Este artículo explora un viaje personal y transformador, entrelazando experiencias con drogas psicodélicas, la búsqueda de la meditación y momentos de introspección en un retiro Vipassana en Italia.
El relato comienza con una inmersión en la experiencia de un retiro de meditación Vipassana, un lugar de silencio autoimpuesto y disciplina mental. Se describe la intensidad del proceso, las reglas estrictas y los desafíos físicos y mentales que implica meditar diez horas al día.
Cuando te inscribes a Vipassana, te piden firmar unos papeles donde dice que no te puedes ir. Cuando llegas, te vuelven a preguntar si estás seguro y después, cuando terminas de desempacar y vas a tomar té a la cafetería, te vuelven a preguntar si estás preparado para quedarte todo el curso y seguir las reglas al pie de la letra.
Vipassana es como una cárcel silenciosa a la que entras por tu propia voluntad. Durante ese tiempo vives como un monje, es decir, no trabajas y no tienes ninguna clase de entretenimiento. En general, el límite es de diez días, aunque hay quienes han llegado a meditar hasta 90 días. Me imagino que es lo más cercano a la muerte que puede experimentar un ser vivo.
Las reglas son simples: debes meditar diez horas al día. No puedes hablar, leer, usar tu teléfono, fumar, hacer contacto visual con otros participantes, masturbarte ni irte hasta la mañana del día once. Nuestro maestro se llama Davide. Se ve como Buda, redondo, llenito y con esa sonrisa permanente tan peculiar que solo tienen las divinidades y los pachecos.
La técnica la desarrolló Buda hace más de 2,500 años pero estuvo perdida hasta poco después de 1950. En la década de los setenta, empezaron a abrir centros de Vipassana en EU y Europa para que la gente tuviera la oportunidad de cambiar su vida.
Empecé a consumir drogas psicodélicas con regularidad hace más o menos un año, en parte porque son divertidas pero también porque el beneficio terapéutico era evidente. Cuando me enteré que la meditación podría tener los mismos resultados, busqué centros de meditación y encontré un retiro de meditación silenciosa en Italia. La lista de espera prueba lo famoso que es este retiro. Hice mi reservación hace seis meses y apenas pude entrar.
Al principio, lo más difícil de la meditación es quedarse inmóvil. Te dan un cojín y una sábana para que te sientes sobre ellos y te quedes ahí, con las piernas cruzadas, hora tras hora, durante todo el día. La espalda te empieza a doler, las rodillas arden y sienten punzadas en el coxis, ese hueso que solo te das cuenta que existe cuando caes sobre él.

Buda en meditación
El Retiro Vipassana en Detalle
El primer día del retiro no cuenta porque todavía está permitido que hables y socialices. Hombres y mujeres -80 en total- se sientan, platican y comen sopa en una sala común. Se escuchan carcajadas y hay quienes coquetean de vez en cuando. A mí me ponen en una habitación con otros cinco tipos de veintitantos que, por su forma de vestir y sus barrigas, presiento que son italianos. Aunque no estoy seguro porque sus ronquidos son lo único que tengo permitido escuchar.
También los reconozco por el olor ya que en los retiros Vipassana tienes que usar la misma ropa todos los días y dormir con ella porque hace frío en la noche. Además, nos dijeron que teníamos que conservar la mayor cantidad de agua por lo que la limpieza diaria consiste sólo en lavarse la cara.
Después de la postura, lo segundo más difícil de la meditación es el tiempo. Estás sentado con tu cuerpo a punto de colapsar y esperas con ansias que pase el tiempo para que puedas estirar las piernas y tomar un poco de té.
Tengo un reloj de pulsera. Cada que abro los ojos para ver cuánto tiempo ha pasado, sigue marcando la misma hora. Seguro se descompuso. Me lo quito, le saco la pila, le soplo, la limpio con mi brazo, la vuelvo a meter y espero a que avance la manecilla de los segundos. El reloj funciona bien. Esa noche me voy a la cama y saco mi teléfono a escondidas. No hay señal. Pero a la mañana siguiente, me siento demasiado mareado como para planear mi escape.
