El folclore tradicional está lleno de personajes fascinantes, a menudo ancianos y llenos de simbolismo. Algunos de estos seres míticos se caracterizan por tener una gran boca y, a veces, un solo diente. A continuación, exploraremos algunos de estos personajes y las historias que los rodean.

Aliguí, el Tío
Aliguí es un anciano protagonista del folclore tradicional, lleno de simbolismo, que aparecía en época de Carnaval. Antaño, fue muy popular en toda la geografía manchega. El "Tío Aliguí", en Torre de Juan Abad, desde que hay memoria, siempre fue un hijo del pueblo y durante décadas el mismo varón de una familia muy conocida.
Su disfraz era una humilde máscara de trapo para el rostro, como atuendo, harapos o prendas muy remendadas y un gran capote de gañán cubriendo las espaldas. En una de sus manos llevaba una larga vara de la cual pendía una cuerda de pita con un higo atado a su final, en la otra mano, una vara más corta, a veces unos sarmientos.
Cuando de forma súbita aparecía, dando asombrosos y continuos brincos, por algún rincón del pueblo, era condición exigida que los muchachillos lo buscaran, persiguieran, por los lugares más inverosímiles, el niño que lo atinaba daba la voz de alarma, e inmediatamente acudían en grupo los pequeños, que llegaban de todas partes. Entonces, asediaban al “Tío Aliguí” y empezaba un lúdico ritual, en aquellos días ya olvidado su significado.
Los niños más decididos intentaban arrebatar el higo colgante, que se sabía era obligatorio hacerlo con la boca. En la algarabía infantil, una y otra vez, el “Tío“Aliguí” ponía el higo al alcance de sus bocas y cuando al punto de ser apresado por alguna de ellas, el “Tío Aliguí”, con un inesperado y brusco movimiento apartaba la fruta de la boca del niño, que mordía con sus dientes el vacío. La fruta era el premio del pequeño que superaba en astucia y rapidez de reflejos al “Tío Aliguí".
¡Y, ay…! del cuco que pensara usar las manos para conseguir el higo, un recio y decidido golpe de la vara corta en las manos, desanimaba al "nifo", y al resto de la chiquillería, que cantaban a coro y a todo pulmón… “Aliguí, Aliguí / con la mano no / con la boca sí”.
En Villanueva de los Infantes, se decía de él: “Era un hombre vestido con sacos de arpillera y careta, que aparecía por los carnavales, simpático y a veces cruel. Con una vara de la que colgaban higos secos y caramelos que se podían coger con la boca, sin ayudarse de las manos. Aparecía por las calles cantando: ¡Aliguí, aliguí / con la mano no / con la boca, sí! Con otra vara, a veces, cuando ibas a morder los higos o los caramelos, sacudía en la boca…”.
Otros Seres Míticos
La Alicántara
En Villanueva de los Infantes, se recogió un singular testimonio sobre la Alicántara: “Era una víbora venenosa que tiene dos cabezas, que una quiere hacer Bien y otra quiere hacer Mal. Y yo las he visto precisamente”. En Torre de Juan Abad, la “Alicántara” se la temía como a una de las serpientes más dañinas y venenosas. En este pueblo, ha quedado huella de la malignidad legendaria de la bicha, pues, para calificar a alguna persona de conducta miserable y rastrera, se la zahería, que era más mala que la “Alicántara”.
Un guarda de un cortijo serrano afirmó con gran seriedad que, la “Alicántara” tenía semejanza de serpiente menuda, pelifina con dos diminutas alas.
El Bicho
El Bicho es un impertinente, molesto y voraz animálculo, que pasaba su existencia durmiendo y holgando plácidamente en el interior de las orejas de las personas. Pero ¡hay! … Cuando despertaba, era presa de unas hambres feroces e incontrolables. Ávido, iniciaba el roer de las carnes tiernecicas del oído interno del huésped, produciéndole dolores atroces, que con ningún apaño desaparecían. El único remedio conocido, de total eficacia terapéutica demostrada, para calmar sus desaforadas ansias, era la leche tibia de mujer lactante.
