Uno de los repertorios más desatendidos, pese a su extraordinario interés literario, sociológico y antropológico, de todo el repertorio de la literatura oral de tradición moderna, es el de las leyendas urbanas. Los todavía muy escasos e insuficientes estudios disponibles sobre el corpus de creencias transmitidas en las ciudades de la actualidad arrastran, además, el lastre de que son también escasas las recopilaciones y colecciones que se han ocupado específica o monográficamente de ellas, y por tanto, la base documental sobre la que puede construirse su análisis.
Este artículo pretende ampliar el repertorio documental de leyendas urbanas del mundo hispánico, y, al mismo tiempo, ofrecer un ejemplo de cómo un trabajo de encuesta minucioso y sistemático sobre este tipo de repertorio puede ofrecer resultados extraordinariamente fructíferos y ricos.
Efectivamente, las treinta y cuatro leyendas reunidas en este trabajo, me fueron comunicadas por un solo informante, un varón de 24 años nacido en Lima y establecido en Madrid desde hace muy pocos años. Que una sola persona, joven y de extracción urbana, sea capaz de recordar treinta y cuatro narraciones orales, algunas extraordinariamente complejas, raras e interesantes, es una prueba innegable de la vitalidad y de la capacidad de adaptación a nuevas realidades sociales que todavía hoy tiene la narrativa oral moderna; y debe ser un acicate para su recolección, estudio sistemático y edición crítica.

Aunque obvias limitaciones de espacio nos impiden, en este trabajo, trazar un estudio pormenorizado y sistemático de cada una de estas narraciones, que ha de quedar para un trabajo mucho más amplio, sí puede ser ahora el momento de editar y de hacer accesibles estos textos precedidos por unas breves notas de estudio comparativo que permitan apreciar también las inmensas posibilidades de análisis que pueden abrirse a un material de este tipo, e invitar quizás a seguir profundizando en él en el futuro.
El Diente y el Ratón Pérez
Cuando a un niño se le caía un diente, lo ponía en un agujero de la pared para que se lo llevase el Ratón Pérez, y te dejaba una moneda.
Así, en lo hondo de la callada, diaria sumisión, de la permanente resignación, iba creciendo la rebeldía. Los mozos de genio más vivo barruntaban ya fáciles riquezas y admiraciones populares. Lenta, ocultamente, se estaba fraguando un resurgimiento del bandolerismo.
Los robos, en los cortijos y en los caminos, empezaron a menudear, preocupando a las autoridades. Concedían, por el contrario, menos atención a los algarines, es decir, a los ladrones de aceituna, que todos los años hacían su aparición al mostrarse el fruto en sazón. Solían ser personas de vida miserable, que lo tomaban de noche y furtivamente para después malvenderlo.
De pronto, un día, esta clase de robo tomó el carácter de un verdadero asalto. Fue en Estepa. Más de doscientos desesperados, a quienes el hambre había empujado, entraron en los olivares y se lanzaron furiosos al pillaje. Los guardas no intentaron siquiera detenerlos.
Francisco Ríos González, «el Pernales»
En este propicio ambiente han visto la luz, en Estepa, unos niños, en los que va a resucitar la añeja y siempre atractiva estampa del bandido, con todas sus crueldades, violencias y generosidades. Ya corretean por las calles estepeñas tres muchachos que no tardarán mucho en hacerse famosos, no sólo en su pueblo y en Andalucía, sino en España entera. Son Joaquín Camargo Gómez, «el Vivillo»; Manuel López Ramírez, «el Vizcaya» y Antonio Ríos Fernández, «el Soniche».
Sólo falta que venga al mundo el sobrino de este último, que ha de superar al que más en nombradía: Francisco Ríos González, «el Pernales». No tardó mucho. Nació el día 23 de julio de 1.879. En la villa de Estepa diócesis y provincia de Sevilla, a veintisiete de julio de 1.879, yo, don Manuel Téllez, Presbítero, con licencia de don Joaquín Téllez, cura propio de la Iglesia Parroquial de Santa María de la Asunción la Mayor, de esta villa, bauticé solemnemente a un niño que nació a las seis de la mañana del día veintitrés del actual, calle Alcoba, número diez, perteneciente a esta feligresía, hijo de Francisco Ríos Jiménez, jornalero, y de Josefa González Cordero, casados en esta parroquia en mil ochocientos setenta y uno. Abuelos paternos, Juan Ríos y Florencia Jiménez; maternos, Francisco González y María de la Asunción Cordero.
