En un ambiente de sumisión y resignación, la rebeldía comenzaba a florecer en el corazón de Andalucía. Los jóvenes más audaces vislumbraban riquezas fáciles y admiración popular, mientras que, lentamente, se gestaba un resurgimiento del bandolerismo. Los robos en cortijos y caminos se volvían cada vez más frecuentes, generando preocupación en las autoridades.
Sin embargo, se prestaba menos atención a los "algarines", ladrones de aceitunas que aparecían cada año al madurar el fruto. Eran personas de vida miserable que robaban de noche para malvender lo robado. De pronto, esta clase de robo se transformó en un verdadero asalto en Estepa, donde más de doscientos desesperados, impulsados por el hambre, saquearon los olivares ante la impotencia de los guardias.
En este contexto, nacieron en Estepa unos niños que revivirían la imagen, siempre atractiva, del bandido, con toda su crueldad, violencia y generosidad. Tres muchachos ya correteaban por las calles estepeñas, destinados a ser famosos no solo en su pueblo y Andalucía, sino en toda España: Joaquín Camargo Gómez, «el Vivillo»; Manuel López Ramírez, «el Vizcaya» y Antonio Ríos Fernández, «el Soniche». Solo faltaba el nacimiento del sobrino de este último, quien superaría a todos en renombre: Francisco Ríos González, «el Pernales».

Nacimiento y orígenes humildes
Francisco Ríos González nació el 23 de julio de 1879 en Estepa, provincia de Sevilla. Fue bautizado como Francisco de Paula José el 27 de julio de 1879. La familia del futuro bandido era de condición humilde y habitaba una casucha miserable en las afueras del pueblo. El padre, jornalero, trabajaba poco y cobraba un escaso jornal. Para sobrevivir, buscaba frutos y hortalizas, y practicaba la caza furtiva, burlando a los guardias.
El futuro caballista creció lleno de necesidades, sin recibir instrucción alguna. A los diez años, Francisco se fue con su padre a Calva, donde ambos trabajaron como cabreros durante dos años. Luego regresaron a Estepa y trabajaron cuanto pudieron. Si les faltaba ocupación, merodeaban por los alrededores en busca de algo para llevar al hogar. La presencia de la Guardia Civil les obligaba a dar rodeos, pero no podían evitar encuentros desagradables. Tras recibir serias advertencias, un día golpearon al padre. Francisco, al verle maltratado, se rebeló e intentó agredir a los guardias, quienes se contentaron con darle unos cuantos pescozones. En ese momento, se ganaron un feroz enemigo.
Primeros pasos en el mundo del delito
Francisco nunca olvidaría aquellos golpes. Desde entonces, creció en él un odio salvaje hacia los civiles. Por aquellos días, cometió los primeros robos en campos, casas y tiendas. Eran pequeñas raterías que pronto aumentaron en cuantía. La Guardia Civil le impuso pequeños correctivos, que solo lograron hacerle reincidir. El médico titular de Estepa, don Juan Jiménez, sintió compasión de él y trató de hacerle abandonar aquel mal camino. El muchacho pareció dulcificarse, aprendió a leer medianamente y a escribir con dificultad. También comenzó su gran afición a los caballos.
Por un momento, pareció que Francisco no llegaría a ser «el Pernales». En tan esperanzadora disposición pasaron dos o tres años. Su padre no había abandonado las habituales correrías por los campos, en las que Francisco le había acompañado muchas veces. Un día, la Guardia Civil le sorprendió en el momento de cometer un pequeño delito. Por causas que se ignoran, uno de los guardias le propinó un fuerte culatazo que le derribó. Preguntó con astucia, indagó y, al fin, llegó a saber que el autor había sido el sargento Padilla, del puesto de Puente Genil. Si algún día podía, se lo haría pagar caro.
La caída en el mundo del delito
Francisco huyó del trabajo y volvió a tentarle lo ajeno. Como siempre, no pasó de las habituales raterías. Hoy un jamón, mañana un borrego, otro día un costal de aceitunas. Su madre ya no se beneficiaba de ellos, pues él lo derrochaba en tabernas, mancebías o en las timbas y garitos de la población. La mala vida le atenazó fuertemente, borrando sus buenas cualidades, si alguna vez las tuvo. En poco tiempo cayó de lleno en el mundo del delito. Ayudó a varios caballistas, entre ellos a su tío, Antonio Ríos, «el Soniche», y sirvió en más de una ocasión como corredor de rescate en los secuestros. Tenía ya veintiún años y estaba lleno de vicios.
Es entonces cuando comenzaron a manifestarse en él perversos instintos. Se ha dicho con insistencia que en esa época fue conserje del casino de Estepa, pero esto es falso. También lo es que formara parte de la banda de «el Vivillo». En el año 1900 solo existían en Estepa dos bandidos de nombradía, «el Soniche» y «el Vizcaya». Al primero ya le ayudaba su sobrino. El futuro terrible «Pernales» era en aquel pueblo lo que se dice nadie. Aseguran noticias veraces que entre sus convecinos no gozaba, por cierto, fama de valiente. Casi unánimemente se le tenía por poco hombre. Su valor estaba, pues, en entredicho.
Amor y matrimonio
Cuesta trabajo creer que un individuo de tan malas prendas, y con tan dudoso porvenir, pudiera enamorar a una joven; pero así sucedió. Un día se fijó con interés en María de las Nieves Caballero y la cortejó en su reja. Durante meses, Francisco fue todos los días del número diez de la calle de La Alcoba, donde vivía, al treinta y dos de la calle de la Dehesa, domicilio de su novia. Muy fuerte debía ser la pasión que les unía porque no demoraron demasiado su casamiento. La ceremonia tuvo efecto el día de Navidad de aquel año de 1901. Así lo acredita la inscripción que figura en la parroquia de Santa María, de Estepa.