El gong suena y de pronto ya estoy sentado con las piernas cruzadas sobre mi cojín, rodeado de mis compañeros y escuchando las instrucciones de seguir mi respiración. A mi lado hay un hombre mayor. Trae puesta una sudadera roja y en el brazo izquierdo dice: Surf, Vida, Amor, Est. Para distraerme, lo convierto en un código. Cada letra representa su posición numérica en el alfabeto, más uno. Surf sería 19, 21, 18, 6. Y 1987 es A, I, H, G. Hago lo mismo todo el día. No me ayuda a que el tiempo se pase más rápido pero aún así sigo convirtiendo todos los números y las letras que veo.
Cuando anochece, estoy decidido a escapar. A la mañana siguiente, cuando despierto, estoy en modo de batalla. Me pongo mi abrigo y mientras mis compañeros soñolientos caminan por el pasillo, me escabullo hacia el otro lado, me salto la cerca que prometí no cruzar y corro por el pasto húmedo hacia la colina. Lo primero que noto es que mis piernas se volvieron inútiles después de dos días de estar sentado en posición de flor de loto. Mis rodillas rechinan como las manijas de una puerta vieja. Mis muslos empiezan a doler tras unos cuantos pasos.
Mañana me voy. Cuando envío el mensaje, siento un alivio increíble. Bajo la por la colina y regreso a mi cama. Cuando llega el desayuno, me tomó el café instantáneo y me como la avena con la actitud de un hombre que sabe que cuando salga le esperan miles de capuchinos y croissants.
Cuando suena el gong en la tarde, camino hacia el salón de meditación, subo los 49 escalones (sí, los conté) y tomo mi lugar con calma y serenidad junto al anciano de la sudadera roja. Comienzan las instrucciones: «Concéntrate en tu respiración». Esta vez las sigo porque decidí que no tiene caso resistirme a algo que voy a dejar de todas formas. Cierro mis ojos y me concentro en mi respiración. Pero mi cabeza no fue lo que se desprendió, fue algo en su interior.
De pronto, la habitación se sume en un silencio imposible. Y dijo imposible porque en cada sesión ha habido al menos dos personas que tosen, otras que estornudan, muchas que arrastran los pies y muchas otras que se aclaran la garganta. Pero hoy la habitación está callada como una tumba. Mi cabeza se desprende aún más y se prenden las luces dentro de mi cerebro. Veo formas, como mandalas, y luego cohetes que salen disparados y explosiones de luz. Abro los ojos y pierdo el equilibrio. «Perdón», digo en voz baja.
En la meditación Vipassana, en caso de emergencia, tienes permitido hablar con Davide, el maestro que dirige el curso. Después del incidente, fui a buscarlo a su cuarto. Está sentado sobre un trono blanco, enorme y acojinado. «Aluciné. En la sala de meditación. Fue tan intenso que me caí del cojín.
Comida y Reflexiones en Vipassana
Llega la hora de la comida. En Vipassana la comida siempre es muy simple: es vegana y tiene poco sabor pero como es la única hora del día en la que pasa algo, la emoción que sientes cuando se acerca el momento es increíble. El menú es más o menos lo mismo todos los días: arroz, verduras, caldo, un poco de hojas verdes y fruta. Comemos en silencio. Frente a mi hay un tipo vestido con un poncho y está comiendo un plátano con cuchillo y tenedor. Tres asientos después hay un tipo sosteniendo y lamiendo una hoja de lechuga cerca de la luz. Mi boca está llena de lentejas.
