Ojo por Ojo, Diente por Diente: Origen Histórico y Evolución de un Principio de Justicia

La expresión "Ojo por ojo, diente por diente" es un reflejo de un principio de justicia retributiva que se remonta a la antigüedad. Este dicho, arraigado en la idea de venganza, busca causar el mismo daño que se ha recibido, y plantea la búsqueda de proporcionalidad entre la acción realizada y la respuesta al daño sufrido.

En la Antigüedad, eran «los dioses» quienes dictaban las leyes a los hombres. Aunque existen antecedentes más antiguos, el ejemplo más citado se remonta al siglo XVIII antes de nuestra era, cuando el rey Hammurabi codificó 282 normas en piedra para regir la vida en Babilonia. El resultado es un único texto con 282 disposiciones cuya base filosófica es la ley del talión. En el 1750 a.C. el rey babilonio Hammurabi decide recopilar los códigos legales que regulan la vida de las distintas ciudades que forman parte de su imperio.

Una prueba de dicho Código se encuentra sobre en el Museo del Louvre, de París. Es una columna de basalto negro de dos metros de alto. La estela donde fue inscrito el código fue hallada en 1901 en la antigua ciudad de Susa, y actualmente se conserva en el Museo del Louvre.

El Código de Hammurabi, una de las primeras expresiones de la ley del Talión.

EL CÓDIGO DE HAMMURABI | LA LEY DEL TALIÓN | HISTORIA DEL DERECHO

Las leyes establecían sanciones directas como forma de justicia. Si alguien provocaba una fractura, también se le rompía un hueso. Si causaba la pérdida de un órgano, se aplicaba la misma pena. En uno de los artículos más citados del código, se recoge que “si un hombre vacía el ojo de otro hombre, se vaciará su ojo”.

El Antiguo Testamento recogió ese mismo criterio. En el libro del Éxodo, dentro de un conjunto de normas transmitidas por Moisés, se describe una estructura legal que replicaba esa misma reciprocidad. En el capítulo 21, versículo 24, se dicta: Ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie“.

Además de su función punitiva, esta norma tenía un efecto disuasorio. Al establecer que el castigo sería idéntico al daño cometido, se buscaba frenar impulsos violentos por miedo a la consecuencia. Esa lógica se extendió más allá del plano físico. En algunas sociedades, por ejemplo, la difamación podía castigarse con la extracción de la lengua, mientras que el robo conllevaba la amputación de una mano.

Clases Sociales y Derechos en la Antigua Babilonia

El Código de Hammurabi, además de establecer la ley del Talión, también reflejaba la estructura social de la época:

  • Personas libres: Eran reconocidos jurídicamente y podían tener responsabilidades en cargos públicos.
  • Esclavos y esclavas: Tenían muy pocos derechos o carecían de ellos. Podían ser propiedad de personas libres, ser vendidos, comprados o cedidos, pero podían tener negocios, ser dejados en libertad y casarse con personas libres.
  • Mezquinos: Formado por los esclavos que habían sido liberados, un paso intermedio entre la libertad y la esclavitud.

Con el paso del tiempo, esa forma de castigo literal comenzó a ser sustituida por alternativas menos cruentas. El propio Evangelio de Mateo, en el capítulo 5, refleja una ruptura con ese planteamiento. En una de sus enseñanzas más conocidas, Jesús expone: “Habéis oído que se dijo: ojo por ojo y diente por diente.

Esa transformación en la forma de concebir la justicia fue clave para el desarrollo posterior de los sistemas penales. La justicia retributiva fue dando paso a modelos que incorporaban la prevención, la rehabilitación y el resarcimiento. La Biblia, que había asumido en sus primeros libros la lógica de la venganza proporcional, acabó siendo también un vehículo para su superación. La figura de Jesús, tal como aparece en los Evangelios, marca una inflexión al plantear que la respuesta no debe ser simétrica, sino que debe dejar espacio al perdón.

Mahatma Gandhi, defensor de la no violencia y el perdón.

Con el desarrollo del derecho moderno, estos castigos se fueron sustituyendo por penas de prisión o multas. En opinión del politólogo Rudy Tun Arriaga, citado por el medio La Colmena, “la ley del Talión fue inaplicable en muchos casos”.

La Evolución Hacia los Derechos Humanos

Aunque hoy el principio de ojo por ojo, diente por diente parece una aberración, fue un gran paso adelante en el respeto por la vida e integridad de las personas, pues puso coto a las venganzas sin límite. Por ello, el Código de Hammurabi está considerado por muchos el primer paso de un camino que desembocó muchos años después en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

La historia del ser humano ha estado mayormente dominada por las ideas de competición y exclusión. El filósofo inglés Thomas Hobbes caracterizó este estado de naturaleza con la famosa frase que establecía que “el hombre es un lobo para el hombre”.

Así, durante la mayor parte de la historia, los derechos que cada persona tenía han dependido de su linaje, clase social, religión o nacionalidad. Incluso en la Grecia que saludamos como cuna de la democracia y la Roma que reverenciamos como cuna del derecho, tan solo una mínima parte de personas era considerada ciudadana y, por ende, sujeta de derechos.

Frente a esta concepción, pocos osaron defender que los indios americanos, los africanos y los asiáticos eran también personas y, por tanto, sujetos de derechos. En España lo hicieron los teólogos de la Escuela de Salamanca, recuperando argumentos utilizados por pensadores grecorromanos y por los padres de la Iglesia. Sus razonamientos se basaban en la idea de que existe un derecho natural independientemente de las leyes vigentes para cada pueblo: los hombres comparten la misma naturaleza y, por ello, los mismos derechos.

Junto al hecho de qué integrantes de qué grupos humanos se consideran o no personas, otro factor fundamental en la historia de los derechos humanos es cómo se valoran los derechos del individuo frente a los de la sociedad en su conjunto.

Así, el ascenso de la burguesía en Europa permite dejar atrás el concepto de sociedad dividida en estamentos (clero, nobleza, pueblo llano) y reconocer al individuo como un valor en sí mismo. Es entonces cuando surgen principios de derecho como el de habeas corpus (en latín, que tengas tu cuerpo: es el derecho a no ser detenido y encarcelado arbitrariamente).

Las declaraciones de derechos que acompañan y propulsan la Revolución Francesa y la Revolución Americana -o guerra de la Independencia de los Estados Unidos- se basan en la idea de que las personas son sujetos de derechos naturales que nadie les otorga, sino que van unidos a su condición de ser humano.

El 4 de julio de 1776, el segundo Congreso Continental reunido en Pensilvania, proclamó la independencia de las 13 colonias que Inglaterra poseía en la costa este de Norteamérica. La declaración de independencia redactada por Thomas Jefferson incluía una declaración de derechos basada en los siguientes principios: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

Una década después, el 26 de agosto de 1789, la Asamblea Nacional Constituyente Francesa aprueba la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. Sus dos primeros artículos no dejan lugar a dudas: “1. Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. 2. La finalidad de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre. Esos derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión”.

Según el texto de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que para muchos es una especie de Constitución de la humanidad, “la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”.

Indudablemente, el camino recorrido desde el tiempo en que las agresiones de un pueblo hacia otro pueblo daban lugar a venganzas ilimitadas es muy grande. Sin embargo, los derechos humanos distan mucho de ser respetados siempre y en todo lugar. De hecho, en los últimos años parecen estar en serio retroceso.

A pesar del cambio de enfoque en gran parte del mundo, la frase ojo por ojo, diente por diente ha seguido formando parte del lenguaje común como forma de reivindicar una justicia inmediata, sin apelaciones ni segundas lecturas.

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