Se sabía que al llegar la leche hasta el asiento del animalillo éste quedaba aletargado de nuevo. Saciado de leche, a continuación caía en un irresistible y pacifico sueño. Requisito inexcusable era, que la leche, fuera vertida directamente del pecho femenino, a la oreja del doliente.
Algún damnificado lo describió, bichito agusanado y translúcido.
El Bú
El Bú es un destacado descendiente de alguna ignorada deidad funcional, y al igual de otros seres, enclavijado en la mitología montieleña, compartió los laureles de la fama con el “Tío Lobo”, la “Mano Negra” y el “Camuñas”.
Para algunos informantes de Villanueva de los Infantes el “Bú” era una: “Persona chepada, cara abotargada y pies abiertos”, “Un pájaro que se parece al loro, que se oye de noche en la sierra, en las risqueras y se decía: Calla que viene el Bú”, “Con aspecto de animal-ave con cara de lechuza”.
Las abuelas de Almedina, en noches cerradas, abrían las ventanas de las habitaciones de sus nietos levantiscos, que se negaban a dormir, y a grandes voces, llamaban al “Bú” para que acudiera. En este pueblo le daban figura de un gigantesco búho con grandísimos ojos.
Si bien es cierto que, en su principio el “Bú”, parece ser, tuvo naturaleza antropomorfa, con el paso de los años, en el común del Campo de Montiel, fue adoptando figura de espectral búho. Así figura en la mayoría de informaciones recogidas.
Tanto en Villamanrique como en Torre de Juan Abad, se le tenía por un enorme y negro búho de cuerpo deforme, grandes alas silenciosas, ojos rojos como platos, dos navajas eran su amenazador pico, las garras como trampas loberas.
Cuentan que eran muy frecuentes sus apariciones. Se presentaba al reclamo de auxilio de las mamás y abuelas, a la hora de la siempre evitada siesta infantil. También asomaba, veloz noctívago, para raptar con sus garras a los niños, que en las altas horas de la noche permanecían pasanteando o jugando en calles, plazas y quiñoneras.
“Pájaro oscuro y siniestro” Cózar.
Sí… en su época, fue el terror de generaciones de críos.
Camuñas
Quizás, el espanta-niños más popular, pues, sus infamias son harto conocidas en toda la geografía española. Imaginado en Villanueva de los Infantes, como un: “Hombre con forma de diablo, con nariz y uñas muy largas y ojos brillantes”, “Hombre de aspecto horrible, manos huesudas y alargadas”, “Hombre con forma de diablo, aspecto demoníaco, tenía mando y poder para asustar a las personas”.
En Torre de Juan Abad alguna abuela lo asemejaba a un monstruoso animal de formas imprecisas, de gran tamaño, largas guedejas, con descomunales dientes de lobo y pavorosas uñas. Un colaborador del pueblo de Almedina, recuerda como su abuela se lo mentaba con figura de ogro repelente.
Entraba, sin llamar, en los hogares, para llevarse a los niños cansinos y obstinados, para devorarlos en su ignorado cubil.
El Coco
En algunas de las respuestas obtenidas en Villanueva de los Infantes, lo retratan como: “Hombre de aspecto pavoroso, encorvado de boca grande y pómulos prominentes, huesudo y ancho”, “Hombre con aspecto de mono”, “Hombrón de trazas pavorosas con el que se asustaba a los niños”.
Asusta-niños coadyuvante de las mujeres de la familia para retener en el redil a los niños insomnes. En Torre de Juan Abad se decía de él, que era: “Otro fantasmón que era el terror de los niños”. Se sabe de la debilidad del “Coco”: devorar con fruición de sibarita a los muchachillos que no llegaban a dormirse.
El “Coco” fue muy celebrado en las nanas maternas: “Duérmete niño / que viene el Coco / y se come a los niños / que duermen poco”.
Estos son solo algunos ejemplos de los muchos personajes que pueblan el folclore popular, cada uno con su propia historia y significado. A través de estos mitos y leyendas, podemos vislumbrar las creencias, temores y valores de las comunidades que los crearon y transmitieron a lo largo de generaciones.