Cierro los ojos y vuelven a aparecer los mandalas, navegando, flotando en mi visión lateral como si fueran plumas de una almohada destrozada. Regreso a la sala de meditación y retomo la instrucción de concentrarme en mi respiración. Esta vez siento una electricidad que recorre mis brazos. Después mi estómago empieza a rugir y una bola de aire parte de mis entrañas, se mueve hacia mi cuelo y llega a la punta de mi cabeza como si fuera un taladro. Decido quedarme. Es demasiado bueno como para perdérmelo. Aborta el plan de rescate.
Pero el día siguiente no fue tan bueno. El anciano de la sudadera roja se había ido. Ya no estaba sentado a mi lado en la sala de meditación. En su lugar solo estaba el cojín y el olor donde su trasero estuvo los últimos tres días. Cierro mis ojos, me concentro en mi respiración y espero a que las hermosas alucinaciones y la pista de baile suban por mi espina dorsal. Pero no pasa nada. Ni siquiera me puedo concentrar. Sólo pienso en sexo, no sé por qué.
Estoy sentado en medio de una sala de meditación en completo silencio y lo único que hago es recordar todas las mujeres con las que me he acostado e imagino que lo estoy viviendo otra vez. Tengo que cubrir mi erección con la sábana. Sigo igual después de la hora de comida. No importa lo qué haga, no puedo dejar de recrear cada una de las escenas de sexo que he tenido en mi vida. Un amigo mío que ya ha ido a retiros Vipassana me advirtió sobre esto. De hecho, es por eso que separan a los hombres y a las mujeres.
Después del receso, regreso a la sala de meditación. Esta vez estoy decidido a no pensar en sexo; quiero alucinar otra vez. Mi determinación produce un cambio, sólo que no el que esperaba. Ahora pienso en sexo con hombres. Hombres peludos con barbas enormes y pelo en pecho. Después, el pelo en pecho se transforma en pelo de perro y luego veo a un perro, al perro de mi vecino, una cosita peluda y amarilla llamada Rascal. Rascal se sube a mi pecho con la lengua de fuera y yo tengo una erección.
Es un día hermoso en la Toscana. En el valle, los granjeros arrastran sus tractores a través del estiércol fresco y las ancianas recogen menta a la orilla del río. «Davide», le digo, «algo anda mal. «Sí», respondo. «Es la ley de la impermanencia», dice Davide «nada es eterno. «Nada es eterno», dice Davide y vuelve a sonreír. «Gracias», le respondo y me digo a mí mismo 20, 8, 1, 14, 11, 19. Me pregunto si Davide tiene la razón y si algún día dejaré de convertir las letras en números e imaginar que me cojo a todo lo que tiene hoyos. Nos dan de cenar penne, cientos de orificios aceitados.
Uno de los italianos gorditos con los que comparto habitación se va al quinto día. Regreso después de una mañana de meditación y veo que su cama está tendida y sus pertenencias ya no están. Sus ronquidos eran como un motor. Su olor era como de hule viejo con talco. No se cómo se llama. Cruzar mis piernas en la sala de meditación es tan placentero como quitarse una astilla. Sigo teniendo fantasías sexuales, aunque al menos ya no tienen nada que ver con mascotas ni hombres peludos. Ya no he tenido alucinaciones. Me siento como al principio.
Me voy. Ahora sí es en serio. Te veo pronto. Bajo la colina y voy a hablar con Davide. Ya nos hablamos por nuestro nombre. Voy a su habitación y me siento con las piernas cruzadas. Levando la pierna y veo una garrapata tratando de atravesar mi piel. La colina está en territorio de venados. Hay letreros de advertencia que dicen que no se debe caminar por el pasto alto. Nunca les hago caso, solo los convierto a números. Davide se acerca, toma la garrapata con sus dedos, la aprieta y la libera con una habilidad impresionante. La sostiene con la palma de su mano y me la enseña. Seguro la garrapata tiene un hoyo pero no siento ningún deseo sexual hacia el animal. Ahora sé que tengo que quedarme.