Se le puso por nombre Francisco de Paula José. Fue su madrina María de los Dolores Ortiz, casada, a la que advertí el parentesco espiritual y obligaciones contraídas. Fueron testigos D. José Valenzuela Silva y Rafael Galván Gómez, todos naturales y vecinos de esta villa. En fe de lo cual firmamos fecha ut supra. Joaquín Tellez.- Manuel Téllez. (Archivo Parroquial de la Iglesia de Santa María.
La familia del que ha de ser, con los años, famoso bandido es de humilde condición. Habita una casucha de miserable aspecto en las afueras del pueblo. El padre dicen que ha sido vaquerizo en Montellano. Ahora lleva la misma triste vida que todos los braceros.
Trabaja menos de lo que quisiera y cobra escaso jornal. Cuando el hambre les aprieta, emprende largas caminatas en busca de frutos y hortalizas. También practica, de forma rústica, la caza. Para ello ha de burlar a los guardias y saltar tapias y cercados. No tiene más remedio que hacerlo así.
En esta desesperada lucha por la diaria existencia, ve el matrimonio pasar el tiempo sin que su situación mejore. El futuro caballista ha crecido lleno de necesidades, sin recibir instrucción alguna. Al contar el pequeño Francisco diez años marcha con su padre a Calva, donde ambos ejercen, durante dos, el oficio de cabreros.
Luego regresan a Estepa. De nuevo en su casa, trabajan cuanto buenamente pueden. Si les falta ocupación dedican el tiempo a merodear por los alrededores. Como antes, como siempre, van en busca de algo que poder llevar al pobre hogar.
La presencia de la Guardia Civil les hace a veces dar grandes rodeos. Al fin, no pueden evitar tener con ella encuentros desagradables, de los que casi nunca salen bien librados. Como ya les han hecho serias advertencias, un día, al repetírselas, golpean al padre. Este recibe el castigo sin protestas. Pero no así el muchacho, que al verle maltratado se rebela. Con toda la osadía de sus pocos años, rabiosamente, intenta agredir a los guardias. Estos, teniendo en cuenta su corta edad, se contentan con darle unos cuantos pescozones.
No podían suponer que, en aquel momento, se habían ganado un feroz enemigo. Francisco no olvidará nunca aquellos golpes. Desde entonces, hasta su próximo fin, irá creciendo en él, cada vez más hondo, un odio salvaje hacia los civiles.
Por aquellos días lleva a efecto los primeros robos. Los realiza en los campos, en las casas y en las tiendas. Son pequeñas raterías, que pronto van aumentando en cuantía. La Guardia Civil le impone pequeños correctivos, con los que sólo logra hacerle reincidir.
El médico titular de Estepa, don Juan Jiménez, siente compasión de él y trata de hacerle abandonar aquel mal camino. A su amable trato, el muchacho parece dulcificarse. Poco a poco pierde aquel recelo de animal perseguido en el que constantemente vive. Aprende a leer medianamente y a trazar, con trabajo una torpe y vacilante escritura. Al tiempo que le da lecciones le busca también trabajo. De entonces data su gran afición a los caballos, de los que más tarde será un gran conocedor.
Por un momento parece que Francisco no va a llegar a ser «el Pernales». En tan esperanzadora disposición pasan dos o tres años. Su padre no ha abandonado las habituales correrías por los campos, en las que Francisco le ha acompañado muchas veces.
Un día, la guardia Civil le sorprende en el momento de cometer un pequeño delito. Por causas que se ignoran, uno de los guardias le propina un fuerte culatazo, que da con él en la tierra. No necesitaba otra cosa Francisco Ríos para que aumentara su rencor hacia los civiles. Pregunta con astucia, indaga y, al fin, llega a saber que el autor ha sido el sargento Padilla, del puesto de Puente Genil. Si algún día puede se lo hará pagarlo caro.
