Diego López de Haro: El Intruso Fundador de Bilbao

La historia de Diego López de Haro es una mezcla de misterio, intriga y logros significativos. Este personaje, fundamental en la historia del Señorío de Vizcaya, es conocido por haber convertido a Bilbao en villa en el año 1300.

Estatua de Diego López de Haro en Bilbao. (Wikipedia)

Un Comienzo Enigmático

A día de hoy no se sabe cuándo nació este díscolo chavalote, pero datos indiciarios de aproximación sitúan la aparición de este “morrosko” riojano en Nájera en una fecha cercana al 1250. El paso de los años hace que los datos recabados sobre los nacimientos registrados en aquellos tiempos no siempre sean accesibles, pero nuestra Santa Madre Iglesia tenía unos registros muy sabrosones con unos muy fiables indicadores de las altas y decesos de población, adelantándose a Google y sus sibilinos controles en más de mil años. Que un personaje tan fundamental para la ciudad de Bilbao no disponga de esa información en sus registros, es más que sorprendente.

Después de todo, las cifras indican con razonable exactitud que su aparición en este extraño escenario se produjo cercana al año 1250. Fecha que encaja con bastante exactitud con el casorio que tuvo lugar en junio del año del Señor que todo lo ve pero nunca interviene, allá por el 1282, donde contrajo matrimonio en la antiquísima Toledo que ya balbuceaba en la prerromana Edad del Bronce. La infanta Violante de Castilla, hija del rey Alfonso X de Castilla y de la reina Violante de Aragón, era una mujer de recursos y de una belleza inapelable y la única persona a la que este tierno bruto hacia caso.

El Usurpador con Visión

Quinto de una línea sucesoria en la que este “pieza” había hecho algunas modificaciones administrativas sacadas de la chistera, los derechos sobre el señorío de Vizcaya no fueron presididos por la misma legitimidad de la que gozaron sus predecesores. Don Diego López de Haro V fue el responsable de usurpar los legítimos derechos sucesorios a su adolescente sobrina, doña María Díaz de Haro. Esa intromisión fue muy criticada en aquel entonces, marcándole para siempre con el mote del “Intruso”. De nada sirvieron los pataleos y zapateados de la criatura ante la rotunda presencia de aquel hombre atado a una voz cavernosa. Era mejor no “meneallo”.

Pese a su controvertida toma de poder, Don Diego demostró ser un líder visionario. Bien es cierto que abrió puertas en el Cantábrico para acercarse a los mercados flamencos y a la embrionaria Liga Hanseática en sus albores y que creó polos de comercio e industria que dinamizaron enormemente la economía del Señorío de Vizcaya. La verdad es que era un CEO con un par.

Años más tarde su ninguneada sobrinita le daría “pal pelo” fundando Bilbao, esta vez sí, con todas las de la ley.

Dos Procesos Fundacionales

Este ricohombre riojano, fundó la villa de Bilbao tal que un 15 de junio del año 1300. Con anterioridad ya existían edificaciones en aquellos pagos en los que los pescadores y una agricultura minifundista muy propia de la tierra vasca daban lo que daban de si en un bucólico paisaje donde el mar maridaba perfectamente con los inmensos bosques locales salpicados de algunas ferrerías por aquí y por allá. Para tomar potes y txiquitos, ya existían en aquel “Bocho” embrionario Artecalle, Somera y Tendería.

Una década después tras el fallecimiento de este hombretón, María Díaz de Haro, la otrora legítima sucesora, refundó la ciudad haciendo uso de la carta privilegio y con la misma pieza jurídica que se usó en la ceremonia de entronización cuando Don Diego le “levantó” sus derechos sucesorios a la angelical criatura. En dicha carta fundacional no se hizo alusión alguna a López de Haro el usurpador por lo que puede deducirse que la Villa de Bilbao tuvo dos procesos fundacionales y una goma de borrar haciendo horas extraordinarias.

Curiosamente, a pesar de la Damnatio Memoriae (ley del olvido) aplicada con celo por su cabreada sobrinita, los nombres de ambos confluyen hoy en dos de las más importantes calles de Bilbao: la bulliciosa y transitada Gran Vía de Don Diego López de Haro y la no menos conocida María Díaz de Haro. Es de suponer que después de tanto trajín acabarían haciendo las paces.

La Gran Vía de Bilbao, hace unos pocos meses. (EFE)

Un Final Lejos de Bilbao

Esta figura imprescindible en la historia del Señorío, fue el impelente del desarrollo de esta riquísima ciudad (por su privilegiada situación geoestratégica con la frontera francesa a tiro de piedra). El caso, es que ni nació ni murió, ni siquiera sentó sus posaderas en Bilbao como para certificar su ciudadanía de forma fehaciente.

Durante los años que vivió, se dedicó en cuerpo y alma a arrear mandobles más allá de Sierra Morena y a la postre, paradojas de la vida, su final le llegó en el sitio de Algeciras al servicio del rey Fernando IV cuando muy probablemente una fiebre cuartana (una calentura de origen palúdico, que cada cuatro días te arrea un subidón que te deja baldado) y que hoy la conocemos como malaria, le dejaría en un inevitable decúbito supino permanente. Total, que a este hombretón que no lo doblaba ni el Tato, un bicho del tres al cuarto lo envió al más allá de forma expeditiva y sin más preámbulos.

A día de hoy, se desconoce dónde están sus restos mortales, lo que es seguro es que no están en Bilbao. Crónicas de la época decían que fue enterrado en una abadía franciscana en Burgos junto a su adorada mujer, la infanta Violante de Castilla, hija de Alfonso X el Sabio.

En su búsqueda del mito fundacional de la figura de Don Diego López de Haro, allá por el año 1895 un grupo de bilbaínos realizó una expedición a Nájera para reivindicar los restos del su bien amado fundador, pero todo fue en vano. El López de Haro allí enterrado no concordaba con los datos que obraban entre los miembros de esta sociedad vascongada de amigos del país y además le faltaban más de 20 centímetros para dar la talla. Al final, los exploradores vasquitos del pasado, se cepillaron unas cuantas barricas de los caldos locales y se volvieron por donde habían venido haciendo unas eses muy escandalosas.

Legado Perenne

En su actual ubicación en la Plaza Circular de Bilbao, a salto de rana del Casco Viejo, la memoria de Don Diego López de Haro habita en una escultura de bronce y pedestal marmóreo (muy chulo él) obra del artista Mariano Benlliure. Después de tanto trajín bélico, por fin encontró asiento en un lugar muy apropiado para tomarse unos potes y pintxos de incognito en siete calles, que está muy a mano. Era un pillin.

A pesar de que este gentil hombre tenía más ADN de perillán que de caballero, el Señor de Bizkaia y fundador de la hoy hermosa ciudad de Bilbao, centrifugando bosques y mares a tiro de piedra de Atxuri o Indauchu, una ciudad con vitalidad a raudales, además de haberse reciclado para afrontar este incierto siglo con iniciativas industriales y de investigación de vanguardia bien diseñadas por sus emprendedores ciudadanos; no tuvo en su fundador un fiel vecino, pues este estaba haciendo horas extraordinarias igualando los hombros de los recalcitrantes sarracenos, afición a la que este arquero y espadachín era abonado de primera fila.

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