Paisaje de la Toscana
Transformación y Reflexiones Finales
El sexto y el séptimo día voy a todas las sesiones de meditación, hasta a las que son opcionales. Medito en mi tiempo libre y antes de dormir. Lo trato como si fuera un deporte, como una competencia de meditación. Mis piernas tiemblan. Me duele el trasero como si me hubieran dado una patada muy fuerte. Esos dos días llueve. La gente actúa raro. No se si es por la lluvia o por que la parte inferior de nuestros cuerpos se está pudriendo lentamente. Uno de los italianos con los que comparto habitación empezó a hablar con los objetos. En la noche, al acostarse, dijo «ciao letto» y en la mañana, cuando se estaba poniendo los zapatos, los animó con un «andiamo».
Cuando estaba en la sala de meditación, entró un tipo con los pants al revés y la parte de arriba de sus nalgas a la vista. Los cordones en su trasero lo hacen ver como un gato de dos colas. Después, una mujer sentada al otro lado de la sala empezó a roncar. Un maestro se paró a despertarla pero se volvió a quedar dormida. Esa noche salimos de la sala de meditación y deambulamos en la colina un rato antes de irnos a nuestros dormitorios. Es una noche estrellada. Nunca las había visto tan brillantes. Una atraviesa el cielo y deja un rastro enorme. Es la estrella fugaz más luminosa que he visto.
El octavo día me levanto antes de que suene el gong, voy a la sala de meditación y empiezo a meditar, solo. Mis piernas tiemblan. Me duele el trasero como si me hubieran dado una patada muy fuerte. Tengo espasmos de dolor en la espalda. Me concentro en mi respiración. Siento cosquilleos por todo el cuerpo. Los analizo como si fuera un cirujano, paso a paso siguiendo las instrucciones. De pronto pasa algo maravilloso. Siento como unas olas pequeñas que se mueven como pañuelos de seda recorren mis extremidades adoloridas. Mi cuerpo se siente increíblemente ligero. Ya no siento mi trasero. Tal vez se disolvió en el cojín. Mis hombros se relajan y siento como sale disparada una energía desde mi estómago hasta mi cerebro y luego me cubre como si me hubieran vaciado cubetas de agua tibia y suave. Siento que estoy levitando y que me desprendí de mi propia carne. Sigo así por otra hora.
Bhanga Nana es el término que utilizan los maestros de Vipassana para describir la disolución del cuerpo. Es una experiencia muy poderosa donde trasciendes el dolor físico. Resulta que algunos sintieron muy pocas cosas. «Por la comida», dijo, «además de que me iba a salir muy caro comprar otro boleto de tren». Dos horas antes de irnos, permiten que los hombres y las mujeres vuelvan a verse. Dos horas fue más que suficiente.
La Toscana es hermosa. Es uno de los lugares más hermosos en Europa. En el tren camino al aeropuerto, siento que estoy cruzando el Jardín del Edén. En el aeropuerto hay una pantalla enorme transmitiendo imágenes del terremoto en Nepal y no puedo contener el llanto. Una mujer se acerca y me pregunta si estoy bien. «¿Perdiste tu vuelo?» me pregunta. La volteo a ver y me doy cuenta que tiene los dientes salidos. Al pensar en lo difícil que debió haber sido su infancia, empiezo a llorar con más fuerza. A la distancia escucho cómo un padre regaña a su hija. Las lágrimas no paran de brotar. Es como si las erecciones constantes se hubieran manifestado en forma de eyaculación óptica.
Estar sentado en silencio por diez días para aprender a meditar fue una experiencia hermosa, aún a pesar del riesgo de contraer la enfermedad de Lyme, del dolor en la cadera, en las rodillas y en el trasero. Y sirve para ver las cosas desde otro ángulo en la vida real. El dolor es temporal, al igual que el placer, y lo único que vas a lograr si buscas con desesperación alguno de los dos es estar triste. Por mas simple que suene, es muy difícil seguir esos preceptos. Estar encerrado por tanto tiempo y concentrarse en esta sabiduría hace que la absorbas. Se vuelve tuya, como tu acento o la forma en que caminas o los dientes salidos de la señora. Para mí, este retiro hizo que el tiempo pasara más lento. Tal vez se debe a que cuando sales del Vipassana, no te estresas por cosas innecesarias y eso te libera muchas horas. También se vuelve más fácil tomar decisiones.