Huye del trabajo y otra vez vuelve a tentarle lo ajeno. Como siempre, no pasa de las habituales raterías. Hoy es un jamón, mañana un borrego, otro día un costal de aceitunas … Su madre ya no se beneficia de ellos. Es él quien lo derrocha en tabernas, mancebías o en las timbas y garitos de la población. La mala vida le atenaza fuertemente, borrando sus buenas cualidades, si alguna vez las tuvo.
En poco tiempo cae de lleno en el mundo del delito. Ayuda a varios caballistas, entre ellos a su tío, Antonio Ríos, «el Soniche», y sirve en más de una ocasión como corredor de rescate en los secuestros. Tiene ya veintiún años y está lleno de vicios. Es entonces cuando comienzan a manifestarse en él perversos instintos. Se ha dicho con insistencia que en esa época es conserje del casino de Estepa. El supuesto es falso. También lo es que forme parte de la banda de «el Vivillo».
La razón es sencilla. Por aquellos días éste se encuentra huido en Argel, de donde más tarde marcha a la República Argentina. En el año 1.900 sólo existen en Estepa dos bandidos de nombradía, «el Soniche» y «el Vizcaya». Al primero ya hemos dicho que suele ayudarle su sobrino. Y no lo tiene porque el futuro terrible «Pernales» es en aquel pueblo lo que se dice nadie. Aseguran noticias veraces que entre sus convecinos no goza, por cierto, fama de valiente. Casi unánimemente se le tiene por poco hombre. Parece ser que esto es debido a que en más de una cuestión personal no ha respondido como debiera a las ofensas recibidas.
Su valor está, pues, en entredicho. Cuesta trabajo creer que un individuo de tan malas prendas, y con tan dudoso porvenir, pueda enamorar a una joven; pero así sucede. Un día se fija con interés en María de las Nieves Caballero y la da palique en su reja. Durante meses, Francisco va todos los días del número diez de la calle de La Alcoba, donde vive, al treinta y dos de la calle de la Dehesa, domicilio de su novia.
Muy fuerte debe ser la pasión que les une porque no demoran demasiado su casamiento. La ceremonia tiene efecto el día de Navidad de aquel año de 1.901. Así lo acredita la inscripción que figura en la parroquia de Santa María, de Estepa. En la ciudad de Estepa, diócesis y provincia de Sevilla, a veinte y cinco de diciembre de mil novecientos y uno, yo, don José Ramos Mejías, cura propio de esta iglesia parroquial de Santa María de la Asunción. la Mayor y Matriz, desposé y casé por palabras de presente, que hicieron verdadero y legítimo matrimonio a Francisco de Paula José Ríos, de estado soltero, jornalero, de edad de veintitrés años, hijo legítimo de Francisco Ríos Jiménez, difunto, y de Josefa González Cordero, juntamente con María de las Nieves Pilar Caballero, también soltera, de edad de veinte y siete años, que vive en la calle Dehesa, número treinta y dos, hija legítima de Manuel Caballero Fernández y de María del Carmen Páez González. Confesaron y comulgaron, fueron aprobados en doctrina cristiana y amonestados en tres días festivos, según y como lo dispone el Santo Concilio de Trento, en esta Iglesia Parroquial, de cuyas proclamas no resultó impedimento alguno canónico, habiendo precedido el oportuno consejo favorable de sus padres y todos los requisitos necesarios para la validez y legitimación de este Sacramento, siendo testigos a dicho desposorio D. Francisco Juárez de Negrón y D. En fe de lo cual lo firmo fecha ut supra.-José Ramos. (Archivo Parroquial de la Iglesia de Santa María de Estepa.
¿Qué puede inducir al matrimonio a María de las Nieves? Son misterios del amor que nadie puede intentar comprender. Las «buenas» prendas de Francisco ya las conoce. Acaso lo hace por temor a quedarse soltera si deja pasar esta ocasión. Tal vez es consciente del paso que da y sueña con regenerarlo.
Y ocurre, naturalmente, lo peor. Francisco sigue hurtando cuanto le viene a las manos y gasta en las tabernas lo que en su casa falta. La Guardia Civil le castiga repetidamente. Sufre breves arrestos. Gracias a una hábil coartada se salva de una condena seria. Los disgustos entre el matrimonio menudean. A veces trascienden con escándalo a la calle.