¿Qué pudo inducir al matrimonio a María de las Nieves? Son misterios del amor que nadie puede intentar comprender. Las «buenas» prendas de Francisco ya las conocía. Acaso lo hizo por temor a quedarse soltera si dejaba pasar esta ocasión. Tal vez era consciente del paso que daba y soñaba con regenerarlo. Y ocurrió, naturalmente, lo peor. Francisco siguió hurtando cuanto le venía a las manos y gastaba en las tabernas lo que en su casa faltaba. La Guardia Civil le castigaba repetidamente. Sufrió breves arrestos. Gracias a una hábil coartada se salvó de una condena seria. Los disgustos entre el matrimonio menudearon. A veces trascendieron con escándalo a la calle.
Desdicha familiar
En estas circunstancias les llegó el primer hijo. Era una niña, nacida el 15 de octubre de 1902 y bautizada como María del Pilar. Contra lo que toda familia espera, su presencia no contribuyó a una mejor armonía entre los cónyuges. A las constantes discusiones siguieron pronto los malos tratos. Francisco apenas paraba en su casa. Una de estas veces llegó a primera hora de la tarde, dispuesto a descansar. Su hija, que contaba diez meses de edad, se mostró inquieta. No dejó de llorar, impidiendo a su padre conciliar el sueño. Trató éste de hacerla callar y no lo consiguió. Molesto por su insistencia, se levantó furioso y la zarandeó. Solo consiguió que arreciera en su llanto. Desesperado, se acercó a la lumbre que ardía en el hogar. Metió los dedos en el bolsillo del chaleco y echó en las brasas una moneda de cobre de diez céntimos. Cuando juzgó que estaba bien caliente, la retiró con la tenaza. -¡Toma! -dijo-, para que llores con motivo. Un hiriente grito acompañó al olor de la carne chamuscada. No obstante, volvió a repetirlo, tres años después, con su segunda hija, Josefa, que nació el 25 de julio de 1904.
María de las Nieves no pudo resistir por más tiempo aquel mal vivir y aquel constante sufrimiento. El amor de antaño se había trocado en desprecio. Y un día, harta de humillaciones, de vergüenzas y de lágrimas, abandonó con sus hijas la casa de la calle del Toril. Francisco nada hizo por detenerlas. Sin duda le agradó verse libre. La verdad es que ya no volvió a ocuparse de ellas, encandilado por nuevos amoríos. Ni en sus tiempos de esplendor, cuando era de todos temido y manejaba dinero en abundancia, les hizo llegar ni una sola peseta.
El apodo y la leyenda
Al dedicarse de lleno al robo, intentó el secuestro del hijo de un rico propietario de Estepa, pero fracasó. Denunciado, cayó una vez más en poder de la Guardia Civil e ingresó en prisión. Inmediatamente fue procesado. Las crueldades para con sus hijas, el mal trato dado a su mujer y el haber roto la costumbre, siempre observada, de respetar a los vecinos de Estepa, le acarrearon su antipatía. La mayoría le odiaban y María de las Nieves, que había tenido necesidad de ponerse a servir, más que ninguno. Casi todos evitaron su trato.
Durante algún tiempo vagó por las calles y los campos con otros perdularios como él. Acababa de cumplir veinticinco años. Era un hombre bajo, ancho de espaldas, algo rubio, con pecas. Bajo las cejas despobladas, que se inclinaban hacia arriba, sus grandes ojos azules, casi siempre entornados, miraban de través, con dura luz. El rostro, totalmente afeitado, era frío e impasible. Tenía la boca amplia y desdeñosa. Sobre la frente le caía, arqueado, un mechón rebelde escapado de su rústico peinado. En la mejilla derecha tenía una cicatriz. Su aspecto general expresaba una naturaleza bárbara, unos instintos agresivos.
En Estepa ya hacía tiempo que se le conocía por el apodo de «el Pernales». No se sabe de dónde le pudo venir, ya que ni su familia ni en el pueblo lo había usado nadie. Hay quien sostiene que «Pernales» es lo mismo que pedernales, con la supresión de la d y la contracción de la doble e en un solo sonido. Se supone, por tanto, que con el mote quiso calificarse la dureza de sentimientos del bandido, bien demostrada muchas veces. También pudo tener su origen en alguna particularidad de las extremidades inferiores, aunque esto es menos creíble, dada la escasa estatura (1,50 metros) de Francisco Ríos.
Ya soñaba con igualar, no solo a su tío, «el Soniche», sino a «el Vizcaya», que era el bandido más respetado y querido de Estepa. Precisamente por aquellos días la Guardia Civil había truncado su carrera, metiéndole en prisión, con gran disgusto de sus paisanos.
Impaciente, buscó «el Pernales» a otros jóvenes que, como él, no se asustaran de nada y quisieran ganar fácilmente dinero. No tardó en hallarlos. Eran de tan malísima fama como él. Uno de ellos era sobrino de «el Vizcaya» llamado Antonio López Martín, conocido como «el Niño de la Gloria». El otro era Juan Muñoz, a quien se conocía por «el Canuto». Los tres estaban cansados de tantos hurtos menudos, y también de prestar apoyo a quienes con el mismo riesgo se llevaban buenos miles de pesetas. Decidieron, pues, erigirse...
JOSÉ MARÍA EL TEMPRANILLO (Año 1805) Pasajes de la historia (La rosa de los vientos)