Además, se exploran aspectos de la vida de John Frusciante, incluyendo sus luchas contra la adicción y su eventual rehabilitación. Se menciona su regreso a Red Hot Chili Peppers y su impacto en la música de la banda.
Cuando Kiedis, Flea y Smith llegaron al Club Quattro de Tokio para actuar, el road mánager les contó que John había dejado el grupo. "Tengo que irme a casa de inmediato. Me voy a morir si no dejo esta banda ahora mismo", les dijo cuando le localizaron. Al final le convencieron de dar aquel último concierto, que Kiedis describe como "el más horrible que he dado nunca".
¿Qué fue de aquel joven guitarrista entre 1992 y 1998? Pues se dedicaba a pintar, a tocar la guitarra, a drogarse… y a volver a drogarse. Fue así cómo se fundió todo el dinero que había ganado en la música.
En enero de 1998 acudió a la clínica Los Encinos, el mismo lugar del que había escapado el líder de Nirvana antes de suicidarse. Fue entonces cuando la infección bucal que arrastraba desde hacía años le forzó a sustituir lo que quedaba de sus dientes por implantes de porcelana. También le pusieron injertos de piel en los brazos. Un mes después salió de aquel centro y para abril llegó la visita de Flea, que le propuso regresar. "Nada me haría más feliz en el mundo", respondió.
La primera canción en la que trabajaron fue 'Californication', que estuvo a punto de quedarse fuera del disco porque "nada funcionaba" para la letra del cantante. En el último minuto de la grabación, apareció Frusciante con la progresión de acordes que resucitó a Red Hot Chili Peppers.
Lo distintivo de Frusciante es que es capaz de colar guitarras impresionantes en la canción más comercial.

Red Hot Chili Peppers - Californication
Finalmente, se reflexiona sobre la naturaleza temporal del dolor y el placer, y sobre cómo la experiencia en Vipassana puede cambiar la perspectiva de la vida.
CONFIESO QUE HE VIVIDO, parecen decir los miembros de Red Hot Chili Peppers para explicar por qué todo ya ha cambiado. «Cuando eres joven cometes errores y aprendes de ellos. No es que nos arrepintamos de nuestro pasado, pero ahora somos diferentes», asegura Chad Smith.
Flea: «Todo empezó un día en el patio de un instituto de Los Ángeles, cuando tenía 15 años. Yo estaba en el recreo y agarraba a un tío bajo el brazo y le retorcía el cuello. El chaval pedía a gritos que le soltara, pero yo apretaba más fuerte. Y de repente oí una voz muy grave: ¡Déjale ir!. Me asusté muchísimo porque aquel chico tenía una pinta muy amenazante, con el pelo corto, cuando en los 70 todo el mundo llevaba el pelo largo. Ese muchacho era Anthony. La siguiente vez que coincidimos fue en la clase del carné de conducir. Él se sentaba junto a mí. Lo primero que dijo la profesora fue que expulsaría de la clase al que pintara en la mesa. En cuanto Anthony se levantó para ir al baño, yo escribí en su mesa: Anthony estuvo aquí. Cuando volvió y lo vio me hizo lo mismo y empezamos a bromear. Estuvimos hablando toda la tarde. Mi madre me ha contado que esa noche, cuando llegué a casa, le dije superexcitado: Mamá, por fin he encontrado a alguien con el que me gusta de verdad hablar. Desde entonces somos inseparables».
LA HISTORIA: RED HOT CHILI PEPPERS
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