En estas circunstancias les llega el primer hijo. Es una niña. Nace el 15 de octubre de 1.902, en el número dos de la calle del Toril, donde los esposos viven. Es bautizada tres días después en la iglesia de Santa María . Se le pone por nombre el de María del Pilar. Contra lo que toda familia espera, su presencia no contribuye a una mejor armonía entre los cónyuges. A las constantes discusiones siguen pronto los malos tratos. Francisco apenas para en su casa.
Una de estas veces llega a primera hora de la tarde, dispuesto a descansar. Su hija, que cuenta diez meses de edad, se muestra inquieta. No deja de llorar, impidiendo a su padre conciliar el sueño. Trata éste de hacerla callar y no lo consigue. Molesto por su insistencia, se levanta furioso y la zarandea. Sólo consigue que arrecie en su llanto.
Desesperado, se acerca a la lumbre que arde en el hogar. Mete los dedos en el bolsillo del chaleco y echa en las brasas una moneda de cobre de diez céntimos. Cuando juzga que está bien caliente, la retira con la tenaza. -¡Toma! -dice-, para que llores con motivo. Un hiriente grito acompaña al olor de la carne chamuscada.
No obstante, vuelve a repetirlo, tres años después, con su segunda hija, Josefa, que ha nacido el 25 de julio de 1904 (Las dos hermanas aún deben vivir en Estepa. Allí se las conocía por Pilar y Josefa, la de Nieves). El motivo es el mismo. María de las Nieves no puede resistir por más tiempo aquel mal vivir y aquel constante sufrimiento. El amor de antaño se ha trocado en desprecio. Y un día, harta de humillaciones, de vergüenzas y de lágrimas, abandona con sus hijas la casa de la calle del Toril. Francisco nada hace por detenerlas. Sin duda le agrada verse libre.
La verdad es que ya no vuelve a ocuparse de ellas, encandilado por nuevos amoríos. Ni en sus tiempos de esplendor, cuando es de todos temido y maneja dinero en abundancia, les hace llegar ni una sola peseta.
Al dedicarse de lleno al robo, no se le ocurre otra cosa que intentar el secuestro del hijo de un rico propietario de Estepa, cuando el muchacho, que va a caballo hacia su cortijo, recoge a Francisco en el camino y lo hace subir a la grupa. Fracasa, naturalmente. Denunciado, cae una vez más en poder de la Guardia Civil e ingresa en prisión. Inmediatamente es procesado. Le defiende don Antonio Ramón Leonis.
Las crueldades para con sus hijas, el mal trato dado a su mujer y el haber roto la costumbre, siempre observada, de respetar a los vecinos de Estepa, le acarrea su antipatía. La mayoría le odian y María de las Nieves, que ha tenido necesidad de ponerse a servir, más que ninguno. Casi todos evitan su trato. Durante algún tiempo vaga por las calles y los campos con otros perdularios como él.
Acaba de cumplir veinticinco años. Es un hombre bajo, ancho de espaldas, algo rubio, con pecas. Bajo las cejas despobladas, que se inclinan hacia arriba, sus grandes ojos azules, casi siempre entornados, miran de través, con dura luz. El rostro, totalmente afeitado, es frío e impasible. Tiene la boca amplia y desdeñosa. Sobre la frente le cae, arqueado, un mechón rebelde escapado de su rústico peinado. En la mejilla derecha tiene una cicatriz. Su aspecto general expresa una naturaleza bárbara, unos instintos agresivos. En Estepa ya hace tiempo que se le conoce por el apodo de «el Pernales».
No se sabe de dónde ha podido venirle, ya que ni su familia ni en el pueblo lo ha usado nadie. En la Alameda sí hubo, tiempo atrás, un tabernero a quien llamaron así, como ya hemos dicho en la biografía de «el Bizco de Borge». Pero, dada la diferencia de tiempo entre aquél y Francisco Ríos, no es posible establecer relación alguna. Hay quien sostiene que «Pernales» es lo mismo que pedernales, con la supresión de la d y la contracción de la doble e en un solo sonido. Se supone, por tanto, que con el mote quiso calificarse la dureza de sentimientos del bandido, bien demostrada muchas veces.
