, tan caro a Platón y a Erasmo, donde el hombre puede pensar puesto que se encuentra cerca de su ser. «Hay que cultivar nuestro jardín», hacía decir Voltaire a Cándido (1759), sobreentendiendo que era tiempo de mejorar la condición humana dejando de lado las...

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