También pudo tener su origen en alguna particularidad de las extremidades inferiores, aunque esto es menos creíble, dada la escasa estatura (1,50 metros) de Francisco Ríos. Ya sueña con igualar, no sólo a su tío, «el Soniche», sino a «el Vizcaya», que es el bandido más respetado y querido de Estepa. Precisamente por aquellos días la Guardia Civil ha truncado su carrera, metiéndole en prisión, con gran disgusto de sus paisanos.
Impaciente, busca «el Pernales» a otros jóvenes que, como él, no se asusten de nada y quieran ganar fácilmente dinero. No tarda en hallarlos. Son de tan malísima fama como él. Uno de ellos sobrino de «el Vizcaya». Se llama Antonio López Martín, pero todos le dicen «el Niño de la Gloria». Se trata de un mocito pinturero, muy pagado de su planta, jaque y retador. El otro es Juan Muñoz, a quien se conoce por «el Canuto». Los tres están cansados de tantos hurtos menudos, y también de prestar apoyo a quienes con el mismo riesgo se llevan buenos miles de pesetas. Deciden, pues, erigirse...
A continuación, se presenta una tabla comparativa de algunas leyendas mencionadas:
| Leyenda | Descripción | Temas |
|---|---|---|
| El Tesoro del Arco Iris | En Lima, se dice que al final del arco iris hay un tesoro. | Tesoro, magia, esperanza |
| El Diente y el Ratón Pérez | Cuando a un niño se le cae un diente, el Ratón Pérez lo cambia por una moneda. | Infancia, magia, tradición |
| Las Tres Sirenas | Sirenas hipnotizan a marineros con su canto, causando naufragios. | Sirenas, peligro, mar, locura |
Aunque sea de forma sucinta y asistemática, se puede señalar, en efecto, que entre los textos más destacables por su interés literario o antropológico figuran, por ejemplo, el de Los duendes molestan a los niños no bautizados (n.° 13), que se halla en relación con toda una mitología, casi universal, de seres espirituales (demonios, espíritus, hadas) a los que desde la más temprana antigüedad, y en muchas culturas, se les ha achacado el acoso y daño de recién nacidos no bautizados, no circuncidados o no sometidos a los ritos religiosos y sociales que agregan al niño al grupo de los iniciados de la comunidad (3). También el relato de La bruja convertida en lobo y herida (nº 6), además de constituir en sí misma un típico relato de licantropía (4), está emparentado con toda una serie de leyendas sobre brujas convertidas en animales de distinta especie que resultan heridos por un ser humano, lo que acaba descubriendo la identidad de la bruja cuando recupera la forma humana (5). Además, el relato de La bruja convertida en pez y herida {n.° 7) es una rarísima e interesantísima versión de un tipo de relato documentado hasta ahora sólo en algunos lugares de Occidente, como Irlanda y el País Vasco, que ha dado lugar a estudios y reflexiones también muy importantes (6).
El relato de El fantasma del auto-stop (n.° 17), conocidísimo en todo el mundo, es una de las leyendas urbanas más conocidas y más estudiadas en todo el mundo (7). El relato sobre Los ladrones de órganos infantiles (n.° 29) tiene relación con creencias difundidas universalmente sobre todo tipo de seres espirituales, vampiros e incluso médicos (Julio Caro Baroja calificó el tema de estas historias como de "crímenes médicos" (8)) que se dedican a secuestrar niños para extraerles su sangre (a veces se llaman "chupasangres"), su grasa (otras veces son los "sacamantecas"), o sus órganos vitales con el fin de realizar trasplantes pagados por personas enfermas adineradas (9). Incluso brevísimos relatos como el de Los gatos absorben el aliento de los durmientes (n.° 9) cuentan tras de sí con una venerable historia credencial e ideológica que se remonta a muchos siglos atrás (10).
Basten estos pequeños apuntes críticos como muestra de lo que se debe y se puede hacer en relación con la tradición narrativa oral que sigue viva y palpitante en nuestro entorno inmediato, y que sólo espera que vayamos a recogerla y que la estudiemos con todo el interés, la dedicación y el rigor que se merece.
Fantasmas en carreteras extremeñas y leyendas de brujas | Tras el Mito #3
